La serpiente 8. #3
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8. #3

Entra en el bosque, hasta llegar al puente del ferrocarril. Aquí el tren hace curva para llegar al pueblo y luego corta la montaña. Las paredes son demasiado empinadas para poder escalarlas, de modo que lo que hace es seguir la vía hasta que da con una grieta en la que puede hincar el pie y bajar.

El guijo áspero suena como sal bajo sus zapatos y el sol quema como un infiernillo. Bill pasa la curva y el puente despliega su arco sobre el hondón ante sus ojos. De pronto se levanta ante él la silueta, fina como un cuchillo, de una pequeña procesión que se destaca sobre la baranda del puente. Bill no ve más que cuatro cabezas en fila. Se mecen como si estuvieran en alta mar y arrojan sombras grotescas, violentamente deformadas, sobre la pendiente de roca viva del monte. Los cañones de los fusiles salen sobre sus cabezas como dedos índices que les hubieran crecido pegados a las orejas.

La patrulla, piensa inmediatamente Bill, y se apresura a refugiarse contra la roca del monte, y se aprieta bien contra ella, mirando entre las hojas chamuscadas de un pequeño abedul que se aferra tercamente al fondo de una grieta. Desde allí ve la hilera de cabezas desaparecer detrás de la roca agitándose cómicamente. Entonces se aparta de la pared del monte y corre entre las vías para ir más deprisa. Se da cuenta de que la patrulla se acerca a donde está el tren de la tarde para buscarle a él entre los que salen de permiso. Cuando está debajo del punto más alto del puente se detiene y se sitúa a la sombra de los contrafuertes. Se saca un cigarrillo maltrecho del bolsillo del pecho y se lo pone en la boca para calmarse los nervios, sobresaltados, pero no lo enciende.

Comienza a deslizarse con gran cautela a lo largo de la pared de roca que desciende tan áspera y verticalmente que tiene que ir muy agachado para que no le vean desde el camino. De vez en cuando estira el cuello como si fuera un periscopio para localizar a la patrulla que va por el borde del camino como una apresurada procesión funeral. Cuando se vuelven para cruzar la vía cerca de la estación, sale Bill corriendo y cruza así los pocos metros que le separan del tren de mercancías que está en la vía muerta. Es un magnífico momento, no hay un alma en el andén. Uno de los vagones de mercancías cubiertos del centro del tren está abierto, y Bill da un salto y se mete en él, y justo cuando cierra la puerta oye el ruido de los tacones de la patrulla contra el cemento del andén.

Deja abierta una pequeña rendija y oye a través de ella al jefe de la patrulla comunicar sus órdenes con altavoces a toda la zona de la estación y a todos los bribones que le estén escuchando. Las culatas de los fusiles chocan contra el cemento del andén y de pronto se acerca una serie de pisadas fuertes que le rebotan contra el oído. Se retira un poco de la rendija y oye con el aliento contenido los pasos sonoros acercársele. Pero de enérgicos y certeros que parecían al principio se han vuelto ahora lentos y tanteantes, y Bill se da cuenta de que el resorte se está destensando.

Se esconde detrás de una gran caja en un rincón del vagón de mercancías y oye al otro pasar junto a él tan cerca que casi cree oírle respirar. Se echa contra la pared y cierra los ojos, y es entonces cuando lo siente, primero en la espalda, como si de pronto se abriera un grifo. Se cubre entero de sudor, al tiempo que, súbitamente, la mochila cobra vida. Es como si una mano infantil le tantease la espalda, y él estira las piernas cuan largas son, y solamente por haber cerrado los ojos y sentirse incapaz de hacer nada ve la boca de la serpiente abrirse de par en par y cerrarse lenta sobre la rata. Se estira cuan largo es en el suelo del vagón y levanta la vista hacia el pequeño rayo de sol que baila inmediatamente debajo del techo.

Ahora empieza a crecer el ruido fuera, en el andén, y él está echado de espaldas, oyendo el blanco oleaje estrellarse y las montañas de espuma desplomarse como casas con la llegada del tren. Se levanta y va hacia la rendija. Ve una plataforma en su exiguo campo visual, y lentamente, con las puntas de los dedos tensas de nerviosismo, abre la puerta. El «¡Al tren!» del conductor resuena como un latigazo contra el andén y un lado de vagón entra lentamente en su campo visual. Bill lo deja que pase y luego se baja al andén y sube el peldaño que le conduce al vagón. Ya está cogiendo velocidad el tren y el humo de la locomotora oprime el puente y él se inclina y se asoma y ve a través de la blanca niebla de humo a la patrulla, con sus dedos índices a la espalda, que va llena de pachorra a lo largo de la hilera de vagones de mercancías.

Y él entonces va vagón adentro, indiferente y lleno de una sensación de victoria. Unos cuantos artilleros de costa juegan a las cartas sobre una maleta. Una chica está sentada de espaldas a él, hojeando un periódico. Y él va despacio, sin hacer apenas ruido, al sitio donde está sentada, y cuando ve que no se da cuenta de su cercanía se queda en pie justo detrás de ella, se inclina y le dice, bastante alto y apremiantemente, al oído:

-Vaya, veo que se va usted de viaje.

Y, sin más, pega un mordisco, rápido y cortante como una hoja de afeitar, en la oreja de Wera.