El espejo
El arrepentimiento viene de la angustia. Otros se desesperan cuando les golpea el miedo. A muchos se les aclara considerablemente el cerebro y esto les da la febril lucidez del perseguido. Lo que ha sido esencial para uno antes revienta ahora como un globo pinchado. El que ha cometido un error se siente dominado por el arrepentimiento, el pendenciero se vuelve un completo monomaníaco y el obseso osa -gracias al miedo-, o, mejor dicho, se siente obligado a abandonar sus posiciones y salir corriendo hacia lo desconocido.
El Payaso y el Salmón Alegre no tenían ningún problema, o, por lo menos, ninguno que no pudiese resolverse devanándose un poco los sesos, ni tampoco estaba su disposición al arrepentimiento más desarrollada de lo normal. Al contrario, sufrían de una tendencia a la pelea y de un afán por empujar a la gente que eran perfectamente normales. Pero lo que más les distinguía era su deseo de aventuras, la fiebre sueca: hambre de chicas y sed de alcohol. Y ahora estaban desesperados. Ahora el hambre se les volvía voraz, tenían una cuerda tensa en el pecho que decía klang, y vibraba sin darles tregua.
Estaban sentados junto al agua en el café de Nojet y veían las luces publicitarias de la ciudad chispear como fuegos artificiales. Se sentían un poco borrachos y pensaban que las luces nunca se apagaban, sino que se extendían como gotas por un papel secante hasta volver a encenderse de nuevo. El Salmón Alegre apartó de sí las tazas y puso su gruesa mano de boxeador con los nudillos magullados, como una plaza, en medio de la mesa. Su gorra de marino se había deslizado rizo abajo y estaba ahora colgada de una oreja como un alpinista en apuros. El Payaso tenía la suya sobre las rodillas, y estaba menos borracho. Guardaba en ella un frasco de bolsillo con aguardiente rancio que los dos habían comprado a un marinero en los retretes del Tivoli. Se habían humedecido en él la punta de la lengua, y ahora lo escanciaban en sus tazas, lo que daba al café cierto aspecto de petróleo sucio.
«He bebido muchísimo más que él», pensaba el Payaso, mirando una de las luces de la ciudad pestañear entre el follaje de Kastellholm, «y estoy muchísimo menos borracho que él». La estrella estaba emperchada en la punta de un atizador de fuego o algo parecido, y se acercaba rápidamente. El Payaso entrecerró los ojos y frunció superiormente las cejas; miró a su amigo: oscilando sobre la silla en que estaba sentado se puso a examinar críticamente los tendones tensos que le abultaban a éste en la parte posterior del cuello.
Ahora, evidentemente, se iba a poner a echar faroles. Estiró voluptuosamente la mano, que ya había plantado muy jactanciosamente en medio de la mesa, y dobló el dedo índice hasta formar una u.
-A que no hay nadie que se atreva a echarme un pulso con los dedos, -dijo torponamente, y él mismo se dio cuenta de que era un poco demasiado pequeño para tal reto, pero, así y todo, miró benévola y amenazadoramente en torno a la mesa.
Las chicas reían bajo y revolvían pensativa mente su café. Tenían dedos finos de señoritas, ligeramente en punta como lápices bien afilados. Una de ellas, la del Payaso, llevaba guantes de redecilla que parecían hechos de tela de araña blanca. « Demonios », pensó él, y esta idea le pareció como un rayo llegado del monte mismo de la transfiguración; se dijo que era el alcohol lo que le inspiraba tan sutiles ideas, «ni que estuviéramos en el campo, en una condenada boda». Y, cuidadosamente, como si fuera una fina taza de porcelana, se llevó una de sus manos gruesas a la rodilla y la volvió a subir hasta donde estaba la taza, pero calculó mal y no dio con el mango de la taza, o sea que tuvo que tomarse un ruidoso trago cogiendo el fondo de la taza con la mano.
Le invadió entonces un remolino que le cogió y le llevó, aire arriba, al tejado de la pista del Tivoli, donde vio sentado a un viejo con auriculares en la cabeza que le ofreció alpiste. El no pudo menos de echarse a reír, pero tan alto que se despertó a sí mismo y se sintió de pronto completamente frío de miedo, de modo que, en alas de una ola de terror, volvió a sentarse a la mesa del café Nojet.
La chica que tenía enfrente le miró con largas pestañas como si lo supiera todo, y sus ojos le llegaban como a través de una ligera niebla. «Uno es boxeador, y toda la pesca», pensó él, sintiéndose digno de lástima, «y esta chica me mira como si tal cosa». Y, justo en aquel momento, la oyó decir con voz fría, tersa y luciente, como llegada al plato directamente de la nevera:
- ¿Está sereno?
«Diablos, hablan de mí», trató de pensar en la cosa claramente y con interés, y dio dos fuertes brazadas de buen nadador para llegar con el pensamiento al agua somera. Y entonces oyó la voz del Payaso, ya en tierra firme:
- Sí, bueno, es que él es así al principio, pero no es tan
grave como parece. Al principio da la impresión de que se va a venir abajo, pero enseguida se pone bien otra vez y da gusto con él.
«Ah, vaya, es que piensan que estoy borracho», pensó el Salmón Alegre, y se asió firmemente al borde de la mesa con ambas manos y fijó con toda su energía la mirada en los listones de la superficie de la mesa, tratando de arrojar lejos de sí la borrachera a fuerza de pensar claro: «Estoy sereno. Diez veces ocho es ochenta. La chica ésta tiene una cinta roja en el pelo.
En esta mesa hay cuatro tazas. Ahora viene la camarera. Tiene un pañuelo rojo en el bolsillo del pecho».
Y de pronto los dejó a todos muy sorprendidos, al decir, alto y claro, a la camarera, como quien quiere mostrar a todo. el mundo lo sereno que está:
- Tengo que pagar dos cafés, dos pastelillos de Viena, y
un pastel de almendras.
Las estrellas, que hasta ahora habían danzado sobre la orquesta, se juntaron en un punto y se transformaron en lámparas. El Payaso se inclinó sobre él y le dijo al oído con un guiño, al tiempo que trataban de abrirse paso a codazos hacia la vía pública con las chicas a modo de cuña delante de ellos:
- Hora de irnos a la cama.
En la explanada del Djurgoard tomaron un taxi.
Ahora una viva luz azul llenaba las copas de las calles casi hasta los bordes. El Salmón Alegre se había sentado en uno de los transportines y pensó de pronto que tenía el techo del taxi de sombrero. Subieron por una ancha calle de Ostermalm listada de gris, con casas que parecían cajas fuertes a la media luz ambiente. Los cuatro iban en silencio. Los chicos porque ahora la cosa estaba clara y todo lo que se dijera a partir de este momento sería lo mismo que hacer horas extraordinarias. No tenían necesidad de hacer ningún esfuerzo, porque el objetivo estaba ganado. Podían cerrar los ojos y ver la casa ante cuyo portal se pararían. La portezuela con la entrada directa a la cocina. Luego habría que subir, uno, dos, tres o cuatro tramos de escalera. Una cocina blanca, de las antiguas, con cortinas floreadas, una habitación de servicio con una lámpara colgante y un bodegón olvidado entre bandejas en la pared. A veces era una habitación verdaderamente grande, con un ancho canapé, y un carrito de té con tazas de café marrones, amarillas, floreadas o blancas. El bizcochuelo tenía con frecuencia los bordes quemados y demasiado limón o levadura en polvo o salsa de manzana. Alguna vez había también gramófono, o por lo menos una modesta radio portátil que tocaba música de un pequeño club de París o de un restaurante de Brazzaville. Con frecuencia lo único que había era un cuartito o pequeña alcoba con un poco de cretona floreada en las paredes o una guitarra antigua con un lacito en las cuerdas.
Las chicas también guardaban silencio. Se habían sorprendido cuando las acres gotas del fondo de las tazas les dieron una cierta sensación de ebria camaradería con los chicos. Ahora se levantaban las nieblas y se arrepentían. Una bajó el cristal de la ventanilla del taxi y sacó la mano, como suelen hacer las chicas cuando van en lancha. La otra estaba sentada, la barbilla en la mano, mirando con resignación a su caballero. Un momento antes se había dicho que tenía la barbilla muy llena de fuerza, pómulos refinados, y que su abundante cabellera negra azulada era ondulada y atractiva. Pero ahora le miraba desde abajo y le notaba la barbilla rugosa y áspera, los pómulos puntiagudos e inflamados, y la expresión de los ojos muy tonta.
El taxi dejó la parte hinchada de la calle y se pegó al borde de la acera, parándose con un ligero rebote. Los chicos se bajaron y miraron primero la casa con aire de expertos. Se miraron, como en secreto acuerdo. El Salmón Alegre pagó el taxi con monedas de veinticinco ore, y el taxi arrancó a pequeños saltitos; dio la vuelta a la esquina con los faros discretamente encendidos, parecían cortos de vista en la media luz oscuroazulada.
Era la entrada de la cocina, como de costumbre, y los chicos pensaron: «Habrá que subir dos tramos de escaleras, una gran cocina con nevera, un canapé ancho y un gramófono tolerable». Pero las chicas no abrieron la puerta. La que tenía guantes se quitó lentamente el derecho y su pequeña mano de señorita se deslizó, blanca como un helado, hacia el Payaso, y luego, como éste no se la cogía, se desvió hacia el Salmón Alegre. Pero tampoco el Salmón Alegre se la cogió, porque tampoco él entendía de qué se trataba. La chica de los guantes tosió nerviosamente y dijo, acercándose despacio al portal:
- Bueno, pues nada, adiós, chicos, a ver si volvemos a
vernos otro día.
La otra chica volvió la espalda y se puso a agitar un llavero. Arriba, en un balcón de la casa, alguien cogió un gato en volandas y el animal llenó la calle con sus maullidos.
- Es mi da -dijo la chica de los guantes, y trató de