9. #16
Durante el día trabajamos como de costumbre, lo cual significa, exactamente, que hacía largo tiempo que habíamos dejado de llamar trabajo a aquello. Después de la instrucción nos pusimos las guerreras del rancho, que parecen algo así como sacos de harina, aunque algo más pequeñas, y son la única prenda que puede llevar el recluta para entrar en los comedores de la corona sueca. La costumbre de mudarse de uniforme para comer se mantiene, como se ve, incluso en el ejército. Luego fuimos los ocho juntos por el recinto, y Gideon entre nosotros, pues ya se nos había olvidado lo ocurrido con él, camino del comedor. Hablábamos poco, tan poco como por las mañanas, pero el estado de ánimo que nos dominaba era muy otro, y se notaba. Subimos en silencio la escalera y entramos, metiendo mucho ruido, en el mar de piedra del suelo del comedor, una vasta estancia con siniestras paredes y columnas grises y largas filas de mesas y bancos que parecían perdidos en aquella enorme y desolada sala. A lo largo de una de las paredes había una larga baranda del mismo tipo que las que suelen verse en los cruces peligrosos, y al amparo de ella se iba formando una larga cola que llegaba hasta el mostrador donde se nos daba la comida, una larga cola que parecía una serpiente gris, porque todos llevábamos las mismas guerreras de rancho. Al comienzo de la baranda estaba un cabo que arrancaba un cupón de las tarjetas que le alargaban los de la cola. Este cabo tenía que comprobar también que todos llevábamos la guerrera de rancho, como estaba mandado, porque, de no ser así, todo el engranaje militar chirriaría, y también que todos estábamos bien peinados. Esto último era igual de importante, porque los únicos pelos que se toleran en la sopa son los de los pinches.
Y cuando nos pusimos uno detrás de otro a la derecha de la baranda, ocurrió algo que comprendimos que no podía pasar más que en un día como aquel. Se oyó de pronto rugir al cabo del comedor; llevaba una chapa plateada al pecho, en la que se reflejaba su gorda barbilla: - ¿Me oyes, tú, ése de ahí abajo?, ¡ahora mismo vas a
peinarte antes de venir a comer!
Era al Payaso a quien llamaba, que estaba el último de la cola, y nosotros nos volvimos al mismo tiempo a mirarle para ver lo que iba a decir. Vemos su rostro, surcado por una sonrisita, alisarse, enrojecerse, y va y dice con voz irritada al tiempo que se adelanta a codazos cola arriba para llegar junto al cabo:
- ¡Pues me tiene sin cuidado!
La barbilla, en la bandeja, del cabo se pone coloradísima, y da media vuelta y hace una seña al suboficial del comedor, que está algo lejos, junto a una ventana, observando con ojos de águila todo cuanto ocurre en su territorio. En cuanto ve al cabo hacerle una señal con la mano se acerca apresuradamente, como un pequeño cohete, cruzando el vasto suelo en dirección a nosotros, con su chapa dorada rebotando contra el correaje.
Miramos inquietos al Payaso, pero éste nos hace un guiño tranquilizador.
- Este hombre -dice el cabo con gran dignidad a su
superior-, se niega a obedecer órdenes. Se mega a ir a peinarse.
El sargento echa a un lado al cabo, se apoya en la baranda y mira fijamente a los ojos al Payaso, que empieza a ponerse un poco nervioso, se le nota un tic desesperado en los músculos en torno a los ojos, pero baja la cabeza y consigue recobrar su aplomo en cuanto fija los ojos en el suelo, y entonces vuelve a levantarlos y dice, consiguiendo asumir un aire de gran compunción:
- Bueno, es que oí mal. Pensé que me decía que no llevaba la guerrera de comer, y salta a la vista que entré aquí con ella puesta.
Pero el sargento no le cree. Se lo notamos en los ojos, que tiene como pegados con cola al cráneo. Y entonces ocurre algo que sólo podría ocurrir ese o parecido día: Jokes salta por encima de la baranda y va hacia el sargento, da un taconazo y le dice:
- También yo lo oí, mi sargento.
Nosotros, en tanto, nos acercamos al mostrador, y cogemos cada uno un plato sopero y una cuchara. Pasamos ante el largo mostrador como si fuera una cinta de producción. Las chicas, algunas de ellas simpáticas y otras gordas y enrojecidas por el calor de la cocina, nos esperan con cucharones goteantes y nos sirven grandes grumos de gachas y tarugos de carne. Tienen estupenda puntería. La cinta de producción sigue rodando. El último alto en el camino es el tazón de leche, que parece una torre blanca de las de antes de la guerra y ha sobrevivido a muchos ejércitos suecos por causa de su solidez.
Después de este último alto salimos de aquí manteniendo en equilibrio nuestras bandejas entre todos los ruidosos comensales que ingieren sus gachas grises en grises platos, con grises tazones delante y envueltos en grises guerreras, sentados a grises y largas mesas planificadas en el gris cemento del suelo. No hay nada en todo el mundo tan gris como comer gachas en un regimiento sueco.
Habitualmente no somos muy escogidos en eso de la compañía, lo que pasa es que, al principio por lo menos, se siente uno más seguro si tiene al lado un rostro conocido, por antipático que sea, que con uno completamente extraño, aunque sea amigable y exude buena voluntad. Pero lo que acaba de ocurrir nos induce a seguir juntos, forja una especie de cadena entre nosotros. Nos apretamos, nos sentimos los brazos y las piernas.
-Diablo -dice Sorenson, irritado y punzante-, el tío ése lo que debía hacer es cerrar el pico.
Pero todo ha terminado. El Payaso salió a peinarse y ya vuelve repeinado en compañía de Joker, cada uno con su bandeja. Los caballos relinchan en el recinto y sus cascos golpean el pavimento de piedra como palillos de tambor. El olor, suavemente acre, de los montones de estiércol fermentante se cierne en el aire, entra por la ventana abierta que da al sur y nos hace cosquillas en la nariz. Aparte de esto, el silencio es tal que el golpear de las cucharas contra el fondo de los platos resuena como cuando se clasifica algo metálico. Nosotros estamos sentados a una larga mesa gris como forzados encadenados al duro banco de la galera hasta para comer gachas, como dice Scriver, que sabe poner todo cuanto ocurre como en marcos de semejanzas, y esto es lo que más le diferencia de nosotros, que pensamos que no es necesario saber qué aspecto tiene una cosa para comprender otra.
Esto fue lo que Edmund, que tiene facilidad para dar con sutiles giros de frase y sabe discutir con largas parrafadas, le dijo una tarde, mucho antes de que ocurriese todo aquello, antes incluso de que empezáramos a oler el miedo, que cuando un hombre como Scriver ve una manguera de incendios colgando de la pared lo que dice es que cuelga de ahí como un cartucho de tinta china. Pero ¿qué pasaría si tuviera que utilizar la manguera de incendios y el cartucho de tinta china en el mismo momento y con el mismo sentido?, ¿cómo se las arreglaría para no confundir ambas cosas de tal manera que los bomberos se pusieran a soltar tinta china sobre las llamas mientras el artista trataba de ejecutar sus dibujos con ácido carbónico?
Ahora empieza a parar el trabajo de clasificación en el vasto comedor y en su lugar se oye el susurro de la conversación, baja, pero acalorada como un abejorro. Se forman largas colas grises que, poco a poco, derivan hacia los dornajos de lavar la vajilla, donde se limpian, rasca que te rasca, los últimos restos de comida pegados a los platos. La chapa metálica inoxidable que rodea a los dornajos está manchada de leche y gachas y no parece muy apetecible para un estómago un poco sensible. Gideon suele excusarse diciendo que tiene muchísima prisa y se va de allí derecho al mostrador gris, donde se amontonan los platos sucios. Sorenson, que es un sádico con todos cuantos puede dominar, suele describir a Gideon todos los mediodías con gran detalle el aspecto que tienen los dornajos de los otros regimientos. Hay raspadores con mango de madera y cepillos blandos que se usan para limpiar y rascar de los platos todo cuanto resiste a tenedores y cucharas. Con particular predilección se detiene Sorenson en la descripción de los ingredientes que componen los poco apetitosos restos, con lo que a Gideon se le quitan todas las ganas de comer. Se va de allí y toma un poco de café en el cafetín del parque.