La serpiente 9. #10
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9. #10

»En fin, que me presento en el muelle y entonces veo que no voy a estar solo. Hay otros tres conmigo, que contemplan sombríos el agua grasienta. A las tres en punto sale el teniente Wester al puente de mando y nos ordena subir a bordo. No nos grita cuando nos reunimos con él en la cubierta de proa, al contrario, se diría que lo que quiere es llevarnos por ahí de excursión. Nos llama señores y está tan amable con nosotros que pensamos que los que decían tantas cosas de él tenían que estar equivocados. Lo primero que tenemos que hacer es un poco de gimnasia, y la vamos a hacer abajo, en la sala de máquinas, porque allí se está muy fresco y muy bien. Esto a nosotros nos parece muy solícito por su parte, y nos quitamos encantados los zapatos y los calcetines cuando él nos lo manda, pero no hace tanto fresco después de todo en la sala de máquinas, porque los fuegos arden y la boca de las calderas está abierta de par en par y nos ponemos a sudar como locos con nuestros uniformes gruesos antes incluso de tener que movernos. Y cuando empieza la gimnasia nos damos cuenta de la razón de que nos mandara estar descalzos, es porque ha esparcido una capa de trocitos de carbón por el suelo, y tenemos que saltar como desde un trampolín y ponernos de puntillas y en posición de caer de bruces, y siempre pisando los trocitos cortantes de carbón. Al principio, antes de empezar a ir más rápido, se las puede arreglar uno para no pisar los trozos más cortantes, pero cuando se acelera el ritmo resulta imposible andarse con esos cuidados, y al cabo de un cuarto de hora de este tipo de gimnasia nos sangran ya los dos pies, y encima las manos también, y se llega a pensar que casi sería preferible estar en el infierno. Pero al cabo de media hora ya se ha parado de sangrar, y piensa uno que es curioso lo fácilmente que se acostumbra, porque la verdad es que no se siente nada, y las heridas están cubiertas de polvo de carbón, con lo que se deja de sangrar, pero tiene uno polvo de carbón hasta en la boca, y tal es la sed que se siente que se daría cualquier cosa por un vaso de agua. Al cabo de tres cuartos de hora ya no se siente absolutamente ningún dolor, y ni se tiene sed siquiera. Lo único que pasa es que está uno tan terriblemente cansado que se sentiría feliz de poder dejarse caer sobre los carbones y quedarse dormido. Pero no es posible, porque la lección de gimnasia dura una hora entera, y para cuando ha pasado la hora ya uno no es nada, y se llega a pensar que qué lástima que no siga la gimnasia ahora que ya estaba uno lanzado y le daba todo igual. Pero cuando se empieza a subir la escala de cuerda, entonces sí que se da cuenta uno de que tiene los pies y las manos hechos una pura llaga, y se vuelve todo rojo en cuento se abren los ojos, y le vienen ganas a uno de retorcerle el pescuezo al causante de todo esto, pero sólo por un rato, porque en seguida vuelve uno a sentirse tan cansado que sería capaz hasta de vitorear a su atormentador. Estoy seguro de que los cuatro sentimos lo mismo cuando tratamos de localizar nuestros zapatos y nuestros calcetines en la cubierta. Y no tuvo ninguna gracia cuando quisimos ponérnoslos, porque iba a tardar mucho el pie en poder aguantar zapatos normales, y notamos lo terriblemente difícil que era andar por un suelo sin trozos cortantes de carbón.

Y si no llega a ser más que esto, bueno, pues no habría sido nada, porque habíamos llegado a un estado de ánimo en que nada nos parecía peligroso. Uno se siente así, a veces. La primera media hora está uno irritadísimo, enloquecido, pero en la segunda le vence la apatía, y luego llega una fase en la que vuelve uno a enloquecerse. Y cuando el teniente nos reunió en torno a sí en la cubierta de proa, señaló al palo de trinquete y dijo que le gustaría vernos ahí subidos, sosteniendo un buen lastre en el penol de la verga, los cuatro comprendimos, sin el menor género de dudas, sin siquiera mirarnos unos a otros, lo que quería decir aquello. En fin, que fuimos primero, con nuestros pies heridos, a por una larga escalera que había en el muelle, y la levantamos contra el palo de trinquete con unos dolores que no os podéis hacer idea. Luego tuvimos que ir a por el lastre, que también estaba en el muelle. Era un enorme pedazo de hierro y apenas si lo pudimos levantar entre los cuatro. Y cuando lo hubimos llevado a bordo tuvimos que pararnos un poco los cuatro para mirar al penol de la verga, que estaba altísimo, y nos sentíamos muertos de cansancio, y entonces llegó Wester con su máquina fotográfica y nos gritó «si no habíamos levantado ya el lastre», y fue notable lo fácil que nos pareció cuando lo levantamos entre todos y comenzamos a subir por la escalera, que era tan ancha que podíamos ir de dos en fondo, con el lastre a cuestas. Fuimos subiendo, peldaño a peldaño, y teníamos mucho miedo por si la escalera se volcaba con nosotros y todo, pero la inclinación era buena, y, la verdad, no nos parecía que hubiese mucho peligro. Finalmente, ya estábamos casi arriba cuando va el teniente Wester y se pone unos peldaños por debajo de nosotros, mirando a la punta del penol de la verga, y nosotros nos ponemos a mirar hacia abajo, y aunque no nos miramos los unos a los otros ni una sola vez, nos dimos cuenta inmediatamente de lo que iba a ocurrir. Nos quedamos mirando atentamente a la frente blanca como la nieve que, desde donde estamos, nos parece como una cinta blanca. Todo lo demás lo tenía atezado, pero la frente era completamente blanca, casi como si se la hubiesen untado con pomada. Miramos en torno a nosotros pero no vemos a un solo ser humano en todo el puerto. Me acuerdo de que vi un gato negro que saltaba justo en aquel momento de la cabina de una grúa y que el lastre en seguida comenzó a resbalárseme de las manos, y no sé, la verdad, quién lo soltó primero, o si fuimos todos al tiempo, pero el hecho es que sólo tuvimos tiempo de mirar una vez más a la frente blanca cuando el lastre ya se le caía encima.

»Sí, claro, hubo interrogatorios e investigaciones, y todo lo que queráis, y todos pensaron que había sido una desgracia de lo más lamentable, y ahora viene lo bueno: ninguno de nosotros cuatro, los que habíamos soltado el lastre contra la frente del teniente Wester, dijimos o pensamos que había sido otra cosa que eso, una desgracia, sí, porque, claro, si alguno de nosotros hubiese dicho a los demás: le dejamos en el sitio a propósito, pues los demás le habríamos mirado como si estuviese mal de la cabeza, y por eso dormíamos tan bien por las noches. Apenas nos veíamos entre nosotros, casi no volvimos a hablar del asunto, y enseguida dejamos de vernos cuando nos mudaron a cada uno a un sitio distinto. Y pasó por lo menos un año sin que soñara yo con ello. Y una noche me desperté sudando y pensando que le tenía allí, en la habitación, con la frente partida, y así una semana, hasta que no tuve más remedio que mudarme, y me mudé a un sitio distinto, esperando que allí podría dormir mejor, pero como si nada. Total, que tuve que acabar yéndome a la mar para escapar de aquella obsesión, y a bordo, entre los camaradas, conseguí olvidarlo, aunque, no creáis, su tiempo me llevó.

»Cuando atracamos en Lisboa contratamos a un sueco y a los pocos días nos reconocimos. Y yo creo que los dos esperábamos que hubiera sido otro y no el que pensábamos, y hasta que llegamos a Málaga no nos atrevimos a preguntárnoslo, y llevábamos mirándonos de reojo y durmiendo mal desde Lisboa. En Málaga el otro desembarcó y no le volvimos a ver, y nadie entendía porque..., bueno, nadie excepto yo. Pero no dije nada entonces ni he hablado a nadie del asunto hasta hoy.»

Cuando terminó de hablar Sorenson todos nos quedamos tan callados que hasta se oía el leve resonar del reloj de la iglesia de San Osear casi como una llamada de corneta. No había nada que decir sobre aquella historia, ni nada que preguntar. No había en ella nada por esclarecer, ni tampoco estaba lo que se dice rematada, y todos nos quedamos con la extraña sensación de haber sido cómplices de ella. Era exactamente como si nosotros mismos fuéramos los cuatro que una cálida tarde de verano dejaron muerto al teniente aquel. Poco a poco acabamos dándonos cuenta de que era eso lo que nos pasaba, induciendo en nosotros la extraña sensación de complicidad en un acto repulsivo, pero, al mismo tiempo, comenzamos a reflexionar en la verdadera culpa de Sorenson y sus compañeros y en si realmente fue aquello un asesinato, y fuimos llegando a distintas conclusiones. Posiblemente los más avanzados de nosotros, que no sé quiénes serían, comenzaron a reflexionar sobre la verdadera diferencia que puede haber entre el asesinato y lo que a primera vista parece una simple desgracia, pero lo cierto es que resulta peligroso darle vueltas a esas cosas, sobre todo cuando es de noche y está uno asustado y no se puede uno dormir precisamente por el susto que tiene.