9. #12
»Uno de nosotros la abre de golpe y se hace a un lado rapidísimamente para que no le disparen en el pecho si hay alguien escondido allí dentro. No se oye absolutamente nada y todos nosotros empezamos a sentirnos un poco raros, pero ya veréis. Alguien suelta un juramento dentro de la casa en un español de lo más puro, y los españoles que había entre nosotros rompen el silencio, riéndose a carcajadas. Gritan algo al que está dentro de la casa; por el tono de sus voces nos damos cuenta de que no es nada peligroso, y un momento después aparece un viejecillo reseco, el tipo más notable que he visto en toda mi vida, y le vemos salir por la puerta como si tal cosa. Y en cuanto nos ve se pone a saltar como un balón de fútbol y a gritar y a hacer grandes ademanes, llevándose las manos al cuello. Pero los españoles le dan al viejo golpes en el hombro y le hacen callar de pronto.
»Un camarada que sabe español me susurra que el viejo pensaba que éramos las tropas de Franco, pero que los españoles le habían hecho callar. Yo echo una ojeada al viejo, que ahora está callado ante la puerta de su casa. Parece un pedazo de carne reseca que lleva demasiado tiempo a la intemperie. En los pies lleva las sandalias españolas de costumbre, alpargatas, pero, por lo demás, parece casi un cowboy con sus pantalones anchos de cuero con flecos que le cuelgan de un par de cuerdas del cuerpo delgado. De la cintura para arriba lo único que lleva es una camiseta blanca de tela muy fina, y en la cabeza un enorme sombrero de paja del que le salen mechones de pelo blanco. Pero os aseguro que no se quedó callado mucho tiempo. De pronto le relucen los ojillos y comienza a hablar en español como una cotorra, y os aseguro que nunca había oído yo hablar más de prisa a nuestras ametralladoras, y mi camarada, el que sabía un poco de español, sólo para andar por casa, no tiene la menor posibilidad de entender nada a tal velocidad. Pero los españoles rompen a reír a carcajadas, y la patrulla entera, con el viejo a la cabeza, se pone en camino hacia el patio donde vemos una especie de cobertizo de maderas que amenaza caer de pura debilidad senil.
»El viejo coge el picaporte y abre la puerta del cobertizo, y enseguida se oye un cacareo que realmente nos hace daño en los oídos, que tanto tiempo llevan sin oír nada parecido. Dentro hay una gran caja cubierta por un grueso disco de cartón, sujeto por cuatro grandes piedras, una en cada esquina, y con grandes agujeros redondos perforados en él. Entramos uno tras otro y miramos en el interior de la caja, y qué diréis que vimos en aquella semioscuridad, pues nada menos que gran número de gansos allí metidos. No hay forma de contarlos, pues lo único que se ve es una confusión de cuellos largos y picos, y los españoles vuelven a reír al verlos, pero los que no somos españoles pensamos que es una verdadera lástima, y el que sabe un poco de español le pregunta al viejo por qué no los deja en libertad para que salgan a picotear por ahí.
»Y entonces el viejo le suelta una andanada de palabras, pero uno de nuestros españoles se lo traduce, hablando despacio y claro: dice que el viejo tiene sus gansos guardados dentro de aquella caja, en aquel cobertizo, desde que empezó la guerra, y que piensa seguir teniéndolos allí hasta que termine, que ya le ocuparon una vez las tropas de Franco (por eso está todo tan incendiado, pensamos nosotros), y que el viejo, con todo lo simple que es, hizo entonces grandes servicios a la república, y no quiere perder sus gansos por nada de este mundo; pero, así y todo, añade el español, con un guiño taimado, esta vez va a ser inevitable que eche de menos uno o dos.
»Nos invita el viejo a vivir en su casa y nosotros aceptamos encantados. Hasta nos da algo de comer y todo, y esta es la primera vez en varios días en que nos sentimos ahítos cuando nos echamos a dormir. Nos envolvemos en nuestros capotes con las armas bien a mano. Hemos llegado a acostumbrarnos de tal manera a dormir con el fusil al lado que la verdad es que no podríamos dormir sin él. Pensábamos que podríamos cerrar los ojos en pocos minutos, pero de pronto nos despierta un irritante zumbido que va en aumento, y es exactamente como si un abejorro nos estuviera zumbando en los oídos.
»Cogemos los fusiles y salimos a apostarnos fuera, bajo la luna clara, plateada, y vemos la escuadrilla enemiga que, por alguna macabra brujería, parece salir del disco mismo de la luna. Nosotros apretamos los dientes y maldecimos el estúpido optimismo que nos indujo a pensar que el avión aquel que giraba sobre nosotros era de los nuestros. Ahora nos damos cuenta de que era un avión de reconocimiento. Pero aquel avión, sin duda alguna, era de un tipo muy corriente en nuestra aviación, si es que realmente se puede hablar de tipos de avión en un batiburrillo de aviones dispares como era la nuestra; en fin, que llegamos a la conclusión de que lo que había pasado era que el enemigo se había apoderado de él en alguna incursión súbita en uno de nuestros campos de aviación.
»Nos apostamos en el patio y vemos tres formaciones de bombarderos que vienen sobre nosotros, y mentiría si dijese que no estábamos asustados. Claro que lo estábamos. Hay que estar allí para saber lo que es estar en un pueblecito situado en una hondonada. Los otros no habrían tenido trabajo más fácil si llegan a estar en pleno Mediterráneo, y nosotros, por nuestra parte, nos sintamos como quien está en el punto mismo del blanco justo antes de que empiece una competición de tiro al blanco, porque lo que hicimos fue meternos en buen orden en la casa y cerrar la puerta, como si esto fuera a servirnos de algo. Y una vez dentro nos sentamos en un banco que había contra una de las paredes y esperamos.
»No tuvimos necesidad de esperar mucho tiempo. Ni era tampoco aquella la primera vez que veíamos un bombardeo, tanto en ciudades como en campo abierto, pero nunca hasta entonces, como ahora, en una ratonera. En las ciudades se sienta uno y se pone a escuchar las explosiones lejanas, deseando que las bombas caigan de una vez cerca de uno, para así no tener que sentirlas acercarse poco a poco. Hasta que se empiezan a oír en el barrio de al lado y entonces uno se dice que por esta vez está salvado. En campo abierto la cosa es muy distinta, muy implacable, porque está uno echado en la hierba, a sabiendas de que con eso no se consigue absolutamente nada. Piensa uno que la tierra reluce como una bala de acero y tiene tantos agujeros donde esconderse como una bala de acero. Se piensa que está uno abandonado a la misericordia del cielo y que ya casi sería lo mismo estar flotando en el aire como un globo de cortina, haciendo de blanco a las ráfagas de ametralladora. Y se echa uno y se pone a pensar cuándo empezarán a silbar las bombas. Esto es lo único que sirve de algo de verdad cuando suenan en el aire las explosiones y uno se siente loco de alegría porque no le dan, y esta sensación de locura persiste mientras siguen oyéndose explosiones alrededor y uno está salvado por esta vez.
»Pero ahora la cosa era completamente distinta, más siniestra, más implacable. Yo creo que ni siquiera nos preocupamos de pensar cuándo empezarían a silbar las bombas. La casa entera se estremecía con las explosiones, aunque nosotros pensábamos que las bombas estaban cayendo por el otro extremo del pueblo. Luego los silbidos desaparecían entre las explosiones y parecía como si estuviéramos en un barco que se bamboleaba. Nos tiramos al suelo de bruces y oímos ruido de ametralladoras. Pensamos que la columna tenía que haberse desplegado y había sido descubierta. Seguro que era eso lo que nos había salvado a nosotros, los que nos encontrábamos en la casa.
»Estábamos echados, con la frente bien pegada al suelo, esperando la siguiente oleada, pero no llegó, y aquellas gruesas nubes de estruendo se disolvieron, reduciéndose a un irritado zumbido y un traqueteo de ráfagas de ametralladora, nada más. Pero luego oímos un ruido que hasta entonces no habíamos notado, y que dominaba todos los demás; nos miramos llenos de asombro al tiempo que nos levantábamos despacio para ver si seguíamos sanos y salvos. Y entonces uno de nosotros se dio cuenta de que el ruido aquél estaba en la habitación misma, y que no era otra cosa que los ronquidos del viejo.
»No pudimos menos de echarnos a reír, aunque fuese por lo bajines, y nos acercamos a él sin hacer ruido, y allí le vimos, en un rincón, envuelto en una gruesa manta. Y entonces empiezan a caer bombas aisladas a buena distancia de nosotros, y vimos a la luz de la luna que llenaba el cuarto, al tiempo que las mantas salían despedidas de las ventanas, que el viejo abría la boca, y murmuraba algo. Daba vueltas, inquieto, y acabó arrojando de sí la manta. Nos apresuramos a envolverle de nuevo en ella para que no se despertase, y mientras seguían oyéndose explosiones por la parte del bosque, muy lejos, a nuestras espaldas, nos congregamos en torno al viejo dormido, sin preocuparnos de otra cosa en el mundo entero que de su sueño. Era, ni más ni menos, como si aquel momento la guerra no tuviera más consecuencia que turbar el sueño del viejo, como si con sólo que él despertase perderíamos nosotros la guerra.