La serpiente 9. #6
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rada de que el ferrocarril se bifurca muy cerca de aquí. Esto es lo que quería decir, chica, nada más.

Y le da un golpe en la cara, y ella, dolorida, se cae de la piedra y se derrumba, de bruces, contra la hierba y contra el rocío. Cuando se atreve a levantar el rostro ardiente, le ve correr entre las vías a velocidad de loco, con la mochila saltándole contra la espalda. Y todo el tiempo va riendo como una ametralladora, como una fuente, y cuando el bosque aprieta sus puños en torno a la vía del tren, su risa se encoge hasta convertirse en fino hilo de gritos y chillidos que se quedan colgando sobre ella toda la mañana en el claro aire azul como huellas de latigazos. Y el sol sube más y más alto cielo arriba, y seca toda la hierba, excepto el trozo donde descansa su cuerpo. Y ella no llora, ni tampoco piensa, ni sueña siquiera. No hace más que estarse allí echada, quieta, sobre la hierba, bajo el aliso, y primero la asperge un sol débil, y luego la baña otro sol más fuerte, y finalmente llega el sol maduro, que va quemando, sin que ella, impotente, pueda impedirlo, sus piernas extendidas, su cuerpo rígido bajo la ropa tenue, su nuca temblorosa, como a través de un vaso a prueba de llama con asa de madreperla.

Sí, imaginaos cómo son los días después de las cortas noches de verano.

No conseguimos dormir

Nada, que no nos dormimos. Somos ocho hombres, echados en nuestros catres, en un cuarto demasiado grande, donde hay sitio para veinte hombres, y los demás están haciendo maniobras. Pero no es la gran habitación lo que nos impide dormir. Ni tampoco la lámpara de noche que vigila entre los cuarteles, duchándonos con su luz. Ni, menos, el eco de la retreta que redobla entre los muros de los cuarteles en cuanto dan las diez. No es el ruido de grandes coches que pasan a veces de noche bajo nuestras ventanas lo que nos tiene despiertos con su zumbido. Ni siquiera el pensamiento de que por la mañana quizá nos llame el comandante y nos pregunte por qué está tan sucio el pasillo.

Nada de todo esto nos impide dormir. Es, simplemente, que cuando el cabo apaga la luz del techo después de terminada la jornada y nosotros nos refugiamos bajo nuestras gruesas, polvorientas mantas, percibimos de pronto todos y cada uno de nosotros el tenue y pegajoso olor a terror que se levanta de las rendijas del suelo. Tratamos de defendernos de él. A lo mejor hasta nos tapamos la cabeza con la manta y nos taponamos las orejas con las manos, que están frías como el hielo después de la visita a los lavabos. Pero al cabo de un rato no tenemos más remedio que rendirnos, porque no puede uno pasarse la noche entera con una gruesa manta militar sobre la cabeza. Se asfixia uno.

En fin, que nos estiramos suspirando y respirando el crudo aire cuartelero que nunca parece cambiar, sino que parece siempre el mismo, quinta tras quinta: un poco de sudor, un mucho de grasa de limpiar zapatos, un poco más de grasa de limpiar armas, un poquitín de establo, residuo de la época de la caballería, y lo demás polvo. Es como si alguien estuviera barriendo y echando polvo por las ventanas en los pasillos y las oficinas. Aquí estamos, echados y respirando aire de mil novecientos nueve, como lo llamaba un bromista en los tiempos en que todavía podíamos dormir.

No hace tanto tiempo que es de noche como creemos, y nos arrebujamos bajo las mantas mirándonos el reloj de pulsera. Y tampoco nos hace falta mirarlo, porque podemos oír las campanas del reloj de la iglesia de San Osear. Pero, a veces, se nos hace tan largo el tiempo entre las campanadas que pensamos que hemos estado dormidos bastante tiempo, pero en cuanto nos miramos el reloj de pulsera nos damos cuenta de que sólo han pasado diez minutos desde la vez anterior.

Tenía gracia al principio, cuando nos echábamos y cada uno de nosotros pensaba que era él el que no podía dormir, y en las primeras mañanas ninguno les decía a los otros que no había podido dormir lo que se dice nada en toda la noche, excepto en los cortos minutos en que el sol relucía enrojecido contra los cristales más altos de las ventanas del cuartel de enfrente, hasta que oíamos tocar diana. Todos trata-ban de hacer como si se sintiesen tan descansados y bien dormidos como el que más a la hora de formar y de mostrarse tan descarados con el oficial del día como les aconsejaba la prudencia.

Pero al llegar el descanso del mediodía del primer día todos nos sentimos un poco sorprendidos y molestos cuando, de la manera más inesperada, nos dejamos caer en los sofás, y cada uno, cada cual a su manera y sin contar con los otros, trató de descabezar un sueñecito. Pero cuando volvió a pasar lo mismo al día siguiente, la sorpresa y la irritación se hicieron un poco mayores sobre todo porque aquel día escaseaba el sitio en los sofás.

-Es increíble la de sueño que se tiene de día

-nos dijimos unos a otros, bostezando.

-No resulta tan extraño cuando no se pueden cerrar los ojos en toda la noche -fue la respuesta.

Y así es como reventó la burbuja. Nos sentimos liberados de un penoso secreto y comenzamos a bostezar tranquilamente entre nosotros. Era la misma sensación de alivio que se siente cuando a la compañía entera le ha dado diarrea por culpa del rancho y nos tenemos que pasar la noche corriendo al retrete.

Y cuando tocaron a retreta al día siguiente ya no nos sentíamos tan mal. Cuando apagaron la luz y cerraron las puertas nos pusimos todos a charlar, aunque sabíamos que estaba severamente prohibido. Pero nada le hace a uno tan desesperado como la falta de comida, de modo que no tardaron en oírse carcajadas provocadas por las atrevidas ocurrencias del chistoso del grupo. Es un error pensar que si nos reíamos tan alto era solamente por lo graciosas que nos parecían esas ocurrencias, lo que pasaba era que la risa, al ayudarnos a contener la angustia que sentíamos, hacía el papel de amplificador.

No era, por tanto, de extrañar que el oficial del día, al cabo de un rato, abriese la puerta, encendiese la luz y nos gritase:

-¡Que se ponga firme el que está hablando! Pero, naturalmente, todos nos callamos, sintiéndonos solidarios, y nos tumbamos de lado, tratando de dormirnos, y él no consiguió sacarnos ni una palabra siquiera, a pesar de que fue de cama en cama, cogiéndonos por el hombro y sacudiéndonos. Finalmente se cansó, murmuró algo, apagó la luz y se fue. Pero nosotros seguimos callados como muertos hasta que llegamos a la conclusión de que ya no estaba escuchando al otro lado de la puerta.

Y entonces empezamos otra vez, pero con más prudencia, porque no queríamos que nos interrumpieran; pensábamos que sería una estupidez estarnos allí, en silencio y quietos, sin hacer otra cosa que respirar ese leve y pegajoso olor a espanto una noche más. Y para que no se nos oyese tanto nos pusimos de acuerdo en que cada uno, por turnos, contaría una historia y nadie se reiría por graciosa que fuese. Esa noche nos contamos así tres historias solamente, y no porque fueran muy largas, o porque las contáramos muy detalladamente, sino porque fuimos durmiéndonos poco a poco uno tras otro, y eso se debió simplemente a que las tres historias, y la verdad es que algunos no las llegaron a oír todas, sino solamente dos, o incluso una sola, consiguieron hacernos olvidar por completo el olor a miedo. Y no es que fueran muy notables, sino, posiblemente, que había que contarlas en voz tan baja que teníamos que aguzar el oído para no perdernos la gracia, que sabíamos que llegaría al final de cada historia.

El primero que tomó la palabra no fue el humorista de la compañía, aunque su lengua estaba constantemente en movimiento, incluso cuando no decía nada. Nos reíamos de él y decíamos que tenía que tener la boca untada con grasa de limpiar cuero de primerísima calidad para poder resistir tanto. Y la verdad es que todo él olía a grasa de limpiar cuero.

Esto se debía a que trabajaba en el almacén, cuyos olores dominantes eran la grasa de limpiar cuero y el armol. Quizás era esto lo que le hacía también insensible al penetrante olor a espanto, al menos no tan sensible como los demás, porque al día siguiente, a la hora de formar, nos dijo que no había podido oír el final de la historia de Joker, a pesar de que todos la habíamos oído, incluso el que tenía el sueño más ligero.

Bueno, pues el primero que habló fue Joker, y esto nos sorprendió un poco, porque siempre habíamos pensado de él que sería el último en abrir la boca. Y es que muy pocos de nosotros habíamos oído decir una palabra a Joker desde su llegada a la compañía, haría cosa de un mes. Por esta razón sabíamos muy poco de él. Lo único que sabíamos era que pertenecía a la leva diecinueve, que era el más alto de nuestro cuarto, y que estaba inscrito en el registro como trabajador no cualificado, nacido en Órebro. Sí, bueno, luego nos enteramos también, y llegó a saberlo la compañía entera, de que él era el que había perdido sesenta coronas jugando al póker antes incluso que le dieran el uniforme en el almacén.

Era Glader [Nombre sueco de uno de los enanitos de Blancanieves (N. del T.)] el humorista del almacén, el que solía juntarse con los recién llegados que parecían algo echados para adelante, y jugar con ellos a las cartas detrás de una cama y apostarse con ellos la camisa, y con frecuencia les dejaba en cueros. Y esto es lo que le pasó al pobre Joker; bueno, la verdad es que no se llamaba así. En fin, que en sólo diez minutos, porque Glader no se atrevía a estar más tiempo fuera del campo visual del sargento del almacén, ya tenía bien guardados en el zapato cinco billetes de diez coronas muy dobladitos, uno muy gastado de cinco, cuatro monedas de una corona y una corona más en moneditas de plata y cobre.