9. #7
Fue también entonces, estando todos detrás de la cama de Glader, cuando entró en el barracón el teniente y les descubrió. Fue como si hubiera olido en el aire los efluvios de Glader, contaban luego los muchachos, porque había pasado delante de todas las puertas del pasillo de la compañía y entrado directamente en el cuarto donde estaba.
- Hum -dijo como lo que era: un viejo zorro-, me
pregunto qué estarán ustedes dos haciendo aquí dentro.
Pero los dos eran veteranos en el arte de jugar a escondidas a las cartas, y ya las tenían escondidas en las mangas de la guerrera.
- Pues nada -dijo Glader, mostrando triunfante el
zapato-, que estaba enseñándole al chico éste cómo hay que hacer para dejar bien limpios los zapatos de reglamento. Me parece que es bien necesario -añadió, dejando en el aire una acusación implícita contra todos cuantos quisieran sabotear tan noble misión.
En cuanto se fue, habló Joker, a quien todavía no habíamos puesto este apodo, y esto fue lo primero que le oímos decir:
-Menos mal que no había calderilla en el zapato.
Pero vino después, cinco minutos después, cuando Glader salió a buen paso hacia el almacén, que estaba en el extremo del pasillo, con sus piernas cortas y torcidas, cuyos pies llevaban bien apretaditas contra la suela las sesenta coronas y una baraja entera. Pero no había andado mucho cuando oyó a sus espaldas una voz de trueno que le gritaba:
-¡No tenías joker en tu baraja!
Glader se metió a toda prisa en el almacén oscuro como una rata en su agujero, y el oficial Boll, que iba husmeando las cerraduras de los armarios del pasillo y no tenía las reacciones demasiado rápidas, no llegó a darse cuenta de lo que se trataba hasta un cuarto de hora después, y para entonces Glader ya había encontrado una explicación, pero tan complicada y astuta que tuvo que aprendérsela bien de memoria, para poder ir contándola luego. Esto, al menos, era lo que él mismo decía.
Y así fue como dieron a Joker este apodo, aunque la verdad es que le habría ido mejor Boquicerrado, porque precisamente uno que había tenido ese apodo, un muchacho desdentado y pálido, matarife de oficio, por increíble que pareciera, acababa de abandonarnos. Y lo cierto es que nadie había oído a Joker decir lo que se dice una sola palabra desde el día mismo de su llegada, cuando Glader le desplumó de sus sesenta coronas en doce minutos, y por eso nos quedamos todos casi perplejos cuanto le oímos de pronto ponerse a hablar como los demás. Y a todos nos pareció la suya una historia bastante buena, porque la verdad era que aquella noche sintonizábamos todos, a pesar de que, de ordinario, cada uno tenía sus propios intereses, pero su historia encajó exactamente en el estado de ánimo en que nos encontrábamos. Y además había algo en su voz que nos cautivó. Sonaba como si hubiera estado largo tiempo conservada en hielo y acabase, aquella misma noche, de liberarse y servir para lo que sirven las voces. Al principio, claro, hablaba como tanteando, como inseguro, tanto que teníamos miedo de que acabara acobardándose y dejándonos con la miel en la boca, a solas con el olor a miedo. Pero, nada de eso, el tío acabó, como ya tengo dicho, sintonizando con todos nosotros.
-Yo he trabajado un poco por todas partes en esta tierra -dijo-. La parte más al sur donde he estado es un lugar deprimente llamado Kristianstad. Allí teníamos que abrir un pozo para un campesino rico, pero no sé qué es lo que pasó, el caso es que uno de nuestros compañeros se cayó en el pozo y al día siguiente llegó el viejo gritando que él no quería tener cadáveres en su pozo, porque envenenan el agua. Nosotros entonces le dijimos que se fuera al diablo, y le cogimos su mejor carro, con caballo y todo, y nos fuimos todos a la ciudad con el viejo, gritando y pidiendo socorro, atado a la guía del carro, y nos paramos en la plaza y atamos el caballo a la fuente y de allí fuimos a la taberna, donde saciamos nuestra sed antes de coger el tren. Pero no creáis que habíamos olvidado a nuestro compañero sólo porque queríamos ir a tomarnos una copa y reír y armar un poco de bulla. Lo que pasa es que en un trabajo como ése, y cuando se pone la dinamita nadie sabe a ciencia cierta si se apagará la mecha, por ejemplo, ni tampoco si le va a taladrar uno a un compañero cuando se pone a barrenar de nuevo un barrenado antiguo, como dicen los periódicos que ocurrió el otro día sin ir más allá; pues eso, que en ese tipo de trabajo se llora a los muertos de una manera distinta.
»Quiero decir que nadie se pone a gritar ni se asusta, pero cuando se sienta uno después del trabajo a comer cosas grasientas sobre un montón de traviesas de cemento en un terraplén, pues puede ocurrir muy bien que alguno de los compañeros vaya y diga: ¿Qué diablos habría dicho hoy Olle cuando el ingeniero estaba de puntillas en la vagoneta gritando como una bestia porque nadie iba a iluminarle el camino para que no tropezase y se echase a perder su mejor traje entre toda aquella porquería? Y a lo mejor va alguien y se acuerda de que fue Olle el que subió al jefe de ingenieros por la escalera para sacarle del hoyo de la turbina cuando se construyó la central eléctrica en 1915, y le sacudió el polvo, y le dejó allí, a medio metro del hoyo, y luego volvió a bajar de nuevo, tranquilo como un requesón, sin gritar ni ponerse nervioso. Y entonces todos se echan a reír, y se acuerdan del muerto, y piensan en lo que pasó cuando la vagoneta de cemento se le cayó encima en el pozo junto a Kristianstad.
»Bueno, en fin, cuando volvimos a salir a la plaza los gritos del viejo ya habían atraído a media ciudad, y todos estaban allí, delante del carro, junto al viejo, el jefe de la policía de la ciudad con los dedos metidos en el cinto y las piernas abiertas como un trípode. ¡Ahí vienen los asesinos!, gritó el viejo, señalándonos, y el policía tuerce el gesto, y nos mira ceñudo, y se toca la porra, y la gente nos mira y todos esperan a ver qué va a pasar, y entonces va Pelle el de Uppsala, que es el más alto y más fuerte de todos nosotros, y cruza la plaza con toda calma y se pone delante del jefe de la policía, y todo el mundo se queda en silencio, como si Kristianstad entera se hubiese vuelto muda de pronto. Con la mayor tranquilidad del mundo, Pelle el de Uppsala le da un golpe con la mano en la tripa al gordo jefe de la policía, le tira patas arriba y se le pone bajo el brazo y le lleva a la bomba de agua de la plaza de Kristianstad. El jefe de la policía jura y patea como un energúmeno con sus piernas rollizas, pero de nada le sirve, porque Pelle el de Uppsala le quita el gorro al jefe de la policía, se lo cuelga de la manivela de la bomba y luego le pone a él el cráneo justo debajo de la espita y se pone a darle a la bomba; no le da muchas vueltas, y cuando termina le vuelve a poner la gorra y le lleva a donde están el caballo y el carro. El agua le empapa el rostro al pobre y el pelo le cuelga como una escoba. Pero Pelle el de Uppsala como si nada, tan tranquilo, pues coge al gordinflas y le monta a horcajadas en el caballo y le ata las piernas con las riendas de manera que no se pueda caer. Al tiempo que hace esto coge al viejo, que está aterrado, y le sienta detrás, y luego le da al caballo y el carro arranca por la plaza de Kristianstad. Y entonces comienza la gente a desternillarse de la risa y a dar gritos y nadie mueve un dedo por sacar al pobre jefe de la policía del aprieto en que está.
»Lo que hacen todos es rodearnos y vitorearnos y para que no nos pase nada varios hombres nos acompañan hasta la estación.
»Yo era entonces un muchacho y no sabéis la admiración que le cogí a Pelle el de Uppsala, tanta que prácticamente no me separé de él más de diez minutos durante los cinco años siguientes. Íbamos juntos de chapuza en chapuza y siempre que pasaba algo que no tenía que pasar iba Pelle el de Uppsala y lo ponía todo en orden en un periquete, como si nada.
»Una vez estábamos en Noruega y fue allí donde Pelle el de Uppsala perdió un ojo. Trabajábamos en un ferrocarril y la vía tenía que cruzar un monte. Iba mal la cosa. Hacía un frío tremendo y temblábamos todos y hasta los barrenados se congelaban en cuanto terminábamos de barrenarlos, y el barracón donde vivíamos estaba tan mal hecho que entraba la nieve por las grietas, y podía pasar que estando quietos allí dentro se nos pusiese la barba blanca de nieve. Claro está que todos estábamos deseando irnos de allí lo antes posible, y por esto los jefes no querían que fuésemos a la ciudad, porque había muchos que desaparecían por el camino: pero un sábado iba a haber no sé qué fiesta y todos los que trabajábamos allí decidimos ir a ver. Pero alguien tenía que quedarse en el monte para cuidar de las herramientas, para que no desapareciera la dinamita, por ejemplo, y Pelle el de Uppsala se ofreció voluntario. Durante el año que pasamos en Noruega se había vuelto muy silencioso, y la verdad es que yo estaba preocupado porque no sabía lo que le pasaba. Y como me pareció que la cosa, sin él, sería bastante triste, pues me dije que iba a ser mejor quedarme haciéndole compañía allí.