La serpiente 9. #8
47%

9. #8

»Estuvimos un rato en el barracón charlando y calentándonos a la chimenea después del frío que habíamos pasado fuera, y entonces entró uno de los muchachos. Era el más joven de todos nosotros, tenía sólo diecinueve años y era noruego. Aunque era tan joven ya llevaba años yendo por ahí de chapuza en chapuza, como nosotros, de modo que parecía más viejo de lo que era. Esto quizás se debiera a que había perdido los dientes, como suele pasar después de un par de años de no tomar otra cosa que café y azúcar. Bueno, pues el chico ése había tenido una novieta en la ciudad a la que solía ir a ver a veces por las noches sin que se enteraran los jefes, pero esto se había acabado aquella misma semana y el muchacho iba por ahí con aire decaído, diciendo que la culpa de todo la tenían sus dientes. Pero nosotros nos decíamos que a ver, porque a una chica no tiene por qué parecerle mal un buen novio aunque no tenga dientes. Bueno, pues a lo que iba, que el chico aquel entró en el barracón y le vemos decaído y pálido como un sudario. ¿Qué?, ¿es que no vas con los otros a la ciudad?, dice Pelle el de Uppsala, pero el otro no le contesta. El chico, sin más, desaparece por la montaña. Total, que, al cabo de un rato, se levanta Pelle el de Uppsala y sale a echar una ojeada por los cobertizos aprovechando que aún hay luz, y mira en la pared donde solían estar las llaves y de pronto se da cuenta de que falta la llave de él. Reina un silencio mortal en el monte y no se oyen ni siquiera las gaviotas que suelen llegar del mar para ver lo que pescan en los montones de basura. Y entonces vemos una nubecilla de humo que sube entre la nieve allá por el borde de la montaña, donde empieza la pendiente hacia el fiordo, y parece como una sombra azul en el fondo. Pelle el de Uppsala tiene más experiencia que yo y se da cuenta en seguida de lo que es el humo ése y sale corriendo entre la nieve. Pero apenas ha llegado se oye la explosión, suena como si alguien hubiese tirado un florero desde un quinto piso, y le veo que cae de bruces sobre la nieve y se queda allí, quejándose. Yo voy a todo correr y le levanto y veo que le sale sangre entre las manos que tiene apretadas contra el ojo. Me digo que lo que pasa es que está sudando sangre y me lo echo a la espalda y vuelvo corriendo a donde está la vagoneta, que la teníamos en vía muerta. Del otro, del muchacho, nada, no había nada que hacer. Tiro de la vagoneta todo el camino hasta la ciudad y allí le llevamos en barco y en coche hasta el hospital más cercano. Y cuando sale lo único que queremos él y yo es sacudirnos el polvo de aquel lugar y no volver más a él. Yo tengo una chica en Suecia, y me voy a casar con ella y mi suegro me puede encontrar un trabajo fijo y puedo olvidarme de los ferrocarriles que era lo que había estado haciendo aquellos años con Pelle el de Uppsala. Y esto tenía que pasar precisamente en los últimos días que me tocan de estar allí. La verdad es que parece extraño, después de haber pasado juntos todos los días, o casi, durante cinco años. Pues, en fin, que estamos tendiendo una vía en trinchera y hay una roca suelta que tenemos que dinamitar. Es el último turno del sábado antes de la semana de pascuas, y para pascuas terminamos. Vamos a poner una última carga, aunque ya es bastante tarde, y sábado, y podría esperar muy bien hasta el lunes por la mañana. Pero todo está listo para la explosión y Pelle el de Uppsala tiene ya el estopín y no le falta más que encenderlo. Total, que le prende fuego a la mecha y todos nos acurrucamos en el bosque, bien protegidos, y vemos el humo azul subir por el aire, y en cuanto ha encendido sale despacio, como de costumbre, pero entonces nos damos cuenta de que vuelve atrás corriendo, y pensamos que la explosión puede saltar en cualquier segundo, pero no podemos hacer absolutamente nada por salvarle. Y así es, que salta la explosión y le vemos que los pedruscos le caen encima y le machacan y le echan por tierra, y enseguida le cubre un montón de piedras el cuerpo. Vamos corriendo en cuanto podemos, pero ya no hay nada que hacer. Como lo que habíamos volado era una roca suelta, pues se formó allí una pirámide de grandes pedruscos que estaban muy separadas entre sí, y a uno se le ocurrió ver si podía moverlos del fondo con una palanca. Pero estaba claro que no había manera, y por eso pensamos todos al cabo de un largo rato que lo mejor iba a ser subirnos a la punta de la pirámide, y entonces alguno de nosotros gritó: ¡Mirad, si vive todavía! Como dije antes, las piedras estaban algo separadas unas de otras, de modo que había boquetes entre ellas, y uno de los compañeros, por pura chiripa, echó una ojeada al fondo de la pirámide, y allí estaba Pelle el de Uppsala, mirándonos. Y nada más recuerdo, excepto ese terrible ojo vivo, y todos estábamos emocionadísimos y no podíamos apartar la vista de él, y al fin, al cabo de un momento, muchos de nosotros nos avergonzamos y nos dijimos que nos estábamos portando como monos enjaulados, y entonces se oye gritar al ingeniero, que está pálido como un muerto: ¡Hale, dejad eso!, ¡cubrid el agujero con un pañuelo!, y, sin más, me da a mí su pañuelo, porque yo era el que tenía más a mano, pero justo en aquel momento se oye la voz de Pelle el de Uppsala desde el fondo de la pirámide y lo curioso es que sonaba casi justo como siempre: No os preocupéis, dadme un poco de agua, que tengo sed. Y entonces yo tiro el pañuelo del ingeniero y paso por la pasarela, y me abro camino a codazos, y corro como loco al barracón, que era donde estaba el cubo del agua, y cojo un cazo y vuelvo corriendo a la pirámide, pero es demasiado tarde. Cuando llego allí me dicen que el compañero acaba de morirse y que alguien ha puesto su pañuelo doblado sobre el agujero. Entonces yo voy y tiro el cazo, y fue una vergüenza que ni siquiera pudiera darle un poco de agua antes de morir, después de haber pasado cinco años trabajando juntos. Nos pasamos la tarde del sábado entera desmontando la pirámide, y cuando lo encontramos no podíamos comprender cómo era posible vivir ni siquiera un segundo con tantas heridas, y cuando terminamos, y la última hora tuvimos que trabajar con lámparas de acetileno, uno de los compañeros dijo: Un monumento como éste que se había construido Pelle el de Uppsala no lo tienen muchos señorones cuando mueren.»

Estuvimos un rato en silencio, en nuestros catres, cuando hubo terminado Joker y todos sentimos a partir de entonces un extraño respeto por él. La mayor parte de nosotros, o quizá todos, nunca habíamos tenido ninguna experiencia realmente notable, nada tan grande que mereciera ser contado allí. Tratábamos de recordar nuestras pequeñas aventuras, nuestros lugares de trabajo, y de acordarnos de alguna persona que hubiéramos conocido y que fuera tan grande como Pelle el de Uppsala, pero, por notables que fuesen, no dábamos con ninguno capaz de comparársele. Naturalmente, se puede pensar que era el ambiente y la sensación de liberación que teníamos por poder salir un momento de aquella tremenda angustia lo que agrandaba las proporciones de lo que acabábamos de oír, pero ni siquiera en circunstancias normales habríamos podido evitar el sentirnos impresionados.

Algunos de nosotros sentíamos también envidia por lo bien que sabía contar, y fue pura envidia, por ejemplo, lo que indujo después a Glader a afirmar que se había quedado dormido a la mitad de la historia de Pelle el de Uppsala, porque con frecuencia suele ocurrir que los que son más ingeniosos y más dados a darle a la lengua en todo momento encuentran mucha dificultad en contar una historia con meollo y seriedad.

Y la envidia fue también, sin duda, lo que animó a Sorenson, el ex marino del perfil puntiagudo. Bueno, la verdad es que todo en él era puntiagudo, desde la frente, que parecía que pinchaba, hasta la nariz cortante y la barbilla que casi le salía como una barbucha de chivo. Era un tipo pequeño, delgado, y los hombros y las rodillas y los codos los tenía puntiagudos como jabalinas. Pero lo más puntiagudo en todo Sorenson era la voz, estridente y chillona como la de una vieja, pero lo cierto era que había en ella algo que cohibía a la gente y les hacía no tomarla a broma.

Había en toda su persona algo que inducía a tenerle respeto, a pesar de lo poca cosa que parecía. Es posible que respeto no sea la palabra adecuada, pero el hecho es que la gente parecía como que se echaba atrás cuando Sorenson se les acercaba y les decía o les pedía algo. Quizá fuera solamente el hecho de haber sido marinero lo que le daba un cierto halo, a pesar de que no podía decirse que él se jactara de su pasado. Indirectamente sí que se jactaba, claro, pero así no irritaba a nadie.

Por eso, cuando Sorenson tomó la palabra, muchos de nosotros pensamos que no era él la persona más adecuada para suceder a Joker, y no teníamos mucha fe en él como narrador. Mentiría si dijese que su voz tenía lo que se entiende por encanto. Podía ser una voz eficaz, sin duda, para asustar o para salirse con la suya, pero verse forzado a estar ahí echado oyéndole contar una larga historia con esa voz resultaba tan agradable como sentarse en el cine con un alfiletero debajo del culo. Eso es verdaderamente lo que pensamos, pero tratamos de engañarnos a nosotros mismos, diciéndonos que, después de todo, su voz no era tan mala, y a pesar de que contaba bastante mal, con larga pausas y muy cortado, la verdad es que lo pasamos bien con su historia, y nos asustó mucho, y tuvimos que reconocer luego que quedamos muy impresionados, pero de una manera, la verdad, algo estúpida.