La serpiente 9. #5
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Esto no lo dice, sin duda, para consolarla, o siquiera para ser amable. Él piensa que lo dice para que se olvide lo del pozo. Él piensa que si lo que le ha ocurrido a ella se le transforma en su propia mente en un sueño, también todo lo que le ha ocurrido a él tendrá que transformársele en sueño, siguiendo la ley de la compensación. Y, con este objeto, se asegura de dos salidas de reserva. Y la segunda es: es evidente que tienen que haberla oído y sacado del pozo, y nadie se muere por haber estado encerrado en el fondo de un pozo durante un corto rato.

Por este motivo le dice a ella que es un sueño, pero ella no le cree, está echada de bruces y tiene la mirada fija en el bosquecillo de brezos. Y cuanto más ansiosamente protesta que todo lo que dice tiene necesariamente que ser verdad, tanto más solapados se vuelven los argumentos de él en su contra. Él le dice que a una persona que está borracha y dormida en una huerta le puede suceder cualquier cosa, y, finalmente, le cuenta la larga historia de Olle, que despertó una mañana convencido de que había matado a golpes a alguien de su pandilla. Hay sangre en el cuello de una botella. Con la cabeza doliéndole a todo dolor, Olle va por la habitación buscando al muerto. Revuelve la ropa del armario hasta dejarla patas arriba y levanta la cama y mira detrás de la estufa. Finalmente se da cuenta de que tiene que haberle enterrado en el sótano para esconder así su crimen, y, con las rodillas temblorosas, baja vacilante las escaleras. Le parece ver un manchón de sangre reseca en una de las bolas del balaústre, y la resaca de la noche anterior se le revuelve en el intestino. Al fondo casi de la escalera se encuentra con la mujer del portero, y le parece que le mira con timidez y recelo y que sube las escaleras con la mayor rapidez que puede a fin de evitar su cercanía. En vista de esto se escabulle él escaleras abajo hasta llegar al sótano, pero va cada vez más despacio a medida que se va haciendo cargo del espantoso espectáculo que le espera allá abajo. En cuanto llega ve a alguien caído de bruces cuan largo es en el pasillo del sótano, y él quiere maldecirse por su torpeza al dejarle allí en medio donde cualquiera le puede ver. Levanta a su compañero y le sujeta con ambos brazos para llevarle a la oficina del sótano. Y entonces el compañero comienza a moverse y a jurar y a poner a Olle como chupa de dómine por haberle despertado en plena noche. Y agita los puños para golpearle, y entonces es cuando Olle se da cuenta de que su compañero tiene una ancha pero superficial herida en la palma de la mano y esto le recuerda de pronto que se había cortado con una lata de conservas durante la cena. Y el compañero le cuenta que su patrona le había echado de la pensión aquel mismo día, pero él no se había vuelto a acordar de esto hasta que se vio abajo, en el vestíbulo, dispuesto a volver a su pensión y entonces estaba ya demasiado borracho para emprender de nuevo la subida, y los demás le habían ayudado a bajar a dormir en el sótano.

Mientras le cuenta todo esto, comienza ella a tiritar y le castañetean los dientes, y se encoge más aun, con la cabeza bajo la chaqueta desabrochada. La luna se aleja del cielo y no deja de sí otra cosa que un pequeño agujero que en seguida se cubre de nubes claras. Es como estar echados en un gris, transparente tarro de botica. Ella sabe que es verdad, pero, a pesar de todo, comienza el laborioso juego de las cajas, para encerrar a su animalito. A lo mejor hay alguna manera, piensa, entre el brezo pinchoso, y ve aclararse el cielo a través del ojal.

-Cariño -dice ella, y sale del rebuño en que se ha refugiado y hace una mueca con los labios pidiéndole su cigarrillo-, ¿por qué no vamos a ver?

- ¿A dónde? -dice él, distraído, y la tumba de espaldas

junto a él.

La brasa del cigarrillo arroja una sombra reluciente contra las comisuras de los ojos de ella, y sus ojos relucen también un poco contra el relucir del fuego.

- ¿Por qué no hacemos como el otro? - ¿Qué otro? -dice él, montándose a caballo sobre ella.

- El sujeto aquel de quien hablabas -dice ella, tratando

de incorporarse, pero él la retiene por tierra entre la maleza, sujetándola bien con sus duras manos.

Luego él se echa a su lado pero ella se desaferra con movimientos serpentinos y se pone en pie. En la cerradura reluce un candado de acero sin enmohecer y dentro de la jaula forcejea el animalito, impotente para salir de su encierro. Ella se siente invadida por una alegría completamente loca ante la decisión tomada. Es lo más sencillo del mundo, se dice, lo único que hay que hacer es ir allá y ver lo que hay. No puede ser más fácil, fácil como decir amén.

- Anda, ven conmigo -le dice, atusándose el pelo en

torno a las orejas.

Él ha encendido una rama de brezo que arde inmóvil y digna como una antorcha en medio de la noche. Enciende con ella un cigarrillo y la apaga soplando fuerte. Luego se pone a su lado en el frío amanecer que despeja todo hálito de calor sobre las matas.

De modo que han andado la noche entera, y él no le ha preguntado todavía cómo sabe exactamente lo que pasó y dónde pasó, y ella, por su parte, tampoco se lo ha preguntado a sí misma. Pero él piensa en la salida de reserva que tiene lista: Si no es verdad para ella, entonces, ¿cómo va a ser verdad para mí?

Poco después de la salida del sol van los dos por un estrecho bosque frondoso que termina súbitamente, acotado por un ancho foso que, con buen apetito, devora campos de avena y pendientes herbosas. Se diría que soplase un leve viento entre la avena, rizándola, pero al cabo de un rato los dos se dan cuenta de que es el sol, que todavía no tiene mucha fuerza.

Después de saltar sobre el foso, indecisos en cuanto al camino a tomar, se quedan los dos al otro lado y ella ve un chalet rojo que reluce como una fresa en la pradera. El sol respira con ligeras bocanadas contra los ojos del mirador de cristal, que parece como si estuviera erguido, pestañeando contra la mañana. La chimenea cuelga como borracha sobre la casa. Una grieta negra la recorre entera como una lombriz de tierra. Se oye ruido en la puerta de uno de los cobertizos, y una persona que no se ha despertado todavía del todo sale al rocío luminoso y se dirige hacia la casa.

Lentamente va abriéndose camino la memoria. Ella se muerde el labio inferior y grita algo con precisión cristalina. Luego echan a correr los dos, uno junto al otro, por el campo de avenas cuyos pesados látigos, húmedos de rocío, les azotan los muslos. Sin aliento llegan a la vía del tren, cuyos raíles paralelos yacen, retorciéndose, en pleno despertar. - Ahora lo sé -dice ella.

Su pecho se agita con violencia y él la aprieta ligeramente contra sí. Ella le mira al rostro y está seria y pálida y tensa como un arco de violín. Emprenden la subida por el guijo grasiento. El bosque termina en torno a la vía del tren como un boquete.

- Justo aquí -dice ella, y ahora va despacio. Se apartan

de la vía y van juntos, despacio y reverentes, como si estuvieran en un entierro. Se paran y respiran delante de cada matorral, pero nada acecha sus espaldas, excepto la luz de la mañana. Finalmente se hincha el bosque brutalmente a un lado y caletas de campo penetran como cuñas hasta las vías. Ellos se detienen junto al borde del bosque y ven las vías como una regla cortar el cerrillo de guijo. Un camino gris y muy apisonado juguetea campo adelante y cesa junto a un pequeño refugio sostenido por postes junto a la vía. El sol escupe contra las ventanas y las seca con su plumero.

-Fue un sueño -dice ella, desconcertada, como hablando al aire.

Luego lo chilla, y cae sobre él.

Pues entonces tampoco puede ser verdad para mí, piensa él, poniéndose contento. Pero de pronto se le tensa un músculo en el pecho y se da cuenta de que no es así. Nota que ha estado andando la noche entera y se le han empapado las perneras de los pantalones y se le ha puesto la cara en carne viva, y todo ello solamente por ver si encontraba cerrada la salida de reserva. Esto es injusto, esto es espantoso, piensa, invadido por el frío.

Ella se aprieta contra él, y todavía no nota nada. De pronto le nota la mochila a la espalda y por un instante oye un ruido crujiente en la cerradura y siente un temblor en el candado.

-Anda, quítatela -le susurra sobre su hombro, sintiendo una dulce fatiga invadirla como vino en las venas.

Pero él se libera de ella y se va, con pasos irritados, hacia el refugio. Y ella se sienta allí, confusa, sobre una piedra, y se baja los calcetines mojados.

Vuelve al cabo de un rato y ella se fija, sorprendida, en lo rápido que va. Tiene que haber pasado algo, piensa, y se siente un poco, muy poco, asustada. Cuando está más cerca ve que el acaloramiento arde con dos claras llamitas rojas en sus mejillas. Y cuando le tiene más cerca todavía ve que le arden también en los ojos, que ahora están extrañamente inmóviles y relucen con un relucir de ciego.

Él se para delante de ella y la mira allí sentada, en una piedra, por más que ella se de cuenta de que no la ve. Pero se sorprende de lo bien que se domina al hablar: - Está claro que tu has pasado mucho por aquí, ¿no es

eso?

- Sí.

- Y también está claro que conoces todas las estaciones

de por aquí.

- Sí.

- Entonces también conocerás, claro, una que se llama L

angtorp, ¿o no?

- No.

- La parada esa que hay allí abajo, es tan pequeña que

no la habrás visto.

- Eso.

- ¿Y qué dirías si supieses que esa parada se llama

Langtorp?

Ella, desesperada, da un grito en pleno silencio:

- ¿A dónde vas a parar? No entiendo lo que quieres

decir.

Él, calmoso, dice entonces, al tiempo que se sube las perneras de los pantalones. - Lo único que quiero decir es que no me parece buena

idea que te pongas a buscar a una vieja en el tren de Nynas cuando se ha bajado del de Sodertalje, porque son dos líneas distintas. Quiero decir que la próxima vez será mejor que estés más fuerte en geografía. Es una verdadera lástima que no estés ente-