La serpiente 9. #3
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9. #3

Cuando llega tan alto que puede tocarle las manos, Irene alarga las suyas, las coge y se pone a tirar haciendo palanca contra el borde del pozo. La otra es más pesada que ella y a veces parece como si quisiera caer al fondo, pero Irene está llena de gozosa fuerza, porque es feliz y porque va tirando de Wera centímetro a centímetro, hasta sacarla del brocal. El rostro de Wera, que todavía expresa la angustia de la muerte en cada uno de sus pliegues, reluce, verde, con los ojos blancos. No puedo estar yo así de verde, piensa Irene. Poco a poco va saliendo del brocal del pozo el cuello verde, la blusa blanca negra de tierra y madera podrida, desgarrada por clavos, y las rodillas, desgarradas y ensangrentadas, y las piernas húmedas, goteantes, con medias de seda hechas trizas.

Se levanta, vacilante, e Irene se apresura a poner la tapadera en el pozo a fin de que no vuelva a caer en él, y Wera tirita, muda, en la botella verde. Irene corre a buscar sus zapatos y se los pone.

- Ahora tienes que irte de aquí -le dice en voz baja,

rápida, apremiante-, antes de que él te vea.

No se imagina lo que podría pasar, y, por eso, trata de tener en cuenta el interés de la otra en la medida de lo posible. Trata de dejar de pensar que Bill quizás se alegrara de ver que Wera estaba salvada, pero sin haberla tenido que salvar él.

Y entonces dice amenazadoramente al oído verde de la otra:

- Nunca se sabe lo que podría hacer si te viera aquí

ahora. Hale, ven, que te enseño la salida.

Va a toda prisa por la hierba, hacia el borde del bosque, y no tiene necesidad de volverse para comprobar que la otra la sigue. Sus zapatos empapados chapotean e Irene no puede menos de hacer una mueca. Pasan ante toda la hilera de chalets, y Wera la sigue, fiel como un perro. Aquí sí que no hace falta azúcar, piensa Irene, sin volverse una sola vez hasta llegar a la carretera.

- Ahora lo que tienes que hacer es bajar por ahí -le dice,

señalando a la carretera, que se alarga, soñolienta, pendiente abajo a la luz de la luna. Están así un momento, la una frente a la otra, en medio de la carretera, y la luz de la luna ilumina a Wera en pleno rostro, juguetea con el blanco de sus ojos, e Irene se da cuenta de que ella es un poco más alta. La mira al rostro sin la menor hostilidad, y ahora parece carente de toda expresión que no sea un vago reflejo de la sorpresa que se siente al verse, así, de pronto, arrojado a un pozo.

Pero no dice nada, y sus labios, grotescamente deformados, como hinchados, porque se le ha corrido el lápiz de labios, no se mueven absolutamente nada. Se oye un súbito chapoteo y Wera sale en dirección a la encrucijada, vacilante como una bailarina en la cuerda floja. Irene se mete en el bosque y encuentra el camino por el que había ido antes con el muchacho, y se pone a correr y se siente llena de una violenta, loca alegría.

La casa está en silencio, equilibrando su cuadrado de luz dorada. Irene entra por el mirador, que está a oscuras, pero le ve a él sentado en el banco del rincón, con la cabeza apoyada en la mano. No tienes por qué estarte ahí sentado, siente deseos de gritarle, ahora puedes ponerte tan contento como yo. Pero no se lo grita, a pesar de que también ella tiene ahora voz y voto. En lugar de gritar lo que hace es encender la luz y apartar la mesa para deslizarse hacia donde está él. Entonces se da cuenta de que está dormido y se siente un poco decepcionada, pero, así y todo, le pone el brazo en el cuello y le sopla en la cara.

Él entonces despierta, se sobresalta y abre los ojos. Mira, entrecerrándolos, a la luz, y cuando acaba viéndola se limita a murmurar: - ¿Pero dónde diablos has estado la noche entera? Salí a

buscarte por toda la huerta.

A ella le parece oír un leve, levísimo deje de recelo en su voz, y por esto mismo le señala hacia la carretera, lejos de donde está el pozo:

- No, es que me fui a dar un paseo por el prado.

- Ah, vaya, de modo que te has dedicado a coger

patatas -dice él, mirando las manos negras de Irene.

- No -dice ella-, es que estaba un poco borracha y me

caí.

Ya está él completamente despierto y se echa a reír y la levanta y la sienta sobre sus rodillas.

- Pero a lo mejor te apetece ahora otra copita, ¿eh? -le

dice, acariciándole las rodillas, y ella sonríe y alarga la mano para coger la única botella que no está vacía. Haz conmigo lo que quieras ahora, piensa ella, ofuscada, ahora lo que quiero es ser como las otras, gustarte como te gustan Ing-Lis e Inga y Wera.

Le arde la garganta cuando bebe, pero sonríe valiente entre sus lágrimas y le muerde a su vez cuando él la muerde a ella en la boca. El se echa pesadamente sobre ella en el banco del mirador, pero ella no se escabulle como habría hecho antes. Y entonces hay algo que se mueve por la habitación, y los dos se sobresaltan y se incorporan.

- Ven -dice él, haciéndole un guiño-, esta noche tu y yo

no hemos bailado todavía.

Y los dos van a la estancia cuya lámpara, desde el techo, lo inunda todo implacablemente de luz blanca.

Ing-Lis está echada en el sofá, junto a la ventana, dormida, como un cuadrúpedo, sobre los codos y las rodillas. Erik, asomado a la ventana, fuma.

- Diablos -dice al verlos entrar, y se lo dice a la noche,

como si allá fuera le oyese alguien-, diablos, me pareció oír a alguien gritar aquí cerca hace un rato, ¿lo oísteis también vosotros?

Y ella entonces mira a Bill y ve que su rostro está pálido y que la piel se le tensa como si estuviera a punto de rajarse. Querido mío, le gustaría a ella gritar, no te preocupes de lo que diga éste, no sabe nada. Erik vuelve hacia ellos su blanco rostro carnoso y les mira, entrecerrando los ojos, entre la niebla de humo de tabaco.

- Ah -grita Bill, encogiéndose de hombros con tal

violencia que a ella le dan ganas de gritar-, tonterías, tonterías todo, ¡te voy a decir una cosa!, tan borracho estás que no oirías nada si se le ocurriese gritar a alguien. Lo que tienes que hacer es despertar a la chica ésta y a ver si lo pasamos bien entre todos. No hemos venido aquí a dormirnos, qué diablos.

Y tira de Irene tan repentinamente que ésta casi se cae, y se la lleva al sofá, y le da al girasol un azote en el trasero que resuena como en todo el cuarto. Luego pone un disco, le da cuerda al gramófono y pone la aguja en el surco, y vuelve a donde está Irene al mismo tiempo que suena el primer acorde de un solo de saxofón como un galope por el cuarto entero. Los dos se ponen a dar vueltas, y ella aparta el pozo lejos, muy lejos de su mente, y todo lo demás también, y nota que todo el cuarto empieza a dar vueltas en torno a ella, primero despacio, como un disco de gramófono, y luego más y más rápidamente. Es como si sintiera de pronto un nudo en su interior, y una ola la arroja al olvido. Y cuando el boquete de la ventana pasa zumbando a su lado ve Irene que fuera hay una botella azul. Ahora sí, piensa con violencia, y se aprieta contra él, y le muerde la oreja roja que le roza los ojos, ahora sí que quiero.

De pronto cesa la música y ellos se quedan quietos, y ella se siente arrojada de pronto por la habitación, y la severa mano ordenadora lo va poniendo todo en su sitio: la ventana, la lámpara, el sofá, el armario. - Estás un poco desbocada -le dice él al oído, y ella

piensa: ¡ahora me lo dice, ahora, y echa una ojeada a la botella azul, ¿por qué no salimos afuera?, a ver, ¿por qué?

Se oye súbitamente alguien que chilla a espaldas de ellos como una rata que ha caído en la trampa, y es lng-Lis. Erik la ha levantado y la ha puesto en pie, pero ella no quería despertar todavía y él entonces le ha hincado el cigarrillo encendido en la juntura de la rodilla.

- ¿Por qué no tengo yo derecho a dormir, pobre de mí?

-dice ella, huraña, haciendo una mueca.

Todavía se siente lacia, pero más serena.

- No puede nunca dormir una -dice, pendenciera-, ¿por

qué no despiertas a mi hermana y a su amigo y me dejas a mí en paz?

Diciendo esto se quita el zapato y golpea con él fuerte en la puerta:

- Eh, vosotros, salid de ahí -grita, empujando la puerta.

¿Por qué no haré yo también cosas de esas?, piensa Irene, ¿por qué no me quito nunca los zapatos y golpeo la puerta con ellos?, ¿por qué no me vuelvo nunca loca para que los demás no vayan por ahí diciendo que siempre estoy de morros? Está sola bajo la luz fría que se derrama de la lámpara y vuelve a sentirse deprimida. Bill está junto a la ventana, dando cuerda al gramófono. Y de pronto se oye un estrépito al otro lado de la puerta del dormitorio:

- ¿Qué diablos queréis? -grita alguien, y ella entonces ve

que es Mattsson.

Tiene que apoyarse en el marco de la puerta y está en pantalones de soldado. Y detrás de él se ve de pronto una gran pelambre despeinada en torno a un rostro enrojecido que se asoma por la rendija de la puerta, y la voz de Inga penetra entre el ruido cortante como una sierra. Luego sale a la habitación y se pone en posición de defensa, como un boxeador.

Irene mira en torno a sí, ve los rostros de los demás, pero no consigue percibir en ellos la menor sorpresa o emoción, y entonces se siente perpleja y piensa que está indefensa: ¿Por qué no puedo ser yo como las demás?, ¿qué pasaría si saliera yo por ahí entre todos estos completamente desnuda y dispuesta a pegarme?

- A ver quién es el valiente que se atreve a despertarme

a mí en plena noche -silba la sierra, mientras el girasol señala con su brazo lacio a la ventana:

- Ahí le tienes -dice-, si lo que quieres es pegarte.

Y justo entonces suelta su trino el clarinetista, y Bill se acerca a la sierra, que se ha quedado en silencio en medio de la habitación, y le dice:

- Bueno, muy bien, conque quieres pegarte, ¿eh? Pero

la otra ya se ha arrepentido y no ofrece ninguna resistencia cuando Bill la coge por la cintura y los dos salen bailando por la habitación.