9. #4
Y entonces vuelve a sentir Irene el anzuelo y éste es nuevo y muy puntiagudo y más cruel que nunca. Es una mano experta la que se lo retuerce en su interior. ¿Por qué no me desnudo y me pongo a reír y quiero pegarme y hago algo y así los otros no irán por ahí diciendo que lo que me pasa a mí es que no me atrevo a nada?
Y entonces siente que la cosa no tiene remedio, que tiene menos remedio de lo que ella misma pensaba, porque no tiene nada que esperar, porque todo en ella es pasado y porque lo que ella esperaba, lo que iba a ocurrirle, llegó ya y al tiempo no llegó.
Y por esto mismo el animalito que lleva dentro encuentra fácil roerla, hincar sus dientes en cosas frágiles. Una ola de desesperación roja como la sangre surge en su interior, y ella sabe que todo está perdido ahora que sus ojos muertos, sin hincarles cuchillo alguno, reflejan a la chica que está desnuda en medio del cuarto, y es tan superior a ella porque puede vivir como quiere sin que le cueste el menor esfuerzo.
Y entonces ocurre algo que la asusta, al menos por un instante. Mattsson, que sigue apoyado contra el marco de la puerta, chilla de pronto algo que resuena triunfalmente en toda la habitación, como suelen gritar los borrachos cuando creen notar algo que ha escapado a la atención de los que están serenos.
- ¿No sería Wera quien gritó? -chilla Mattsson,
curvando el cuerpo en arco hacia adelante.
Y, sin más, se echa de nuevo contra el marco de la puerta y se pone a sonreír tontamente contento con su observación.
- Sí, claro que era Wera -grita Erik, como un eco, y da
una fuerte patada en el suelo para acallar el ruido de la música.
Entonces Bill arroja de sí a la chica desnuda, que cae de espaldas, y corre hacia el gramófono y da un puñetazo al disco, con lo que el clarinetista muere en pleno final de un solo.
- Me cago en vuestras fantasías -grita, saliendo de
pronto de la botella azul-, voy a enseñaros algo para que os riáis de vuestras imaginaciones, hale, venid conmigo.
Pasa corriendo delante de Irene y la piel de su rostro se tensa como un tambor contra los pómulos.
- Hale, a ver si os atrevéis a venir, ya veréis lo que es
bueno.
Todos se congregan ante la puerta abierta y le ven dar vueltas como un loco por el mirador. Coge las botellas de cerveza y todas las otras botellas y las pone en fila en torno a la mesa. Luego se mete debajo del banco y coge una mochila.
- ¡Hale, a ver si os atrevéis, atreveos a poneros todos
alrededor de la mesa!
Y los cinco, y la chica desnuda entre ellos, al oír esto se apretujan y abren la boca de asombro, e Irene se sitúa junto a la chica desnuda, y se da cuenta de que tiene moratones en el hombro. Y ella mira a Irene con ojos puntiagudos y dice, lo único que le ha dicho en lo que va de velada:
- Sí, mira, me los hizo mi papá cuando volví a casa el
sábado un poco más borracha de la cuenta, y desde entonces ni yo ni lng-Lis hemos vuelto a casa.
Irene siente un escalofrío.
- Sí, señoras y caballeros -dice Bill, casi como un
pregonero de parque de atracciones-, ahora háganme el favor de volverse de espaldas y cerrar los ojos hasta que yo diga.
Todos le obedecen, y se vuelven porque están cansados de ofrecer resistencia, o demasiado borrachos para poder concentrarse en un pensamiento concreto. Oyen que algo se arrastra por la mesa, oyen caerse un vaso, no, vanos.
- Señoras y caballeros -dice Bill, y su voz parece ahora congelada, y todos se vuelven, y los primeros que gritan son Inga e lng-Lis.
- ¡Socorro! -chillan con los ojos cómicamente abiertos
de par en par, y se diría que sus voces colgasen todas del mismo hilo.
- No sigo un momento más en esta condenada casa
-grita lng-Lis, estridente como una sierra, con los ojos clavados en la mesa, retrocediendo despacio sin que sus pies delicados hagan el menor ruido.
Y ya no grita más, ni tampoco escapa. Está como petrificada y con la boca abierta, como si quisiera tragarse todos los gritos que haya por ahí sueltos. Todos se están quietos, mirando a la mesa, y parecen más serenos ahora que tienen el rostro blanco. Irene está en el extremo de la mesa, no quiere gritar, no quiere correr, pero siente que algo está sucediendo en su interior, algo que es peor que el anzuelo.
La chica desnuda desaparece y nadie se mueve en la habitación, es decir: nadie, excepto la serpiente. Todos la ven despertar y cobrar vida. Se diría que se hubiese encendido una linterna en sus ojillos crueles. Poco a poco va estirando su cinta delgada por entre el bosquecillo de vasos de aguardiente y platos. Las escamas hacen un ruido como un susurro de mal agüero al rozar el borde de los vasos, y todos piensan que la plana cabeza de la serpiente se eleva y les espía por encima del bosque de botellas de cerveza.
Y ahora están los cinco en torno a la mesa, como cuando eran pequeños y se juntaban con sus compañeros de juegos alrededor de los calderos de lejía al borde de algún arroyuelo y veían el fuego arder debajo de los calderos, y luego, de pronto, salía una llama y señalaba a alguno de ellos, que, a partir de entonces, quedaba marcado y ya no podía jugar con los demás. Esto es lo que piensa Irene, y ahora todos se dan cuenta de que la serpiente se dirige hacia ella. Vuelca vasos con su larga cinta, e Irene comprende de pronto que está perdida.
Es el espanto lo que agita en ella su pequeño látigo de púas, y ahora se ve desnuda ante el espanto, y sabe que es verdad. Y sabe que ha sido verdad durante todo el tiempo, y que todo lo que ella ha hecho y todo lo que ha dicho sólo ha servido para ir manteniendo en jaque al espanto. Y el espanto es ese animalito al que nadie puede ya poner coto. Y de pronto prorrumpe en chillidos, sí, es el animalito el que chilla, porque ella, por su parte, no quiere nada, y los chillidos salen de ella como burbujas de ácido carbónico en una botella de bebida refrescante. Y los gritos Se vuelven palabras, y siente miedo de esas palabras, y corre:
-Es verdad -se oye a sí misma chillar-, es verdad, está muerta.
Sale a la escalera del mirador y se tira de cabeza a la botella azul. Tropieza y cae de bruces en la hierba, pero enseguida vuelve a ponerse en pie. Corre por el camino que pasa junto a los chalets, dormidos con ojos ciegos en plena noche. Las ramas de los pinos la golpean en el rostro como duras alas de ave, pero el sendero termina y la arroja a la carretera. Y allí se siente insegura sobre la dirección por la que debe seguir corriendo. Y oye pasos que llegan de dentro del bosque, pasos apresurados, y quiere huir de ellos, pero entonces se rompe la manta y sale la luna de entre sus nubes, y ella, en la botella verde, sabe que no conseguirá nunca escapar de allí.
Pensad en lo que ocurre cuando el día sucede a la corta noche de verano. Alguien va con una escoba empapada en espíritu de sal barriendo las estrellas de la bóveda tensa y reluciente como una capucha de acero. Alguien arroja pequeñas gotas de tinta roja en el espacio, y éstas se esparcen como si encontraran allí arriba una hoja de papel secante. Y la luz llega, y es como si la noche se arrancara toda una capa de telas de araña, gruesas, negras telas de araña que se dejan coger fácilmente, pero las grises y finas siguen colgando, tercas, sobre la tierra, y por eso el que pasa debajo de ellas cruzando el bosque de norte a sur piensa que todavía es de noche, hasta que ve relucir la maleza delante de sus ojos. Y esto ocurre de manera tan súbita y apresurada que él quizás creyera en un principio que era alguna mariposa que revoloteaba con alas amarillas en el claro, y quizá salga corriendo por entre la maleza húmeda para ver si la coge. Pero entonces se da cuenta de su error, y cuando se vuelve ve que el cielo, a sus espaldas, desde el extremo mismo del bosque y hasta a una milla de altura, es ahora tan intensamente candente, de un rojo oscurísimo, que casi podría temerse que toda la bóveda celeste fuera a derrumbarse del calor. Pero, a pesar de todo, hace frío, es la hora más fría del día, y el momento más claro del día, cuando la escoba acerina de la mañana barre las últimas telarañas de la noche.
Ellos se detienen un momento, antes de que empiece a congelar, en la pequeña cresta de ola que, llena de insolencia, surge del mar del bosque y mira hacia la salida del sol. Cada uno enciende su cigarrillo y la cerilla se apaga silbando entre la hierba húmeda. Luego vuelven ambos la espalda al sol y van ola abajo y se pasean sin rumbo entre las hojarascas del bosque, cuyos árboles se alzan recién lavados y tiritando contra el viento de la mañana. Mantienen, tercos, la misma dirección que han seguido durante toda la noche, y que saben que acabará llevándoles al ferrocarril.
Lo que ha ocurrido es lo siguiente:
El la ha encontrado en la carretera y se ha juntado a ella y ha marchado a su lado a la luz verde de la luna sin decir una palabra. Va más rápido que ella, y ella tiene que esforzarse por ir a su paso, a pesar de que es él quien ha optado por acompañarla. Pasan junto a la cruz del camino y continúan derechos, y el silencio se equilibra entre ellos sobre un cordoncillo. Pero de pronto va él y dice, directa y brutalmente, y ella comprende perfectamente que ha tenido que andar todo este camino para poder decírselo:
- Bueno, ¿qué es lo que sabes tú?
Entonces ella comprende lo que piensa él, y rompe a llorar, y él la coge por el brazo y la conduce bosque adentro. Se echan en la maleza, donde el calor de la noche persiste aún residualmente. Ella se encoge como una mata de berzas en la maleza y él le hace cosquillas bajo el pelo de la nuca con una ramita de brezo. Ella siente el áspero brezo contra los labios y le cuenta, sin levantar la cabeza, lo que le ha sucedido. Pero no le habla de Wera, porque se le ha olvidado ahora que el espanto haya pasado tan cerca de ella. Él se echa de espaldas y se pone a fumar, y a mirar la luna, escuchando lo que ella le cuenta y luego, cuando ha terminado de hablar, le dice:
- ¡Todo esto podrías haberlo soñado, chica!