La serpiente 9. #17
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9. #17

Pero esta mañana todo pasa de manera distinta. Gideon va con nosotros al lavadero y a ninguno de nosotros le extraña lo que se dice nada. Luego salimos al recinto, que todavía está adormecido. El sol, bien cimentado en el cielo, casi justo encima de nosotros, enrojece con sus rayos las paredes del cuartel, y un grupo de tenientes vuelve al trote corto de su pequeña cabalgata matinal; van en caballos negros de cuello orgullosamente estirado, con apliques metálicos relucientes y cascos que arañan el guijo como cuando termina un disco de gramófono. Los automóviles zumban suavemente. Acechan como bulldogs, con el chasis hoscamente bajo. Los conductores, con polainas relucientes, guardan silencio, sentados en el estribo, fumando. Las nubecillas de humo azul se mezclan con las nubes temblorosas que exhalan los motores. El calor ya es opresivo en el patio del cuartel; nosotros saludamos firmes a los tenientes que pasan a caballo a nuestro lado. Las puertas del comedor vomitan sus grises colas como culebras que serpentean en dirección a las diversas entradas del cuartel. Son las ocho menos cinco y el pequeño corneta sale camino del fortín. Su instrumento reluce al sol como una gran condecoración sobre el pecho. Junto al fortín se para, da media vuelta, echa el cuello para atrás, se lleva a la boca la embocadura de la corneta, que parece apuntar al cielo. En este momento tiembla por última vez el gran minutero del comedor, al borde mismo de dar las ocho, y, como por golpe de magia, el enorme patio queda repentinamente desierto. Sólo quedan algunos retrasados en medio de la desolación del patio, y echan a correr para desaparecer de allí, pero corren como sobre alquitrán, y les alcanzan los primeros roncos compases de la llamada de la bandera, que suenan como un chico a quien se le acaba de cambiar la voz; se quedan quietos, como petrificados, firmes como estatuas ante la bandera, que sube lentamente hasta arriba, sobre el tejado de la casa del general.

Nosotros, entretanto, subimos la ancha y sucia escalera en silencio. La llamada de la bandera queda sofocada en la mitad de un compás porque el diligente corneta deja de tocar en cuanto la bandera ha llegado a la punta del asta, y grises formas armadas de carabinas romas e infladas cartucheras se nos echan encima en plena escalera; a punto estuvieron de aplastarnos bajo su peso. Nos asustamos en el pasillo y nos congregamos ante una ventana. Como si alguien, de pronto, hubiese abierto una docena de gigantescos grifos, surge una inundación de gente gris por las puertas del cuartel. Luego surgen elegantes parterres entre el guijo, parterres de flores de guijo regadas con la salida burbujeante de órdenes escupidas, dice Scriver (él, siempre con sus semejanzas.)

El gris cañón de las órdenes resuena de acuerdo con el ritual, y la primera columna desaparece taconeando en dirección al portal de salida del patio. Otros grupos, menos avanzados, hacen angostos círculos en torno al fortín, como una desconsolada emigración de bueyes, y el polvo se levanta suavemente de la tierra, da la impresión de que se extendiera sobre el lugar una nube de gas. Abajo, debajo de nosotros, una tropa está siendo inspeccionada, tienen todos las manos a la espalda, y adelantan dubitativamente el pie derecho al tiempo que reciben instrucciones. A diez pies izquierdos del soldado situado más a la izquierda hay un hombre a quien todo el mundo llama el Papagayo, en parte por causa de su voz y en parte también por su aspecto. Por pura crueldad el oficial le ha puesto allí, separado de los otros, y él no acaba de comprender la causa de esto, porque ha hecho de su vida una constante defensa contra los que le rodean, y sus grandes ojos de idiota, siempre abiertos y siempre fijos, denuncian implacables todas sus culpas.

El Papagayo es más bajo que el más bajo de los tambores, pero tan ancho como el más ancho de los comandantes, aun cuando nadie llegaría al extremo de llamarle gordo. Parece como si le hubieran comprimido entre los pies y la cabeza con un par de parachoques. Su voz es chillona y fina, y en su rostro, grotescamente comprimido, apenas es la nariz otra cosa que un gigantesco semicírculo de piel reluciente. Nosotros vemos, indiferentes, desde nuestra ventana, sus manos gigantescas, rojas y pecosas, oscilando como pesas de sus muñecas. Pero en el rostro de Sorenson se ve ahora esa sonrisita cortante que tan difíciles de ver sin que le den a uno ganas de vomitar. Escupe contra una viña que sube hasta la ventana y se acaricia la hebilla del cinto como si fuera un revólver. Ahora oímos a los inspeccionados dar un sonoro taconazo, formar en columna y salir en formación pisando isócronamente el guijo. Solamente el Papagayo va despacio y forcejeando, con las manos entrelazadas contra el pecho como un gigantesco corazón, en dirección a un banco situado justo debajo de nuestra ventana, donde se deja caer de espaldas como un saco. La gran criba del sol irradia calor sobre la tierra, y el polvo sigue subiendo, más y más alto, en torno a las formas grises de la emigración de bueyes, amortiguando las órdenes estentóreas hasta reducirlas a chillidos sofocados. Dos enormes camiones que tiran de cañones antiaéreos cruzan el recinto, cautelosos como si el suelo estuviera cubierto de cristal, y desaparecen con oscilantes traseros por las puertas del parque. Sorenson silba entre los dientes puntiagudos y le tira la colilla al Papagayo. Pero cae a una pulgada de distancia de su nuca hinchada, y se apaga entre la hierba requemada.

Ahora se oye un fuerte portazo a nuestras espaldas y las botas rechinantes son una nueva advertencia. Cuando el sargento Boll aparece por el pasillo de la compañía y pasea por él sus miradas de búho, lo mejor es poner todo el mundo manos a la obra. Sorenson, el Payaso y el Salmón Alegre salen corriendo al urinario y luchan a brazo partido con el cubo de la basura. Kalle Glader se sitúa en el almacén y se pone a hojear las listas de provisiones, y Joker y Edmund fingen mudar de sitio un cajón, llevándolo de una pared del pasillo a la de enfrente. Gideon y Scriver salen a la ciudad para comprar un periódico, su jornada de trabajo no empieza hasta las nueve.

Y así va pasando el día, amarillo y polvoriento y con llamas rojas de las paredes del cuartel por los pasillos. El aire sigue siendo asfixiante y tenso bajo el techo sudoroso. El tractrac de ametralladora de las máquinas de escribir penetra venenosamente hasta nosotros. Las empleadas