9. #9
-Durante la guerra anterior, hacia el final -comenzó a narrar Sorenson, y al principio lo agudo de su voz nos pareció un poco desagradable-, yo tuve que hacer el servicio militar como marino en la armada. No os contaré mucho de eso, y la verdad es que ya lo había olvidado casi todo para cuando terminó la guerra y seguí navegando, pero fue un infierno, un infierno mucho peor que esto, y si alguno de vosotros ha estado alguna vez en una base naval sabrá sin duda lo terrible que puede llegar a ser. Todo el mundo le mira a uno con recelo, y no sólo los jefes, sino también la población civil, y si uno no se anda con cuidado, hasta por las calles, se expone uno en todo momento a cualquier cosa. Y ya sabéis lo que son las chicas en esos sitios. Los chicos para ellas tienen que tener galones, si no ya se pueden ir al infierno, porque ni siquiera se dignan mirarles de pasada.
(¡Vaya, hombre!, nos dijimos, ahora va a empezar a contarnos sus cuitas.)
-Sólo había realmente un sitio en toda la ciudad donde se pudiera ir, un café que se llamaba «La Casita Verde». Los rumores corrían de quinta en quinta entre nosotros y allí estábamos los marineros en grupos en torno a las mesas y tratábamos de repartirnos con más o menos justicia a las pocas chicas que había. Porque eran, por así decirlo, propiedad nuestra, y no había nada que hacer si lo que querías era una relación seguida. Bueno, pues sobre una de estas chicas corrían rumores. Se decía en la nueva quinta, y todos los que lo contaban aseguraban que era una de esas historias que se heredan de quinta en quinta, bueno, pues, como digo, se decía que una noche de domingo unos muchachos habían conseguido meter de contrabando en el cuartel a una chica sin que se enterase el centinela, y lo habían hecho, naturalmente, haciendo que uno de ellos se fingiera borracho para distraer al centinela y alejarle de su puesto, y entonces fueron los otros y pasaron con ella, y luego lo habían pasado muy bien en el cuartel toda la noche, y cuando tocaron diana la pobre estaba tan molida que apenas si se podía tener en pie. Bueno, pues uno de los muchachos faltaba al pasar lista aquella mañana, había estado de juerga toda la noche en la ciudad y no pudo volver a tiempo antes del toque de retreta, y para salvarle, pues se le ocurrió a uno de nosotros que era muy despierto poner a la chica en su lugar en la fila. Pues nada, que le pusieron a la pobre unos pantalones, una guerrera y un gorro de marinero y, sin más, se la llevaron entre ellos y la pusieron en el sitio del otro. No había mucha luz, y menos mal, porque así la maniobra iba saliendo bien, y ella se las arreglaba bastante bien para hacer como los demás y todo eso. Y habría salido bien del todo de no ser por el oficial de turno, que de ordinario era un viejo medio ciego, pero que, justo aquella mañana, le tocó a un teniente llamado Wester, que era recién llegado, y, pues eso, que fue a él al que le tocó pasar lista. Y se le ocurrió que los muchachos no eran lo bastante ágiles, de modo que dio orden de saltar del trampolín, cosa que nunca había pasado hasta entonces antes del desayuno, y entonces, cuando los chicos comenzaron a saltar en torno a ella, pues la pobre chica no sabía qué hacer del miedo que tenía, como es natural, y el teniente se le echó encima y le dio un puñetazo en el pecho, tumbándola: Si no puedes, no saltes, le gritó, pero de pronto se le ocurrió que aquel pecho era demasiado blando, y, sin más, se inclinó sobre ella y la cogió por los hombros y le quitó el gorro y así fue cómo descubrió que era una chica. »Lo que pasó luego nadie lo supo nunca, pero hubo gente que sostuvo que toda la historia no había sido más que una invención del teniente Wester con el único objeto de hacerse popular. Y no me habría extrañado, la verdad, porque el teniente Wester era increíblemente astuto, pero el hecho, de todas formas, es que no le sirvió de mucho, porque no había un oficial de quien todos pensasen tan mal como de él. En cuanto llegabas al cuartel te lo decían: cuidado, no te coja el teniente Wester. Si te coge todo va patas arriba. Y lo notable era que todos le tenían miedo al teniente Wester. Hasta sus superiores, se susurraba, le tenían gran respeto.
»No tardé mucho tiempo en darme cuenta de verdad de por qué los muchachos le tenían tanto miedo, y eso que la primera vez que topé con él era el oficial más amable de toda la armada, pero luego conocí a muchos que decían que a ellos les había pasado exactamente lo mismo que a mí, y que la primera vez, por lo regular, habían hecho algo tonto, como tirar algo u olvidarse de saludar o encaramarse por la puerta del cuartel, y entonces él se les había mostrado de lo más amable y les había ayudado y ellos se sentían llenos de agradecimiento para con él durante toda una semana, hasta que alguien iba a decirles que habían sido asignados al guardacostas del teniente Wester.
»Esa gente decía que no había otro como él para eso de castigar, y yo no les hacía mucho caso, me parecía charlar por charlar. Un día, o una tarde, mejor dicho, andaba yo por ahí e iba a la ciudad completamente solo. Había, desde luego, poquísimos sitios donde reunirse en plan cachondeo, como suele ocurrir en las ciudades de guarnición, y como las chicas de la ciudad eran tan inasequibles, pues los marinos hacíamos nuestras redadas por los alrededores, para ver si así conseguían levantar alguna falda que otra. Muchos de ellos pensaban que lo mejor era salir de caza solos. Por lo que a mí se refiere, yo me iba de merodeo por el campo completamente solo, como ya he dicho, y aquella vez vi que se acercaba una chica en bicicleta por detrás de mí, y me puse a esperar hasta que llegó justo enfrente de mí, y entonces voy y le cojo por el manillar y le preguntó por qué no nos íbamos juntos por ahí un rato. Ella no tiene otra cosa que hacer que bajarse de la bicicleta, claro, de modo que nos vamos por ahí a charlar de tonterías, y cuando me digo que ya hemos ido bastante lejos le pregunto si no sería mejor dejar a un lado la bicicleta y sentarnos al borde del camino. Bueno, total, pues que la cosa fue como tenía que ir y todo va olrait y cuando terminamos vemos a alguien que viene por la carretera. Es un sujeto vestido de civil, bajo y grueso, que lleva en la mano un bastoncillo y tiene un puro en la boca. Chist, viene alguien, le digo a la chica, y tratamos de hacernos invisibles. Al principio pensé yo que el sujeto aquel pasaría de largo, pero luego me doy cuenta de que se nos queda parado delante. Ah, dice la chica, ése es el teniente Wester. No, no es teniente, susurro yo, tratando de tranquilizarme a mí mismo. Pero entonces el sujeto que está en la carretera, y da la impresión de ser muy amable y estar lleno de interés por nosotros, va y nos dice: ¿No os vais a mojar de estar tanto tiempo echados en la hierba? Y yo la creo a ella, y hago un esfuerzo y le digo, audaz e indiferente: No, teniente, no es peligroso. El, entonces, se saca el puro de la boca y nos hace un amable movimiento de cabeza y nos sonríe, y pone bien la bicicleta de la chica, en la cuneta, para que no estorbe el tráfico, y luego, sin más, pues, eso, que sigue su camino agitando al aire su bastoncillo, tan contento como antes.
»Pues vaya tipo simpático, me digo yo, mientras le cepillo la espalda a la chica, pero no tuve tiempo apenas de decirle una palabra, porque se subió a la bicicleta como un rayo y siguió su camino como si la estuvieran persiguiendo. Y entonces me di cuenta de que lo había hecho por miedo. Nunca me sentí tan desconcertado y decepcionado por una cosa de estas en toda mi vida.
»Luego pasaron unos días, y se me olvidó toda la historia, y, con eso de que tenía la espalda algo pachucha, pues me las arreglé para conseguir un buen puesto. Es una barcaza del archipiélago requisada por la armada y que había que repintar. Pero un buen día me avisan que tengo que incorporarme al guardacostas del teniente Wester. Ah, vaya, pues muy bien. Por la tarde aparece el amable gentleman en la barcaza, pero esta vez va de uniforme, aunque también con su puro en la boca, y tiene la cara igual de abotagada, pero lo que pasa es que ya no está tan amable. Tienes que incorporarte mañana sábado a las tres, me dice, y ya sabes por qué. Y se va, sin más, y yo me digo que esto sí que es mala sombra. Y sobre todo en día de permiso.