La serpiente 9.
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9.

La semioscuridad cae como una tímida lluvia de cenizas. Apaga las lamparillas de las flores de los manzanos y los botones blancos de las vallas. Acalla la hierba y silencia a los saltamontes verdeclaro. Ella está junto al tonel agrietado por el sol intenso, que se abre vorazmente debajo del alero. En la hierba silenciosa, llena de la ceniza del crepúsculo, ve una piedra caída. Su relucir se ha ido con el día, y cuando ella se inclina sobre el tonel se dice que es un perro que se ha pasado allí el día entero echado en la hierba, pero que, ahora, a la medialuz, despierta lentamente y se estira.

Tiene que acariciar a ese perro. Suelta el tonel, reseco y agrietado, contra el que se apoyaba mientras se le pasaba la indisposición momentánea, y da unos pasos entre la hierba que, perezosamente, se frota contra sus tobillos. Entonces el perrito se levanta y desaparece, moviendo el rabo irritablemente, mientras ella les dice a sus piernas que corran, pero sólo una le obedece, en vista de lo cual cae de bruces sobre la hierba. Sigue así, caída sobre la hierba. Pierde interés en volverse a levantar, ni siguiera en broma. Se limita a volverse, penosamente, para ponerse de espaldas, de modo que se precipita de pronto sobre ella el exiguo cuenco del cielo con los dolorosos pinchazos de las estrellas. Y mientras ve una estrella de boca rojo sangre aguzarse contra una brizna de hierba que le hace sombra en los ojos, piensa: «Ah, vaya, esto es lo que quiere decir estar borracha».

Le sube a la cabeza, como un globo, este pensamiento ligero, de verano, y ella entonces suelta todo el racimo de globos del mismo tipo y, finalmente, se dice que ella misma está llenándose de un gas embriagador, y tan ligera se vuelve que oscila en el espacio, sentada sobre el perrito. Pero todo este tiempo, y esto es lo notable del caso, sabe, con una fría y lúcida sensación de desagrado, que no se ha movido de como estaba, o sea, echada de par en par en la hierba, con las piernas impotentes extendidas cuan largas son, con el rostro enrojecido y los ojos relucientes que parecen espejos empañados.

Y mientras siente que su peso se llena de este alegre gas, oye, con dolorosa claridad, las voces estridentes que le llegan de lo alto de la casa, y la música estridente del gramófono que está sobre el alféizar de la ventana. Sweetheart, chilla una voz, y suena como si se quebrase, y luego es una voz de chica, que ríe alta y alocadamente, y una puerta que se cierra detrás de la risa. Y luego termina la música, pero no súbita, sino lentamente, como una señal de alarma aérea, y ella siente el arrastrarse de pies que aún se mueven mecánicamente al compás de la música, a pesar de que la música ha cesado.

-Dale cuerda al gramófono, por Dios bendito -dice una voz ruidosa, y ella se da cuenta de que pertenece a Erik, que ha querido pegarse con alguien en cuanto ha bebido la tercera copa.

Lentamente vuelve la cabeza de modo que su ardiente mejilla se humedece del frescor de la hierba. Y siente como si su rostro entero ardiese, y piensa que debiera relucir de tal manera que se viese desde la casa, pero no ocurre así, porque, si la vieran, los que están allí irían a ofrecerle una copa y un canapé, piensa ella, diciéndose que se siente como en el aire.

Ahora asoman dos cabezas por la ventana y el gas que la eleva burbujea por su cuello y penetra en su cabeza, que ahora se vuelve tan ligera que le da la impresión de salirse volando por su propia cuenta, y, cuando abre los ojos de par en par y los levanta en dirección a la casa, ve las dos cabezas como pintadas en un cuadro. La luz cortante que sale de la habitación tiende un halo en torno a una de las cabezas, que está cubierta de rizos, y a la otra le atraviesa una oreja roja como la sangre. Lucía y Anders de Wahl, dice ella a media voz, y bosteza cuan grande es su boca, y trata de alcanzar una estrella con el pie derecho, pero entonces el tío dios saca su yoyó y ella nota que todas las estrellas son yoyós que suben y bajan en el espacio sobre su cabeza hasta que no le queda más remedio que cerrar los ojos porque parecen que van a darle en la frente. Y, de pronto, también tiene ella un yoyó en el cuello, y baja la cabeza hacia la hierba y vomita suave, serenamente.

Cuando vuelve a despertar está tan oscuro que al principio piensa que está echada en el barracón y que lo único que ha pasado es que ha arrojado de sí la manta de una patada, porque lo que siente es mucho frío. Pero cuando quiere levantar la vista para ver el techo, después de haber buscado vanamente la manta, lo único que ve son estrellas que lo puntúan todo, y entonces su mente se despoja gota a gota de todo recuerdo de dónde se encuentra. Quiere incorporarse, levantarse, irse, pero entonces siente que la cabeza le pesa tantísimo que no le queda otro remedio que seguir allí echada, impotente. Mira al cielo, llena de desesperación, y allí está la luna, como una linterna bajo una sábana. Poco a poco va volviendo la cabeza, y el globo se le rompe, y lo único que le queda es un solo, agobiante, dolor de cabeza. El boquete de la ventana parece un cuadrado implacablemente amarillo, clarísimamente definido por la luz en plena oscuridad, y ella lo ve como algo amenazador, y toda la casa está completamente silenciosa, como si de pronto se hubiese vuelto muda.

¿Qué ocurre?, piensa ella, tratando de levantarse, pero entonces llega a sus oídos un murmullo sordo, castrado, que viene de allí dentro, un resonar de cristal y de risitas. O sea, que hay allí alguien que está desgarrando la sábana da la luna, y ella entonces piensa que es como si estuviera en una botella verde. Dentro de los cobertizos suena un chirriar, y ella piensa al principio que será algún pájaro nocturno, pero cuando mira en esa dirección ve una puerta abierta de par en par y alguien ríe con una risita estridente y larga al tiempo que sale a la luz de la luna. Y entonces se da cuenta de que son dos. Uno es un muchacho con pantalón de golf, y luego Erik, y muy junto a él, tan junto que se diría que están pegados, la chica de las risitas. Y todo el tiempo que pasan los tres, minuciosa, insólitamente, como quien aprende a andar, dando vueltas por el patio, cuya hierba se les enrolla en torno a las piernas, la chica no hace más que reír y reír, exactamente como si reír fuese tan necesario para ella como respirar.

Irene sigue echada dentro de la botella verde, y, cuando los otros se acercan más, ve que Erik aprieta con un brazo a la chica hacia sí, y que ella, si no, se habría caído al suelo. Es más alta que él, y tan delgada que se diría un girasol cuya flor es más grande de lo que el tallo puede soportar. Y como Irene sigue echada en la botella verde, Erik acaba viéndola y se queda allí parado, con su girasol, al que dice, con voz desleída, por más que la otra no sea capaz de oír nada excepto sus propias risitas:

- Mira, ahí está la chica que trajo Bill, ¿pero qué va a

hacer el pobre con dos chicas?, ¿tanto apetito tiene?, ¡jejeje!, bien rápido que se entrompó la tipa ésta.

El girasol responde con una risita estridente, y trata, con movimientos de ciego, apartar el pelo que le cae sobre una mitad de su rostro.

- Jijijijiji! -ríe, abriendo la boca, como si quisiera decir

algo, pero lo único que sale de su boca es un par de hipidos como ranas.

Y entonces ve Irene desde su botella verde que su pelo, su cuello, su espalda y sus piernas relucen fantasmalmente blancas de serrín.

Dos chicas, oye en su cabeza como un martilleo, mientras sus ojos ven al girasol tropezar y caer en la escalera.

- Hale, arriba, Ing-Lis -chilla una voz áspera que ayuda al tiempo a Irene a quitarse de la cabeza el pequeño martillo.

¿Y por qué no puedo yo ser como ella?, piensa, acordándose de lo que había dicho Erik cuando los muchachos, y las otras, empezaron a ponerse a la altura de las circunstancias: - Estos dos grillos son Ing-Lis e Inga, strong girls; estas chicas conocen por dentro todos los matorrales que hay desde la sala de baile hasta la estación.

Y oyendo esto se rieron todos, pensando que tenía muchísima gracia, e Ing-Lis e Inga se rieron más que nadie, sí, justo, Ing-Lis se rio tanto que tuvo que echarse al coleto el vaso entero, lo malo es que le entró por mal camino y tuvieron que darle golpes en la espalda para que no se ahogase. Pero ella se puso muy colorada y no sabía a dónde mirar, y entonces Mattsson se dio cuenta y les gritó a los demás:

- Hale, mirad a la pequeña Irene, mirad lo tímida que es

la muñequita.

Y, sin más, le dio unos golpecitos en la mejilla, pero de manera insultante, y ella entonces se enfadó y se dijo que ahora iba a ser como las otras.

Y es que quería ser como las demás. Lo que ella quería era que los otros la encontrasen bien. No quería en modo alguno que los otros la encontrasen rara o estirada, quería sobre todo que Bill la encontrase bien a pesar de que casi había prorrumpido en lloros al principio, cuando llegaron y vieron que traía consigo a Wera. Y, por esto, para que todos la encontrasen bien y no pensasen que estaba de morros, era por lo que se había forzado a sí misma a beber más diligentemente que las demás chicas. Sí, eso, llegó incluso a entonar una canción de taberna que les había oído a unos oficiales una vez que servía a la mesa en el comedor del cuartel en uno de sus festejos. Y consiguió que las demás la cantaran al alimón con ella, y hasta consiguió, o eso le pareció al menos, que Erik la mirase con admiración. Y tanto la animó este éxito que corrió a poner el gramófono, pensando que ahora los chicos competirían en bailar con ella, pero cuando empezó a sonar la música entraban ya las parejas por la puerta, y eran tres las parejas, ¡y nadie había pensado en ella! Y lo que hizo entonces fue salirse al mirador y servirse aguardiente, o lo que fuera, en el vaso más grande de todos, total, que se puso a beber hasta que ya no pudo con una gota más.