9. #15
Nos fuimos, despacio y en grupo, por el desolado pasillo de la compañía, que siempre está igual de oscuro y polvoriento, y cuyas tablas están tan gastadas por los tacones metálicos de cuatro generaciones que dan la impresión de estar deseando saltar del suelo de una vez. Es un trayecto bastante largo, incluso recorriéndolo a buen paso, pero cuando hay que barrerlo acaba uno pensando que no hay en todo el mundo pasillo tan largo como éste. Todos tenemos que limpiar, menos Gideon y Scriver, que echan una mano en el departamento de personal y se pasan días enteros sin dar golpe. Bueno, la verdad es que Gideon trabaja bastante. Todos los que le ven en la oficina se ríen y le preguntan si cree que podría acabar consiguiendo allí un puesto fijo, ya que lo toma con tanto interés. Del techo del pasillo cuelgan tiestos de latón con flores artificiales casi cada cinco metros. Hay una sociedad que se ocupa del bienestar de los soldados y envía esos tiestos a la compañía para que veamos que no se nos olvida.
Cuando llegamos al dormitorio percibimos el habitual, debilísimo, punzante olor a miedo. De día este olor es tan débil que apenas si se nota, pero nosotros lo notábamos porque ahora siempre que entramos en el dormitorio husmeamos el ambiente. Pero no vimos nada raro cuando entramos, de modo que nos pusimos sin más nuestras galas militares. Nosotros, los que barremos el pasillo, no nos andamos con mucho perifollo, sólo Glader se acicala mucho, pero también es verdad que a veces le toca dirigir el almacén.
Luego volvimos a salir al pasillo, porque ya no nos sentíamos a gusto allí dentro, sobre todo desde que empezamos a notar aquel olor en el aire, y nos pusimos a fumar asomados a las ventanas. Estábamos a fines de verano y se habían acabado las mañanas de rocío. Ahora los días empezaban de golpe, abrupta y apresuradamente. Desde las ventanas exhalábamos el humo hacia los árboles frondosos que se levantaban en la estrecha cinta herbosa que bordeaba la pared del cuartel y casi llegaban hasta nuestra ventana, en el primer piso. El patio del cuartel se extendía como un mar ante nosotros, parecía infinitamente grande, sobre todo ahora que no había un alma en él. El patio era ligeramente convexo, descendiendo un poco hacia cada una de las cuatro paredes del cuartel en que estaba encerrado. A esta hora temprana de la mañana parecían pintadas con zumo de frambuesa aguado, pero cuando el sol cobraba fuerza se volvían casi rojas como la sangre. En la leve eminencia del centro del patio había un refugio de cemento con rendijas como ojos de chino que miraban ceñudas en todas las direcciones. El enorme minutero del reloj que colgaba del barracón donde estaba el comedor del cuartel temblaba como un dedo nervioso cada vez que daba un paso adelante en la esfera. El tiempo avanzaba, perezoso, hacia el momento de la instrucción.
Y fue haciendo la instrucción aquella mañana cuando tuvimos la gran sorpresa. En general, la instrucción es una cosa más bien aburrida y triste, y el cabo de turno pasa lista. Sólo hay instrucción un par de días a la semana, y sólo en las mañanas en que hay gimnasia en el programa puede decirse que tenga algo de emoción, porque entonces todos tratan de escurrir el bulto lo más disimuladamente posible. El verdadero experto en esto es, naturalmente, Kalle Glader. Una vez tenía tales llagas en los pies que sólo podía andar con uno, otra era la rodilla que se le había hinchado de tal manera que apenas le cabía en la pernera, pero el récord lo batió un muchacho del dormitorio de la tercera quinta, a quien todos llamaban el Manitas. Éste le hizo al oficial de turno tal comedia que no tuvo más remedio que causar gran impresión.
Lo malo era que aquella mañana no tocaba gimnasia. Lo único que había era que pasaban lista, como de costumbre, con mucha desidia, y a nadie se le alcanzaba la utilidad de que estuviéramos allí todos, formados de dos en fondo en tales circunstancias. Sería inexacto decir que había alguna disposición o providencia superior en aquellas sesiones de instrucción. Pocas cosas hay que tanto le desmoralicen a uno y tanto vulneren la idea que uno tiene del orden como el concepto del orden que imponen los militares. En todas las demás actividades de la vida el orden es, por así decirlo, evidente, pero en la vida militar tiene que ser impuesto con ayuda de regulaciones y cláusulas, y todo ello resulta tan ridículo que la única solución es zafarse y tomarlo a broma. Por lo tanto, hasta los que habitualmente se comportaban con más prudencia acababan convirtiéndose, lenta, pero seguramente, en grandes tramposos y haraganes, y pasándose el día tan inactivos como la ropa colgada a secar; barrían a veces la porquería amontonándola debajo del armario cuando les tocaba asear el dormitorio, y hacían el catre de cualquier manera solamente porque una regulación detallada, tirada a ciclostil en trescientos ejemplares, disponía cómo había que hacer los catres de hierro de la corona de Suecia.
Y esta desmoralización, por lo que al orden se refiere, se vuelve, por supuesto, más y más tentacular, hasta acabar, cuando tiene uno que pasarse las horas muertas en el cuartel (en campo abierto es distinto), dándole a uno un concepto del trabajo completamente distinto de cuando era uno civil. En la vida civil pensaba uno, aparte de que el trabajo era necesario para poder vivir, que trabajar era una actividad honrosa, pero cuando, como nos ocurre a nosotros ahora, hay que ponerse a barrer un pasillo y varios dormitorios el día entero de ocho de la mañana a cinco de la tarde, con unos ratos de descanso, el concepto básico que se tiene del trabajo sufre una transformación radical. Y también contribuye a esto el saber, y lo sabe todo el mundo, que lo que hacemos es poco menos que inútil, y que un solo hombre podría hacerlo en la tercera parte del tiempo que nos lleva a seis de nosotros. La razón de que, a pesar de todo, tengamos que hacerlo, es que nadie sabe qué otra cosa hacer con nosotros en el sistema de producción militar, y que, una vez que se nos llama a filas, ya no se nos puede enviar de vuelta a casa hasta que hayamos terminado el período establecido para el servicio militar.
Este proceso de desmoralización afecta también a la actitud de uno ante los juegos de naipes, las bromas y las novatadas y la fidelidad matrimonial. Ya no se siente ningún gusto por las cosas que le interesaban a uno antes, se vuelve uno indiferente por todo cuanto no sea inventar nuevas triquiñuelas para escabullirse de barrer el pasillo, nuevas maneras de pasar el tiempo y nuevos subterfugios para pedir dinero prestado. Lo único que no desmoraliza es la camaradería. Al contrario, a quien más cariño se coge es precisamente a la persona con quien se ha confabulado uno para contar mentiras y preparar estratagemas, con quien le han cogido a uno con las manos en la masa y ha compartido el castigo con uno, con quien uno se ha juramentado y se ha aburrido.
Este largo paréntesis es necesario para poder entender debidamente lo que nos desesperamos aquella mañana, cuando tuvimos la gran sorpresa. Ya estábamos un poco desesperados, después de las largas noches en blanco, y aquello era lo único que nos faltaba para colmar la medida. Cuando estábamos todos firmes y ya casi se había terminado de pasar lista, llegó de pronto el oficial de turno dando grandes zancadas por el pasillo. Los ocho nos dimos cuenta inmediatamente de que algo traía, y la verdad es que no nos equivocamos. Era sargento, ni joven ni viejo, o, por lo menos, si era viejo no se le notaba. Daba pena aquel hombre, porque era uno de los pocos que pensaban que en Suecia el sistema de castas estaban tan desarrollado como en la India, y que la casta militar era la más alta de todas, justo debajo del marajá, o como se llame.
El sargento rugió:
-¡Firmes!-, exactamente igual que si se tratara de un regimiento entero y no de unos veinte hombres. Luego nos señaló a nosotros, los de la segunda quinta, y todos los otros, como es natural, nos miraron sonriéndose y con un cierto airecillo de superioridad. Fue entonces cuando nos llegó la gran sorpresa.
Nosotros esperábamos una buena reprimenda pública, por hablar de noche, y cuando nos la echó, la verdad es que no nos impresionó demasiado. Pero cuando luego nos comunicó que había decidido poner su cama en nuestro dormitorio y dormir allí hasta que nos acostumbráramos a estar en silencio durante la noche, entonces sí que nos estremecimos todos de pies a cabeza; poco a poco nos fuimos dando cuenta de que esto iba a significar otra larga noche de insomnio, una larga noche de soledad y silencio, con ese suave olor pegajoso y punzante del miedo.
Nos desesperamos de verdad, y hasta nos volvimos un poco, un poquitín locos, aunque no de golpe. Pero durante el día fue formándose en nuestro interior un ligero frenesí, y cuando llegó la tarde, y aquel día era miércoles con permiso, estábamos todos en un estado de ánimo peligroso, tan peligroso como el que puede invadir a personas completamente normales cuando les sucede algo como lo que acababa de sucedemos a nosotros. Lo que nos había invadido era, pura y simplemente, miedo, y a ver quién es el ser humano que no se vuelve peligroso cuando se siente asustado.