9. #11
Por eso nos alegramos y nos sentimos aliviados cuando, por fin, se rompió el silencio. Pareció de pronto como si alguien hubiera vuelto a unirnos, arrojando de nosotros aquel siniestro estado de ánimo que nos oprimía. Y lo mejor de todo fue que el que había empezado a hablar era tan tranquilizante y nos inspiraba tal confianza que nos dijimos que lo que estaba a punto de contarnos no nos iba a asustar. Era rollizo de cuerpo y rostro, pero de una manera, como si dijéramos, estable, sin llegar a gordo y abotargado. Y esa estabilidad se le notaba también en la voz. Raras veces decía algo, aparte de una que otra palabra, pero lo que sabíamos de él nos predisponía a pensar que lo que íbamos a escuchar sería una historia que, por decirlo así, borraría la anterior; no sé si me explico bien, quiero decir que sería algo que suavizaría las aristas de las del Buton y Sorenson, que todavía nos hacían daño. Por esta causa nos sobresaltamos todos algo cuando le oímos decirnos con su voz estable que ahora nos iba a contar una experiencia suya en España en 1938, donde estaba «disparando un poco», como lo expresó a su manera desapasionada y rolliza. Y fueron dos las razones de que nos sobresaltáramos cuando Edmund, a pesar de la estabilidad rolliza y casera y confianzuda que hasta su nombre respiraba, comenzó su historia con estas palabras. La primera razón, y la más importante, dado el estado de ánimo en que nos hallábamos, era que pensamos que nos iba a contar algo sobrecogedor, y no estábamos seguros de poder soportarlo después de las otras dos historias, y la segunda que nos pareció increíblemente sorprendente el que Edmund hubiera luchado en España. Y nos parecía increíble precisamente por lo difícil que resultaba relacionar a Edmund, tan rollizo, tan invariablemente calmoso, con una cosa como la guerra; por ejemplo: con la posibilidad de que hubiera matado a alguien. Resultaba extraño también por otra razón, y era que muchos de nosotros no empezábamos a darnos cuenta de lo que la guerra de España había supuesto para la paz mundial ni siquiera ahora que la verdadera guerra llevaba ya varios años en marcha, y nos sorprendía que Edmund se la hubiera dado tan pronto, y esta idea a muchos nos llenó de envidia.
Pero una vez que Edmund comenzó a hablar y a contarnos su historia, comprendimos enseguida que los temores que nos habían inspirado sus primeras palabras eran innecesarios. Parecía propio de la forma de ser de Edmund que no nos contara algún ataque con bayoneta o una lucha cuerpo a cuerpo entre los cipreses, en algún pequeño lugar desolado de España, pero sí lo era, en cambio, que nos contase lo siguiente:
-Estábamos en plena retirada en algún lugar de la costa mediterránea oriental de España. Es difícil dar nombres, porque acababa uno de llegar a España y había ido derecho allí, y luego los nombres de lugares españoles resultaban difíciles de recordar; además, cuando uno está en retirada no se preocupa mucho de aprenderse de memoria los lugares por donde pasa. Cuando se avanza la cosa es completamente distinta, porque entonces tiene uno los ojos abiertos y se fija en cualquier letrero que vea, pero en las retiradas es como si estuviera uno todo el tiempo con los ojos mirando a la tierra y sin la menor idea de por dónde pasa. Pero no creáis que la nuestra era una retirada en desorden, porque todavía no habíamos llegado a la conclusión de que la situación era desesperada, y no nos sentíamos ni nerviosos ni deprimidos. Era, simplemente, como si nos hubiéramos tomado unos días de permiso y contásemos con volver enseguida al trabajo. Muy distinto, claro, cuando los que huían eran los otros. En los primeros días que había pasado yo allí hicimos una ofensiva, bueno, no una ofensiva en gran escala, sólo un pequeño avance rápido, y cogimos muchos prisioneros. Los pobres temblaban como hojas cuando les cercamos, serían una veintena que habían tirado las armas para correr mejor, en una cañada. Eran casi todos italianos y no hacían más que gritar, hasta el punto de que tuvimos que amenazarles con disparar si no dejaban de meter bulla. Bueno, pues lo que pasó es que este episodio nos indujo, al principio, a subestimar al enemigo, o, por lo menos, esto es lo que nos pasó a los recién llegados cuando empezaron a llegar refuerzos y nos vimos obligados a retirarnos, que nos sentíamos optimistas y pensábamos, como ya he dicho, que sólo era cuestión de un par de días de vacaciones. Pero, también como ya he dicho, por voluntaria que sea una retirada, los que se retiran miran al suelo a pesar de todo, y nosotros íbamos o conducíamos por un pueblo tras otro, por una pequeña ciudad tras otra, sin darnos cuenta siquiera de cómo se llamaba. Y aquellos lugares contribuían también a esta actitud nuestra, porque todos ellos eran bastante iguales entre sí. Los pueblos, o bien estaban como relegados a un lado del bosque, o se emperchaban, relucientes y orgullosos como pavos reales, en las laderas de los montes, y todos tenían una cosa en común con las ciudades por las que pasábamos: estaban tan despoblados e incendiados como ellas. Ciudad tras ciudad, pueblo tras pueblo, todos cuidadosamente bombardeados por la aviación enemiga, que, por otra parte, nos fue pisando los talones durante toda la retirada. Y en uno de los últimos días nuestra retirada se vio complicada además porque nos dieron en los carros de provisiones y pasamos más hambre que las ratas, hasta que, por fin, nos unimos a los refuerzos y pudimos volver de nuevo hacia el sur.
»Todos los que han visto una casa incendiada pueden imaginarse lo que tiene que ser no ver otra cosa durante días. Llegamos a sorprendernos de las pocas ruinas que había en los lugares por donde pasábamos, pero, en vez de ruinas, lo que había era casas con las ventanas convertidas en bocas abiertas y con paredes ennegrecidas por el humo, mirándonos fijamente cuando pasábamos. Parecían cadáveres, vacías y abandonadas como estaban. Es notable lo que cambian hasta las líneas de las casas en cuanto quedan abandonadas, cuando se les quitan las cortinas y las flores de las ventanas, cuando se les saltan los cristales, se les arrancan las puertas y el fuego les lame las paredes por fuera. Parecen tan amenazadoras y asustan tanto que uno casi no se atreve a entrar en ellas. Y tal era el silencio que reinaba cuando nos acercábamos a los pueblos que el único ruido que se oía era, realmente, el de nuestros propios pasos. No se encontraba un solo ser humano, y a veces se diría que estábamos completamente solos en todo el planeta. A veces llegábamos a alegrarnos en cuanto la aviación enemiga asomaba por las cimas de los montes y comenzaba a girar en torno a nuestra columna. Sin darnos nosotros mismos cuenta, íbamos más silenciosos y bajábamos la voz cuando pasábamos por los pueblos incendiados y abandonados, exactamente como si temiéramos despertar a alguien. Pero el caso es que no teníamos más remedio que pasar la noche, o, mejor dicho, dormir unas cuantas horas, porque tanta prisa teníamos que nunca pudimos gozar de un solo descanso nocturno que durase la noche entera, en algunas de esas casas aterradoras, y en los últimos días de la retirada, después de que nos bombardearan los carros de las provisiones, llegamos incluso a husmear por las casas para ver si no quedaría algo de comer en ellas, pero, como es natural, no quedaba absolutamente nada. Bueno, excepto las ratas, que salían corriendo en cuanto metíamos ruido al entrar en las habitaciones; es curioso lo poco que tardan las ratas en hacerse las amas de un pueblo desierto: si toda la especie humana desapareciera de la tierra de un día para otro, es seguro que en seguida se convertirían las ratas en las amas del planeta.
Un atardecer, después de un día insólitamente caluroso, llegamos a uno de esos pueblos vacíos, que, por cierto, se parecía muchísimo a todos los demás por donde habíamos pasado, y nos pusimos de acuerdo en que lo mejor iba a ser quedarnos allí un rato y continuar luego en plena noche. Durante todo aquel día un avión solitario había estado dando vueltas tercamente sobre nosotros, y a todos nos había sorprendido apáticamente, abrumados por el calor como estábamos, el que no se decidiera a atacarnos, hasta que nos dimos cuenta de que era de los nuestros. Tan raro era aquello que nos sentimos más animados que si hubiéramos topado con todo un escuadrón blindado de nuestras fuerzas, y nuestra moral subió mucho de esa manera irracional, como el hombre que se siente completamente desesperado porque está arruinado y de pronto se encuentra una monedita de unos céntimos en el bolsillo; pues lo mismo nosotros, que nos invadió una de esas alegrías frenéticas al llegar aquella tarde a las afueras de un pueblo abandonado, cuando ya comenzaba a oscurecer.
»No esperábamos mucho del pueblo aquel, triste es decirlo, lo único es que hicimos la ronda tradicional por las casas para ver si algún campesino descuidado no se habría dejado olvidada una ternera o un buey que nosotros podríamos aprovechar; y la búsqueda resultó infructuosa, como de costumbre. Pero cuando la patrulla de la que yo formo parte llega al otro extremo del pueblo sin que hayamos visto otra cosa que lo de siempre, vemos detrás de unos matorrales una escena que nos sobresalta hasta el punto de que aprestamos los fusiles para disparar. Hay allí una casi incendiada como las otras, pero con mantas colgando de los boquetes de las ventanas, además conservaba la chimenea, y sale humo de ella. Nos acercamos cautelosamente a la casa encantada, dispuestos a hacer frente a cualquier sorpresa. Pero no ocurre nada, y nos atrevemos a entrar por la puerta principal, que está completamente intacta, con todos sus goznes.