9. #13
»Pero después de un silencio que no duraría más de un par de minutos comienza a oírse de nuevo una orquesta de silbidos en el aire sobre nuestras cabezas, y las explosiones siguen un segundo después. Tan cerca es que de pronto nos da la impresión de que el aire nos arranca de donde estamos y los pulmones se nos van a salir por la boca, y es como si la cabeza nos estallase con tanta explosión. Nos tiramos unos sobre otros, y en medio de todo aquel estrépito oímos una especie de cacareo, pero quizá no sean más que imaginaciones, y de pronto empiezan a entrar cosas volando por las ventanas y a tropezar con las paredes y por el suelo con gran confusión y ruido. Damos gracias a Dios porque no estamos delante de una ventana, y justo cuando todo aquel ruido cede vemos al viejo quejarse y nos inclinamos inquietos sobre él. Sus párpados se agitan, pero no abre los ojos, no hace más que dar vueltas lleno de inquietud. Se queja a media voz y comprendemos que ya está medio despierto. Entonces uno de los españoles se inclina sobre su rostro y le susurra algo, bajo y suave, y vemos que el viejo vuelve a tranquilizarse y a sumirse de nuevo en el sueño y a roncar. Sólo entonces nos atrevemos a acercarnos a la ventana, y vemos que es el cobertizo del viejo lo que ha sido alcanzado por la bomba. Luego el zumbido de motores de avión se va haciendo más y más débil, y cuando salimos al patio les vemos volando luna adentro como pequeñas pulgas de plata. Se acabó, salimos en busca de nuestros compañeros. Les vemos llegar de distintos lados, vuelven al pueblo, y enseguida comprobamos que las bajas han sido pocas, gracias a que tenían centinelas y habían sido más atentos que nosotros y se habían podido refugiar en el bosque antes de que les cayera encima la primera ola. Aparte de esto, la mayor parte del pueblo estaba en ruinas, y en la calle del pueblo yacían cinco de nuestros compañeros, que habían sido sorprendidos por las ráfagas de ametralladora. Los enterramos en un campo, en las afueras del pueblo, y dejamos sus fusiles sobre sus tumbas. »Fuimos a dar una vuelta por el pueblo al amanecer, para inspeccionar los daños. Nunca había visto yo en mi vida un pueblo tan completamente destruido por bombas como el pueblo aquel, y era un verdadero milagro que la casa del viejo no quedara hecha escombros. Muchas de las casas de la calle del pueblo estaban totalmente arrasadas, y de la copa de uno de los cipreses colgaba una mesa de tres patas. Donde antes había habido casas había ahora grandes hoyos, y en un lugar la bomba tuvo que caer justo sobre una corriente de agua subterránea, porque uno de los hoyos estaba completamente lleno de agua, a pesar de lo terriblemente seco que era aquel verano.
»Finalmente volvimos a la casa del viejo y ya comenzaba el sol a salir y hacía mucha luz. Nos pusimos a mirar la casa y la devastación que sacudió la puerta, la cual, por notable que parezca, seguía en pie a pesar de la onda expansiva. Un segundo más tarde vemos al viejo salir por la puerta con los mismos pantalones, camiseta, sombrero y sandalias de antes, pero lleva en el brazo un cesto y alargamos todos el cuello y vemos que dentro hay comida para los gansos. El viejo se queda quieto un momento, pestañeando contra la luz, y luego le vemos bajar al hoyo donde estuvo antes el cobertizo, y entonces nos damos cuenta de que hay un sendero bien apisonado que va derecho de la puerta de la casa hasta el cobertizo, y cuando le vemos poner los pies con tanto cuidado en el sendero como si estuviera hecho de porcelana nos damos cuenta de que todavía no ve nada, lo que pasa es que está tan acostumbrado a bajar por ahí que es capaz de recorrer ese trecho dormido. Alguna vez tropieza con una piedra, pero no debe darse cuenta de ello, porque se limita a levantar pacientemente el pie y seguir adelante. Y entonces comprendemos lo que va a suceder y contenemos el aliento.
»El viejo sigue andando hasta que llega al lugar donde termina el sendero y comienza el boquete que hizo la bomba. Allí deja el cesto en tierra, se atusa un poco el sombrero para ponerse presentable cuando dé a los gansos su comida de la mañana, y, sin más, alarga la mano para coger el picaporte. Vemos la mano delgada tantear en el aire y, finalmente, levantar, sorprendido, la vista, pestañear y, finalmente, abrir los ojos. Le vemos ponerse rígido y tenemos miedo de que le de un ataque por la sorpresa. Pero cesa su estupefacción. Se quita el sombrero, lo tira, lleno de ira, al suelo, y lo pisotea. Todo esto al tiempo que grita en español, profiriendo juramentos contra el cielo matinal. ¡Mis gansos, mis gansos!, grita, y sigue dando saltos, y no nos ve, a pesar de que estamos allí mismo, junto a la calle del pueblo, a menos de un tiro de piedra de donde está él.
»Y es curioso lo que nos conmueve la escena, lo avergonzados que nos sentimos. Es exactamente como si toda la tragedia de aquella guerra se hubiera concentrado en el pequeño viejo que está ante el boquete hecho por la explosión lamentándose por la pérdida de sus gansos en la clara luz matinal. Nos vamos de allí furtivamente, como delincuentes, mientras sus gritos desesperados nos resuenan en los oídos. Luego continuamos la retirada y nos unimos a la fuerza principal y recibimos refuerzos y conseguimos recuperar el territorio perdido antes de que comience la gran derrota. Quiso la casualidad que durante la ofensiva acertase yo a pasar por el pueblo destruido, y dispuse de un corto descanso para buscar, con un compañero que también había estado con nosotros, la casa del viejo, pues queríamos ver si podíamos consolarle. Pero ahora la casa estaba vacía, no colgaban mantas de las ventanas, y sentimos por el olor que allí hacía mucho tiempo que no vivía nadie. Entonces fuimos dando una vuelta para ver los alrededores, y de pronto mi compañero dio un grito. Había ido a investigar un poco por la parte de la casa que daba al bosque, y allí dio inesperadamente con el viejo. Colgaba de una rama fuerte, y tenía debajo, por tierra, sus pantalones de cuero, porque se había quitado las cuerdas con las que se los sujetaba para colgarse con ellas. Nos hicimos a un lado y encendimos cigarrillos, y luego le bajamos de allí con las bayonetas. Ya olía, lo que había que hacer era enterrarle cuanto antes. Le cogimos entre los dos, tratando de respirar el humo del tabaco, y le llevamos al boquete, y allí fue fácil cubrirle de tierra. Luego comenzaron a tronar los motores, porque esta vez teníamos vehículos blindados, y tuvimos que correr para no quedarnos empantanados en el pueblo muerto».
Esta fue la historia de Edmund. Nos causó la misma impresión, como un espasmo, que las otras dos, pero ésta tenía algo especial que diluyó en cierto modo nuestra angustia. Se puede decir, sin duda, que nos sentíamos algo sentimentales en las circunstancias en que estábamos, y que fue eso lo que nos ayudó a dormirnos casi inmediatamente después. Solo uno de nosotros no conseguía dormir, o, por lo menos, eso es lo que nos dijo después él mismo, y es perfectamente creíble que no fuera capaz de pegar el ojo por muchas píldoras que tomase. Era Gideon, el más raro, sin duda alguna, de todos nosotros, y no pudimos menos de tomarle el pelo, aunque sólo fuese por lo prepotente y voceras que era de ordinario. Sí, nos aseguró, no podía dormir, y nosotros pensamos que no sería nada raro que cualquier día le pasase algo que nos obligase a abrir los ojos de par en par y pellizcarnos en el brazo y preguntarnos cómo podían ocurrir cosas así. Pero nos guardamos estos pensamientos para nosotros solos.
Bueno, pues, como decía, después de la historia de Edmund nos dormimos por fin todos los que no habíamos podido dormirnos hasta entonces, bueno, todos menos Gideon, si es que hemos de creer sus palabras, y no despertamos hasta que el cabo de turno vino a nuestro cuarto a gritarnos por segunda vez que nos teníamos que levantar. Entonces nos despertamos, y conocimos aquel despertar: era igual que las dos mañanas anteriores. Estábamos un rato echados, luego nos despertábamos bajo las mantas polvorientas, con la cabeza pesada por tan corto sueño, luego abríamos los ojos y nos volvíamos a nuestros vecinos para que se levantasen ellos primero. Pero, en vista de que nadie mostraba signo alguno de levantarse, nos incorporábamos un poco, apoyándonos en los codos, y mirábamos al suelo, mirábamos bajo las camas, pero allí no veíamos otra cosa que gruesos tochos de polvo cuartelero. Finalmente nos poníamos en pie, tirábamos las mantas e íbamos por el suelo a saltitos, echando miradas de reojo y esperando que alguien nos gritase: Aquí está.
Pero el miedo que flotaba en ligeros vapores de amanecer por la estancia llena de sudores nocturnos no se disolvió aquella mañana como en las mañanas anteriores. Los más animosos fuimos corriendo desnudos al cuarto de baño, que es el más frío de todo el cuartel, con suelo de asfalto y baldosas resbaladizas como el jabón, donde teníamos que pisar cuando nos lavábamos bajo los chorros congelados que los grifos de cobre derramaban en los largos cubos que parecen dornajos de pocilga en fila contra la pared. Del techo cuelga la ducha, que está muy bien para quitar de encima de golpe los recuerdos nocturnos. El chorro frío como el hielo le lava a uno de pies a cabeza de todo cuanto tenga pegado al cuerpo por causa de la noche, y esta es la razón de que las duchas frías tuviesen de pronto tanto éxito entre nosotros. Hasta un tipo tan débil como el llamado Glader, que solía lavarse muy por encima, estaba ahora apretujándose entre los demás para ver si también a él le tocaba algo de agua.