8. #2
Cae al suelo y allí se queda, cuan largo es y jadeante, y de la tierra sube por entre la alfombra de pinochas, un humo acre de polvo. La mochila le aprieta contra el cuello y mientras él sigue allí echado, dejando que el dolor le penetre como olas por todo el cuerpo, se imagina la situación en que está metido como si estuviera sobre una hoja de afeitar cortante y helada. Ve la ventana, que se ha olvidado de cerrar, y el gorro, que no lleva consigo, porque, con el pánico, también se le olvidó, y la manguera de bomberos, que volcó ruidosamente, y el armario, que no volvió a cerrar, y el terreno poco arbolado que se extiende ante él y que ahora va a tener que cruzar sin que le descubran.
Y en tanto el dolor se le vuelve oleadas que le absorben, y se pone de rodillas y la mochila le resbala espalda abajo en esta postura. Oye, con una rápida sensación de miedo que le sube cuerpo arriba, al animal que se arrastra como una astilla por el fondo de la mochila. Entonces se arriesga y sale corriendo hacia el pinar, que está limpio y claro y cuya tierra es tan lisa como una pista de baile. Cruza el camino, muy pisoteado, que conduce a los retretes, y oye crujir una puerta a sus espaldas. Súbitamente le llega el ruido de una tropa en marcha que se le echa encima por delante, de lado. Suena como cuando se muelen semillas en un molinillo de mano, y Bill se da cuenta de que no tiene otro remedio que tomar otra dirección y correr paralelamente a los barracones, que no se deciden a hundirse bosque adentro detrás de él, sino que siguen mirándole fijamente con tercos ojos de animales.
Pasa junto a los retretes a distancia de varios tiros de piedra y se sobresalta cuando alguien, de pronto, rompe a silbar. Se precipita a buscar cobijo detrás de un protector tronco de árbol y se le llenan las manos de tierra seca y agujas de pino pegajosas. Otea cautamente al amparo de las raíces nudosas. Luego se levanta, más tranquilo, pero irritado por haberse dejado asustar tan fácilmente. No son más que los que limpian los retretes, que se han tomado un pequeño descanso antes del fin de la jornada oficial de trabajo y se han sentado, cada uno en su tonel, a echar un juego de cartas con una cerveza vespertina.
Acaba llegando al bosque tupido y cerrado, donde están arrancados de cuajo los arbustos y la tierra parece sangrar por heridas negrísimas. Aquí es donde se hacen los ejercicios de camuflaje, y se diría que un gran perro enloquecido o algún jabalí hociqueante lo haya recorrido entero. Ahora ya puede ir despacio, porque se siente protegido. No quiere salir demasiado temprano a la estación, donde es seguro que se apostará una patrulla la tarde entera, por lo menos cada vez que salga un tren. Acá y allá, en el bosque, se ven algunos restos de pinos reducidos ahora a simples astas de bandera sudorosos de resina. Bill sonríe de oreja a oreja y da una patada a una de estas astas, haciéndole saludar con una inclinación a los pinos normales.
Las astas de pino no son árboles defectuosos, sino consecuencia de la manera que tienen en el cuartel de acopiar ramillas para las escaleras de los barracones y para los suelos de las tiendas. En lugar de recurrir a la tradición regimental, pero poco práctica, de ir arrancando ramas acá y allá por el bosque, lo que hacen es, simplemente, tirar de hacha y darle de hachazos al primer pino adecuado hasta que a poco que sigas lo tumbas. Y entonces se coge el pino por las ramas y por el tronco y se le pone en posición horizontal para pelarle de ramas a hachazo limpio hasta que ya no queda más que volver a levantarlo, y esto lo hacen entre todos, uniendo sus fuerzas, de la misma manera y con la misma técnica con que se levanta el poste de mayo, dejándolo allí tieso como un interesante fenómeno de la naturaleza para que lo vean los oficiales que pasen por allí. Este sistema tiene, además, la ventaja de que apenas se oye.
Ahora empiezan las voces de mando a resonar por el bosque y el ruido de las marchas crece hasta convertirse en un pequeño huracán. Bill, preocupado, sigue su camino. Poco a poco va oscureciendo y llega a un charco que, en la estación húmeda, se vuelve pantano. Ahora la humedad apenas se nota en que el color de la tierra es un poco más oscuro. El pinar se va volviendo antiquísimo y degenerado, y sus árboles se abren sobre la tierra como grises paraguas y su luz parece de iglesia.
Aquí la tierra desciende de manera desagradable a cada paso que se da, y se siente como si hubiera grandes pájaros negros posados en los árboles, listos para hincar el pico en la nuca del que pasa por el bosque. Bill siente que se le reseca la boca de tensión inmitigable. Va vacilante y mirando hacia arriba y hacia abajo en plena oscuridad bajo los paraguas gigantescos. De pronto oye un piar estridente a su lado y se sobresalta y se pone en posición de defensa.
Lentamente, como un reflector, otea el ambiente con la mirada y su cuerpo está rígido como una tabla hasta que acaba despertando en él una sensación de seguridad.
No es más que un pequeño ratón de bosque que corre chillando estridentemente por el claro que cubre el paraguas. Describe un pequeño círculo, corriendo como loco, casi como un tren de juguete por sus raíles, y cuando Bill se le acerca, sigiloso, escapa llevándose los raíles consigo.
Vaya diablillo, piensa Bill, quedándose quieto y mirando al bultito gris que se agita en la medialuz. Da un salto hacia adelante y lo hace gemir bajo su zapato. El animalito yace de espaldas con las patas estiradas al aire, como si alguien le hubiese gritado: «Hands up!». Bill se quita la mochila y le suelta las correas con gran cuidado, abriéndola de par en par. En el fondo de la mochila reina el más completo silencio. Bill no se atreve a mirar allí dentro. Lo que hace es coger al ratón por una pata y dejarlo caer en su interior. La mochila se curva de tal manera que casi se parte en dos a la mitad. El aprieta bien las correas lo más rápidamente que puede y sacude la mochila hasta que el bultito que está en el medio acaba deslizándose al fondo.
Hecho esto se la vuelva a echar a la espalda y va corriendo por aquella tierra suelta y traicioneramente blanca. ¿Por qué correrá tanto?, piensa mientras las ramas le azotan el rostro y va creciendo la luz ante sus ojos. Cuando vuelve a haber luz se siente de nuevo más tranquilo, y puede correr solamente por la prisa que tiene. El bosque sigue siendo tan tupido que no vale la pena tratar de buscar con los ojos salida alguna, y por esta razón sólo el ruido de ramas rotas y los gritos bajos le indican que ha caído en medio de una tropa que vuelve al cuartel, entrenándose al tiempo en la técnica del avance en plena batalla.
Se tira al suelo dando con la barbilla contra una mata de maleza y con el cuerpo en actitud de marcha para no despertar sospechas. Más allá ve las figuras grises de los soldados. Se empiezan a oír detonaciones de fogueo y el ruido de cuerpos que caen entre la maleza en torno a él. Se desliza hasta situarse detrás de un pino frondoso y mira con cuidado entre las ramas. Ve a Mattsson, echado en el claro en posición de defensa, y le llama sin alzar la voz tres o cuatro veces, hasta que, por fin, consigue que le oiga.
- ¿Qué pasa? -dice Mattsson, impaciente, sin levantar la
cabeza.
- ¡Soy yo, Bill, ven aquí! -le grita él a través del pino.
Mattsson mira en torno a sí con gran cautela antes de deslizarse hacia donde está Bill. Los dos se hablan como a través de las rejas de una cárcel.
- Me he fugado. No le digas a nadie que me has visto,
por lo que más quieras.
- ¿Fugado?
- Sí, fugado, demonios, me pegué con el amigo de Wera
en el café y la condenada me denunció.
- Vaya, mala suerte.
- Sí, desde luego, pero yo tengo mis planes.
Ven al tren y nos escapamos juntos.
- Muy bien, de acuerdo. Silencio, que viene el sargento
de los cojones inspeccionando el ejercicio. Sal corriendo. El tren sale en media hora, ¿no?
El bosque cruje a espaldas de ellos y Bill corre mucho y sin hacer ruido entre sombras grises de maleza. Enseguida se sale del camino. Va perpendicularmente a él. El último trecho del camino es bosque arrasado por el fuego y cruje mucho bajo sus pies cuando da con las suelas en montones de madera carbonizada que yace retorcida sobre la tierra ennegrecida que el fuego ha penetrado hasta la roca misma.
Encuentra de nuevo el camino y lo cruza rápido como una liebre. Ya ve la vía del tren que se prolonga perezosamente en el fondo, hasta donde está quemada una ancha cinta de bosque. Es el tren el que lo incendia; cuando está oscuro las chispas arden en el humo como antorchas de duendes. Sólo algunos troncos ennegrecidos por el fuego se levantan solitarios hacia el cielo. Aparte de esto, la tierra parece una pista de carreras. Bill corre por la honda cuneta de la carretera hasta que vuelve a comenzar el bosque. Aquí el fuego sólo ha tocado las copas de los pinos, que están quemadas de modo que los árboles parecen casas con la buhardilla incendiada y negras huellas de llamas que han lamido las paredes.