9. #18
administrativas van de una oficina a otra. Y entonces nos apoyamos más profundamente sobre el mango de la escoba y hablamos de ellas como una posibilidad para nuestras camas. Vamos como el sembrador, sembrando nuestro serrín, cubo en mano, por el suelo del pasillo. Luego mojan nuestras escobas sus pelucas en las superficies, cuidadosamente racionadas, del suelo del pasillo, cuidadosamente racionadas por nosotros, porque tienen que duramos durante todo un largo y amarillo día. En el urinario los congelados rayos de agua de las mangueras negras lamen las ventanas, cuidadosamente cerradas, que parecen cubiertas de ásperas telarañas, y en la chimenea de hierro, rígidamente firme, del pasillo, quemamos papeles y serrín húmedo hasta que los humos acres serpentean y penetran por el ojo de la cerradura del comandante. Hacia el mediodía golpeamos en la cabeza los dignos armarios del pasillo ligera y reverencialmente con un humeante plumero y, fatigados de tanto trabajo, vamos en fila cerrada, silenciosos y con la angustia en los bolsillos y en torno al cuello, por el patio del cuartel, donde todavía no levantan nubes de polvo los tacones giratorios de los soldados. El remolque de cañones reluce con grandes ojos mate al sol aspersor del mediodía. Todos los ruidos están completamente despiertos y gritando a media voz. Los caballos están en el establo, en la herrería resuena el yunque y una hoja de sierra muerde salvajemente la garganta del día. Una hilera de armas sujetas entre sí se tiene en pie sobre el polvo con sus mandíbulas mordisqueantes. Y el día sigue adelante, el amarillo día de cobre se va volviendo aluminio. Jugamos al póker en torno a la mesa que está junto a la ventana del cuarto de reunión del cuartel. Los seises de los dados relucen como ojos de niños recién nacidos, las casuchas regulares, con su reluciente geometría, están hondamente melancólicas, y los cinco estafadores abren desconcertados la boca bajo nuestras manos sudorosas: Pero jugamos en silencio y los labios están más fuertemente cerrados que de costumbre y la cosa se pone seria mucho antes que de costumbre. Un enemigo nos acecha y los cinco dados resuenan en su mano cerrada. Sabemos que es la angustia la que lo hace. Nuestra angustia gotea amargura y recelo nuestras reacciones. Seguimos ansiosamente los dados que gotean de la mano abierta aunque en cada tiro sólo se juega calderilla. Sin el menor cuidado ni consideración, implacables, nos lanzamos luego, en el café de junto a la iglesia, sobre la máquina de jugar; apretando el lugar preciso con dedos crueles lanzamos bolas de metal contra el blanco del adversario, mientras el día sigue adelante, a trompicones. La moneda del sol da vueltas detrás del tejado. La tarde, sorda y digna, se va hundiendo, silenciosa como una lechuza. Camiones zumbadores suben recinto arriba. En el parque chirrían malhumorados disparos de fogueo y acres nubes de humo claro se filtran entre el verdor. Nos llega el estrépito de las vasijas vacías en el sótano de la cocina. Del piso alto de uno de los edificios tiran sacos llenos de ropa sucia a los camiones que esperan junto a la escalera grande. Lacios como focas hinchadas caen piso tras piso hasta rebotar ligera, perdida, sordamente contra el blanco. Los primeros grupos de instrucción llegan por el camino humeante y entran por el portal. Todas las cabezas están fatigadas y se doblan como flores que llevan largo tiempo sin agua. Las órdenes, como látigos, rebotan contra la gruesa piel de su fatiga. El día de aluminio resbala hacia el día de permiso, y la gran plancha que hay en el alféizar de la ventana comienza a incandescer suavemente. Sacamos la mesa de planchar al pasillo, y sin las bromas de costumbre, pero sí con amenazadora vigilancia de nuestras posesiones, quemamos uno a uno los pliegues de nuestras galas de permiso. Echamos de menos el habitual rociado de la ropa y el amigable resoplar de la plancha, y todos llevamos careta, como si hubiéramos descubierto que el que tenemos al lado es un tramposo que juega con dados cargados. Y ahora, de pronto, todo el recinto del cuartel se llena de duros, chirriantes ruidos de partida. Culatas que golpean fuertemente el suelo de guijarros donde el talón de hierro muele arena. Violentos relinchos de sudorosos corceles con grupas relucientes de rocío que, llenos de alegría y con gráciles pasos, van despacio por el guijo amortiguador, se mezclan con los zumbidos y los gruñidos de anchos camiones militares que arrancan cuesta arriba entre el establo y la cocina, en dirección a la plaza. Los ordenanzas, inclinados sobre los grandes manillares de sus bicicletas, propiedad de la Corona sueca, atacan silbando estrechas curvas en torno al cuartel y corren rebotando por el patio lleno de baches donde cañones de amplia tripa con las piernas abiertas como voraces alimañas y cañones antiaéreos de finos miembros, esbeltamente dibujados en el claro aire de la tarde, se yerguen unos juntos a otros. Las colas grises van creciendo ante el comedor.
Llega la hora de ir a por el volante del permiso. Lo tiene el sargento Boll, que se sume entonces en uno de sus ataques de solemnidad militar. El sargento Boll es un hombre peligroso, como todos los que se toman a sí mismos en serio. Como esta peligrosidad está en proporción inversa a lo que hay en él que pueda tomarse en serio, el sargento Boll se vuelve tan peligroso como una granada de mano con el seguro quitado, al menos por lo que respecta a los que están en torno a él, porque considera que su misión en este mundo consiste, entre otras cosas, en comprobar con una seriedad profunda, sobrecogida, religiosa casi, que seis limpiadores de pasillo esparcerán de la manera debida serrín húmedo sobre las baldosas de los suelos de la compañía. En las tardes de permiso el sargento Boll tiene todo el aspecto de un sumo sacerdote, pues se muestra extáticamente rojo y con un destello de solemnidad en los ojos, amén de un volumen corporal que sobresale a ambos lados de la pequeña silla en que está sentado ante la mesa de escribir y que no guarda la debida proporción con la extensión de la pequeña estancia, al ponerse a dar los volantes de permiso a la larga e impaciente cola.
- El permiso no es ningún derecho extra del soldado
-repite el sargento Boll a todos los indignos objetos que pasan ante él y reciben sus volantes, poniendo, al decir esto, un quintal de peso en cada palabra; y a nosotros ocho nos lo dice con resonante énfasis.
- Al diablo. -dice Sorenson cuando salimos al pasillo y
nos deslizamos sigilosamente, con la cabeza como animales a punto de cornearse.
Poco a poco vamos recorriendo el desolado pasillo, cuya desolación se aferra en torno a nuestros cuellos y acaba casi asfixiándonos. Tacones de hierro aislados tocan retreta en la muda escalera. Las ventanas del cuartel relucen al sol que ahora llega de oriente como gigantescos ojos de vaca. Un perro de tripa melancólicamente colgante pasa rozando la pared de piedra. Llevados de nuestra angustia vagamos por el patio, silencioso con el silencio del día de fiesta. Salimos por el portal abovedado, oscuramente vigilado, pasamos junto a los cañones de gala, hoscos, con ojos de perro dogo, y junto a las garitas de los centinelas de la gran explanada desolada, libre de hierba y cubierta de guijo, que se yerguen como islas en el atardecer del día de permiso. La torre de la iglesia de San Osear, rígida como una estaca, se levanta por encima de nuestras cabezas. Cruzamos la silenciosa calle de Narva, adornada con rígidos espantapájaros y pilas de madera, y así llegamos al puente del Djursgrd. Un sujeto medio desnudo en una barca verde corta el agua en pardas franjas con sus remos afilados. Alguno de nosotros escupe largo y duro sobre la baranda.
Luego nos separamos de pronto como si hasta aquí nos hubiera unido algún frágil vínculo que alguien acaba de cortar. Con rostro indiferente y silenciosos saludos nos vamos cada uno por su lado, en pequeños grupos o solos, según la angustia nos dicte.