La serpiente 9. #2
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9. #2

Luego salió a la intemperie, y vio el perro y los globos, y se sintió contenta y borracha y volandera, pero ahora está echada sobre la hierba, cubierta de ceniza, y levanta sus ojos muertos hacia la casa, que ha recuperado la facultad de hablar y resuena de gritos y de alegres risas: ¿Qué será lo que me pasa a mi?, piensa, ¿por qué no quiere bailar nadie conmigo?, ¿por qué no me lleva nadie a la leñera? Y entonces le susurra la memoria lo del anuncio de la pasta de dientes Colgate que ha visto en algún periódico: la chica con quien no quiere bailar nadie porque le huele mucho el aliento.

Y de pronto se pone a hipar de risa, pero se da cuenta demasiado tarde de que su memoria quiere engañarla, inducirla a llorar, y, sacudida por los sollozos, se vuelve de bruces y patalea contra la hierba. Y siente que ya no tiene fuerzas para levantarse e irse a donde están los otros, y decirles:

-Bueno, pues aquí me tenéis, ¿es que no hay nadie que quiera bailar conmigo?

¿De qué serviría, y por qué está echada ahora, hundida más y más en la hierba, hasta tocar la tierra reseca?

Y en medio de su llanto vuelve a ella el pequeño martillo y se pone de nuevo a darle golpes y más golpes. Dos chicas, piensa su pensamiento, citando a Erik. ¿Y por qué la trajo entonces también a ella? Con lo bien que habría ido si todo hubiera pasado de otra forma, porque entonces yo no estaría de sobra. Arranca la hierba con sus dedos y araña la tierra como un gato la corteza de un árbol. Y los gemidos salen de ella como con una bomba, sin que le sea posible hacer absolutamente nada por impedirlo.

Entonces, de pronto, rechina la puerta del mirador y alguien sale a grandes zancadas a la escalera y está allí quieto, tratando de apartar la nieve a patadas. Luego baja la escalera y ella oye que son dos personas. Siente como si alguien le tapara la boca, y está completamente callada cuando se vuelve de nuevo de espaldas. Ahora la oscuridad es completa, cuelga una espesa capa delante de la luna, y ella piensa que está echada en la botella azul de la noche. Alguien canta, alguna de las chicas tiene que ser, en la habitación donde está el gramófono, y es un pequeño conejito blanco, malísimamente tratado, que sale a saltitos al silencio y da unos cuantos saltos mortales de lo más torpe hasta que alguien le tira una botella y él entonces jura alto y alegremente.

Pero los dos que han bajado las escaleras se están quietos en la botella azul de la noche sin decir una palabra, y se diría que hablasen entre sí a través de la brasa de sus cigarrillos, que dan saltitos en torno en plena oscuridad, y a veces se acercan el uno al otro, y otras veces dan como animadísimos y vivos saltos, alejándose el uno del otro. Y nadie tiene necesidad de explicarle a ella quiénes son, porque lo sabe tan bien como que donde ella yacía era en el interior de una botella verde. Y ahora la brasa de los cigarrillos vuela como pequeñas falenas por entre el negror, y caen en la hierba delante de ella, y un débil hálito nocturno le trae el ligero aroma del humo de tabaco hasta sus mismas narices.

Y los dos que están delante de la escalera comienzan a ir por entre la hierba. Se oye un murmurar de hierba contra sus piernas, y los dos llegan hasta donde está ella, y ella trata de hacerse tan plana como le sea posible, porque así no se darán cuenta de que está allí. Pero no hay miedo, porque tan ocupados están los dos el uno con el otro que no notan su presencia, aunque pasan a sólo unos pasos de sus pies. Las piernas de Wera parecen casi tener brillo propio en la oscuridad. Bill tiene un brazo en torno a sus hombros, y ella, que está echada por tierra, siente esto como un anzuelo gigantesco que se le hincase en el pecho.

Ahora no se oye otra cosa en el mundo entero que los pasos de esos dos, y ella trata de abrir la boca y gritar para penetrar en ellos, pero no le es posible. En su lugar oye lo que está diciendo Wera, y lo dice bajo y con ansia, pero se oye con tal claridad porque es el único ruido que hay en todo el mundo:

- Oye, ¿a dónde vamos?

Y entonces Bill dice, y lo dice también muy bajo, pero para los oídos de ella, que está echada por tierra, es tan alto y tan claro como si lo dijera por un megáfono:

- Nada, ya veremos.

Y entonces Wera ríe con una risa que parece un arrullo, y el anzuelo se le retuerce en la carne a la que está echada por tierra. Se incorpora y se apoya con el codo en la tierra, y ve que la puerta de la leñera está abierta e invitante. No, ellos no, quiere gritar, como si se diese cuenta ahora por primera vez de lo que está a punto de pasar, ¡no, ellos no! Pero si no lo grita es porque el mundo no está allí para escuchar su grito, y los dos tampoco se meten en la leñera, sino que se están quietos junto al pozo, que, más que otra cosa, es un boquete redondo con una tapadera encima. Sobre la tapadera hay up cubo que sirve para que lo metan en el pozo los que quieran sacar agua de él.

- ¿Y por qué no nos echamos en la hierba, eh? -dice

Wera, con voz ronca, baja y apremiante, y esto es lo único que se dice en todo el mundo en este momento.

Pero Bill no contesta a esto. Wera se sienta en la hierba, que es bastante alta en torno al pozo, y solamente sus piernas relucen en la noche. Y Bill levanta la tapadera del pozo y enciende una cerilla para ver el brocal. Luego la deja caer como una estrella para que se ahogue en el pozo.

¿Qué va a pasar ahora?, piensa Irene, y se sienta dentro de la botella azul. Ahora ve a Bill mirar en torno a sí, y ella entonces se agacha rápida y silenciosamente contra la hierba. Cuando se atreve de nuevo a mirar por encima de la hierba ve que Bill está junto a Wera y, con una voz que es lo único que existe, le dice:

- Hale, ven, que sé un sitio.

Dice esto corta, brutalmente, casi como una orden. - Vaya, ¿pero es que no se está bien aquí? -dice ella,

acariciadora, ronroneantemente, corno un gato, tratando de tirar de él con sus largas piernas para tumbarle.

Y entonces él la coge por los hombros y la levanta de forma que ella se queja y trata de desasirse, retorciéndose como una serpiente.

- Hale, ven conmigo, so joyita -le dice, sin soltarla.

Y ella rompe a reír, dúctil y gustosa, y el anzuelo se hinca más y más en la carne de la que está echada por tierra. Los dos dan unos pasos atrás, acariciadoramente, jugando, y entonces suena un chillido dentro de ella y quiere gritarles a esos dos que tengan cuidado, porque la tapadera del pozo no está donde debe, tapando el boquete, pero como no tiene voz alguna en el mundo entero, pues, eso, que no puede gritar.

Y ocurre lo que ella sabía que tenía que ocurrir. Súbitamente Wera sale despedida y en el pozo se oye un sordo chapoteo, y un grito corta el aire saliendo de su fondo, como si el pozo, de pronto, hubiese cobrado voz. Puede esperar perfectamente a ver si los otros la sacan de allí, piensa ella, súbitamente serena, y el grito se corta de pronto como por una tijera, y ella, al principio, no alcanza a captarlo, pero luego le ve a él en la botella azul, pisando fuerte sobre la tapadera del pozo y saliendo a todo correr por el patio y cayendo como un gran pez en la red del badminton. Y, antes incluso de que a ella le sea posible comprender de verdad lo que ha ocurrido, lo oye jurar y desvincularse de la red y seguir corriendo, a todo correr, azul adentro.

Ha tapado el pozo, piensa ella entonces, la ha echado allá adentro, al pozo, para que no pueda salir de él. Y al principio se siente inconscientemente contenta, porque no acaba de aclarársele del todo en la cabeza lo que ha ocurrido, pero no tarda en salir el grito al aire libre, finos rayos de gritos que salen por la tapadera del pozo, y entonces sí que se asusta. Y entonces alguien deja la luna al descubierto, y ella salta llena de pánico en la botella verde, por entre la hierba agitada, hasta bajar a donde está el pozo. Quizá se muera, siente más que piensa en su interior al echar a un lado la tapadera y abrir la espita del tonel de los chillidos.

- Silencio -grita al fondo del pozo-, silencio, que te va a

oír él.

Y entonces cesa el grito, disolviéndose en gemidos angustiosos, y el rostro que mira hacia arriba desde el fondo del pozo es tan verde como una rana arbórea a la luz de la luna.

Pero Wera está como petrificada en el fondo del pozo y no hace otra cosa que gemir y crujir los dientes de terror. Santo cielo, tendré yo la cara tan verde como ella, piensa Irene, con una súbita sonrisa, pero sin perder un ápice de su eficacia.

- Lo que tienes que hacer ahora es cogerte bien al cubo

éste, ahora mismo te lo tiro.

Va soltando cuerda pozo abajo y Wera se acerca, chapoteando a la pared mientras Irene comienza a tirar de la soga. Tira de ella con todo su peso, pero, de pronto, se oye un chasquido, la soga cede e Irene cae de espaldas en la botella verde. Con tal de que ahora no se me ponga a chillar otra vez, piensa Irene, llena de eficacia, inclinándose sobre el brocal del pozo.

- Bueno, ahora lo que tienes que hacer es encaramarte,

con que te encarames tú un poco, ya me encargaré yo de tirar para arriba.

Y mira Wera para arriba desde la sombra del fondo del pozo, donde su rostro es azul con listas negras. Sus ojos relucen blancos y parpadean como linternas de bolsillo, y, sin más, se pone a gatear pozo arriba, pero, ya en el primer reborde, se le coge el zapato en la piedra y tiene que sacar el pie para poder seguir subiendo.

- Quítate los zapatos, tíramelos a mí -le dice Irene, y

Wera se quita, obediente, el único zapato que le queda, y saca el otro de la rendija de piedra como puede, tirándole los dos a Irene con toda su fuerza, con lo que caen a espaldas de Irene, aterrizando en la alfombra herbosa. Luego Wera se coge bien firme a la pared del pozo y va subiendo pared arriba, tercamente, como sorbida por el aire.