9. #14
Fue Gideon, naturalmente, el que se mantuvo aparte, y esta mañana se le ocurrió a Sorenson la idea de tomarle un poco el pelo a Gideon. Bastantes de nosotros dijimos que bueno, pero Edmund y Joker dijeron que no estaba bien hacerle esas cosas a Gideon, aunque no faltaban los que decían que tampoco Gideon se portaba demasiado bien con nosotros. Bueno, portarse bien quizás no fuese la expresión más adecuada en este caso. Gideon no se chivó la vez que pasamos un sábado con él en la oficina de la compañía cuando le tocaba estar de guardia junto al teléfono y nos bebimos entre todos una botella de aguardiente. El, por su parte, ni gota probó.
-Yo soy antialcohólico, muchachos-, nos dijo con esa voz que no llegaba a ser malvada, pero que era, en cierto modo difícil de explicar, siniestramente irritante. Luego comprendimos que lo que ocurría era que Gideon era amabilísimo y estaba lleno de buenas intenciones, y esto sí que resulta difícil de aguantar en grandes dosis.
No, desde luego no se podía decir que Gideon fuese tontó, pero era tan distinto de los demás que, sin duda, desequilibraba la armonía reinante entre nosotros. Hasta entre dos tipos tan distintos como Edmund y Sorenson había algo en común; Gideon, en cambio, era verdaderamente un caso aparte. Como nos había irritado aquella mañana no tuvimos inconveniente en aceptar cuando a Sorenson se le ocurrió la idea de tomarle un poco el pelo, porque Gideon era el único de todos nosotros que no se acercaba a la ducha. Siempre era más lento que los demás, porque tenía que aclararse antes muchas cosas que para los demás estaban clarísimas desde hacía tantísimo tiempo que ya se nos había olvidado que hubiera podido constituir alguna vez un problema. Uno de nosotros, de quien se susurraba que era escritor o algo parecido, y a quien, por esta razón, llamábamos Scriver, como la máquina de escribir, y que era el más alto de todos, y muy delgado, y tenía una voz profunda, oscura, casi como un zumbido, que no le sentaba nada bien, solía decir que Gideon no había sabido lo que es la vida hasta ahora, que había dado con sus más bajos fondos.
Por lo que se refiere a lavarse, Gideon era muy lento porque no quería ir desnudo por el pasillo, lo cual nos parecía exagerado, porque las chicas de la oficina no llegaban hasta dos horas más tarde, si es que era esto lo que le preocupaba, y había tipos atrevidos, como Kalle Glader, que iban por ahí desnudos hasta cuando se estaban mudando para salir de permiso por la tarde, a pesar de que las mecanógrafas todavía no se habían ido a casa y corrían como gorriones entre las oficinas con papeles en las manos.
Gideon tenía, primero, que buscar sus pantalones de gimnasia, que hasta llevaban claramente marcado su nombre: G.K. Gideon Karlsson, y sólo con ellos puestos se atrevía a salir con nosotros camino del cuarto de baño. Ahora bien, no hace falta mucha fantasía para gastarle una broma como la que teníamos pensada. En el cuarto de baño había una larga manguera con el tapón puesto, y se usaba para lavar el suelo. Mientras dos de nosotros distraíamos con charla insustancial a Gideon, que tenía colgada del brazo una toalla, marcada con su nombre, naturalmente, una monísima y reluciente caja de jabón en una mano y un estuche de cepillo de dientes en la otra, llevándole con disimulo a una esquina de la habitación, Sorenson conectaba la manguera a un grifo e iba despacio hacia el mismo rincón. Cuando estuvo lo bastante cerca hizo un signo con la mano hacia la puerta, y Erik Jasson, a quien llamábamos el Payaso por causa de su larguísima pelambre, que él se negaba a cortarse, dio el agua.
El fuerte chorro helado que le dio en plena espalda delgada tuvo que ser para Gideon un terrible shock. Era lastimoso verle, junto a la ventana, con un fino hilo de agua cayéndole de las manos encogidas. Todos sentíamos curiosidad por ver cómo iba a tomar la broma. ¿Se pondría a pegarse con todos, a gritar quizás, o saldría corriendo de allí con lágrimas en los ojos? Era esto lo que solía hacer, a pesar de ser persona mayor, siempre que alguien le trataba con más aspereza que de costumbre. Pero esta vez Gideon no hizo nada de lo que esperábamos. Se limitó a volverse, indefenso, y nos dimos cuenta de que estaba al borde mismo de echarse a llorar.
-¡No, no! -gritó-, ¡dejad eso, os digo que lo dejéis!
No gritó esto de manera que pareciese que estaba furioso, no, al contrario, parecía, en cierto modo, que nos daba instrucciones, que nos exhortaba, y es justo así como se comportan los que merecen azotes y están a punto de recibir más. El Payaso abrió el grifo del todo y saltaba a la vista lo bien que lo estaba pasando, porque, por una vez, era él quien llevaba la voz cantante en algo. Esto es lo que a él le gustaría ser siempre: el mandamás, pero era el más joven de todos nosotros y cada vez que trataba de ponerse gallito había siempre alguien al lado que se le echaba a reír a la cara o le ponía afectuosamente el brazo en el hombro, haciéndole ver que no iban por ahí los tiros; él entonces se ponía muy colorado y acababa sonriendo de oreja a oreja. Tenía una sonrisa muy llamativa, parecía estar siempre sonriendo al sol, y a las chicas, desde luego, les gustaba, porque raro era el lunes en que el Payaso no tenía una nueva aventura que contarnos de alguno de los bares de los alrededores o de la hierba del Djurgrn.
Ahora sonreía como si fuera el amo, manejando el grifo, y el agua salía de la manguera como una pequeña catarata, y Sorenson tenía los labios muy apretados y parecía más puntiagudo que de costumbre, y el chorro le corría por el pecho y por la boca y por los ojos y por la tripa y por la ingle al pobre Gideon. Había soltado la toalla, que ahora estaba en el suelo como un trapo húmedo, y trataba, indefenso, de protegerse con las manos, pero apenas podía.
Finalmente alguien dijo que ya estaba bien. Esto nos sorprendió mucho, porque fue el compañero del Payaso, llamado el Salmón Alegre porque hacía frente a todos los altibajos de la vida con el mismo invariable mal humor. Jamás habíamos visto a nadie tan agrio en nuestra vida. Y su ingenio, por lo que se refería a encontrar excusas para su acritud, era también enorme. Nunca pasaba nada alegre sin que el Salmón Alegre le encontrara algún inconveniente. Aparte de esto todos le considerábamos buen compañero y, por causa de su edad, servía de contrapeso al Payaso. El Salmón Alegre había sido aprendiz de boxeador en otros tiempos, y si alguien no se lo creía les mostraba una oreja que sacaba de entre su abundante caballera para que vieran lo magullada que la tenía. Se llevaba bien con el Payaso y sabía manejarle; lo que más impresionaba al Payaso eran los boxeadores, sobre todo si estaban magullados de alguna manera.
Fue ésta la razón de que el Payaso no se pusiera a protestar como de costumbre cuando el Salmón Alegre, de pronto, le apartó del grifo de un empujón, lo cerró y arrancó la manguera. Se limitó a sonreír, como de costumbre, pero era la suya una sonrisa más bien desagradable, porque nunca se sabía si estaba furioso o contento, o ninguna de ambas cosas. Finalmente se alejó de allí afectando indiferencia, y Sorenson se quedó solo en medio del cuarto de baño con la manguera goteante en la mano y su agresividad puntiaguda desapareció cuando nos vio a los demás junto a los dornajos, en silencio y mirándole. Pero no había peligro alguno de que le perdiéramos el respeto, y él lo comprendía, perfectamente, porque se apartó con desdén de Gideon, que no parecía darse cuenta de que la broma había terminado, y se puso a arrollar la manguera.
Los que estábamos allí mirando no sentíamos otra cosa que lástima por Gideon, y todos habríamos querido ayudarle, pero nos sentíamos muy perezosos. De cualquier manera no es exageración decir que le teníamos tremenda compasión viéndole allí retorcer su toalla empapada. Tiritaba por la ducha y, además, en el cuarto de baño hacía mucho frío, porque daba al norte, de modo que también nosotros empezamos a sentirlo un poco, y nos dispusimos a ir al dormitorio. Era innecesario, y una pérdida de tiempo, además de extraño, seguir allí como pasmarotes, mirando a Gideon, sobre todo en vista de que ninguno de no-sotros se decidía a acercarse a él, darle un golpe en el hombro y decirle: «Hale, hombre, eso fue una estupidez, pero ya verás cómo un día de estos le gastamos una buena a Sorenson».
El sol nos miraba por la rendija de la puerta y jugueteaba con los espejos metálicos, y todos empezamos a sentirnos tontos de verdad. Pero entonces va Gideon y se vuelve hacia nosotros y nos dice, con la boca llena de pasta de dientes:
-Seguimos siendo camaradas a pesar de todo, ¿queréis ayudarme para que esto no pueda volver a ocurrir?
Fue el tono de voz lo que nos decidió, aquel tono suplicante que tan nerviosos nos ponía. Nada le pone a uno tan furioso como que traten de despertar su compasión. Y a todos nos alegraron sus palabras, porque en cuanto las dijo pensamos que ya no teníamos motivo alguno de compasión y, sin más, cogimos y nos fuimos y le dejamos solo. ¿Qué otra cosa se podía hacer con un tipo así?