8.
La habitación es pequeña y caliente como una cámara de calderas, aunque no da al sur. Tiene tres veces tres largos pies cuadrados, pero en el tercero hay que incluir la pared. Además está cerrada por fuera a fin de que al prisionero no se le ocurra salir. Como una vez a la semana la habitación le sirve al jefe del almacén de oficina de comprobación de quejas, tiene una taquilla en la pared detrás de la cual se esconde el teléfono comunal del edificio de la administración.
Cuando hay presos la estancia se llama cuarto de arrestos y la taquilla se cierra con un pequeño candado para que el preso no pueda llamar al cuerpo de bomberos y decir que está encerrado en un edificio incendiado. La estancia se convierte facilísimamente en cuarto de arrestos quitando de allí la máquina de escribir, una Continental algo cojitranca que traquetea como una ametralladora en cuanto se le pone el dedo en la tecla del doble espacio, y cerrando la ventana, que en los veranos cálidos suele estar siempre abierta. Gracias a estas sencillas precauciones se consigue que el preso no pueda escribir cartas a sus amigos y ponerlas en circulación para que le saquen de allí, y también que no se sienta innecesariamente tentado a salir por la ventana si, por un casual, tuviera un recado que hacer en el mundo exterior.
Por el contrario, el armario donde guarda los formularios el encargado del almacén está siempre abierto, y ni siquiera se saca de allí, en parte porque se piensa que el preso, durante el tiempo que pase encerrado, podría tomar ciertas resoluciones, por ejemplo la de casarse, y, en tales circunstancias, puede tener necesidad de los buenos consejos que contiene el armario de los formularios en lo referente a la cuestión de los subsidios familiares. De una pared cuelga un calendario, pero de éste los presos no pueden sacar mucho beneficio. Lo que el preso necesita no es contar los días, sino, más bien, las horas que faltan para el momento en que un sargento de confianza le abra la puerta y se le lleve al despacho del jefe de la unidad, donde el prisionero será interrogado en presencia del testigo o de los altos jefes militares y, por supuesto, de un encargado de escribir lo que allí se diga, el cual, con la mayor exactitud, apuntará toda esta importante conversación. Y entonces es importante también que el prisionero tenga reloj, a fin de que pueda dar los respectivos momentos en que tuvieron lugar sus acciones durante el día de autos. Y si estaba borracho, puede especificar cuántos y de qué tamaño eran los vasos de whisky que vació, cuánto aguardiente consumió antes de cometer el acto delictivo. Estas cosas dan solidez y precisión al caso, que luego se guarda en una gran carpeta en la oficina de la compañía y puede ser releído por el prisionero una vez puesto en libertad, cuando esté aburrido y no tenga otra cosa que hacer.
La ventana del cuarto de arrestos está justo enfrente del alero de uno de los barracones del cuartel, y, como las puertas situadas a ambos extremos del barracón están abiertas, Bill puede ver por ellas la entrada del suyo propio, y ha calculado que si quisiera escapar podría ir corriendo como por un túnel casi todo el camino hasta salir, por el último barracón, al centro mismo del bosque. Luego podría hacer un largo rodeo por el campamento y llegar a la vía del tren donde la cubre el puente. Y todo esto se puede hacer en un cuarto de hora, a menos que le descubra el centinela y le persigan, porque entonces la cosa tendría que ir más rápida. Junto al puente lo que tendría que hacer es esconderse en los arbustos de la cuesta y allí ir arrastrándose hasta llegar al tren y echar a correr para cruzar el pequeño trecho que hay hasta la vía muerta, donde podría meterse en un vagón de mercancías y quedarse allí escondido hasta que llegue el tren.
Está sentado a la mesa que, como los demás muebles de la oficina, sufre de cojera, y hace planes, pero, más que nada, para ayudar a que pase el tiempo.
Todo este procedimiento de fuga es demasiado sencillo para que ocupe sus pensamientos más de una sola vez. Su éxito no requiere escalas de cuerda ni ganzúas ni centinelas drogados. No requiere ni siquiera un poquitín de valor. El valor haría falta, todo lo más, más tarde, cuando tuviera que volver a casa, pero se persuade a sí mismo, como todos los cobardes ante una decisión audaz, de que su acción supondría un punto en el tiempo, que la eternidad llega cuando él mismo la crea, que la vida se para y no se mueve, casi como una aguja de gramófono que se ha atascado en el disco.
Para que no le asalten pensamientos inoportunos lo que hace es coger la pluma de anilina del encargado del depósito y ponerse a dibujar un esbozo del campamento en el revés de un formulario. Hace varias versiones, a cuál más exacta. Poco a poco va ampliándolo hasta convertirlo en un plano de todo el pueblo, y se hurga en la memoria para poner en su sitio todos los caminos y hasta los cobertizos. Se ingenia hasta para situar puntos de apoyo en los alrededores del pueblo, poniendo fortines y barreras de tanques. Indica también carros blindados enemigos en el terreno y, finalmente, pone un cementerio de guerra en la parcela del médico. Así es como expresa él, de paso sea dicho, la idea que tienen los soldados del resultado de las actividades del médico militar.
También dibuja la confitería. No pone gran esmero en el diseño de este edificio. Con exactitud y corrección lo provee de patio, rotonda, setos y un aparcamiento de bicicletas. Fría y metódicamente dibuja también el camino que conduce a la confitería: pasa por la vía del tren y, como al azar, roza el campamento. Dibuja el camino con tanta calma como si aun no hiciera una hora que iba por allí con el fusil al hombro.
Cuando se le llevaron en medio de la patrulla, como delincuente de cuidado, y llegó allí por el camino polvoriento y quemado por el sol, Bill lo despachó todo sin ninguna vacilación, como un cirujano a quien ponen delante a la persona a la que tiene que intervenir. Tan rápidamente y tan a fondo lo hizo que ya estaba todo terminado cuando pasaron junto al centinela, que se puso firme ante el sargento. El centinela le miró con ojos abiertos como mariposas clavadas con alfileres. Y entonces él se puso a silbar, aunque solo fuera por darse el gustazo de verles desconcertarse. El sargento corrió a decirle con voz chillona que guardase «silencio», pero esto él lo había oído como si estuviese sordo.
Se pone a pulir y rematar el esbozo del pueblo, define bien el mercado que hace como una cuña entre el matadero y el banco. Dibuja tablares para cohombros y apio y deja la exigua banda de fresas a lo largo del cauce del arroyo, que está seco y agrietado durante el verano, pero así es mejor, porque, por lo menos, no se moja uno los pies cuando tiene que cruzarlo en tardes de permiso.
Y ahora oye abrirse puertas y volverse a cerrar, y tan fuerte que los cristales de la ventana resuenan y el pasillo que conduce a la sala de arrestos se llena de gente ruidosa que se tropieza entre sí. Bill se da cuenta de que son los escribientes que han terminado el trabajo del día y se van de la oficina. Son las cinco. Coge un formulario de subsidio familiar y se pone a rellenar metódicamente todos sus espacios en blanco. Calcula que esto le lleva cinco minutos. Luego rellena otro al mismo ritmo exactamente que el anterior, y, hecho esto, se levanta de la silla y va con gran sigilo por el suelo crujiente hasta la puerta, donde se pone a escuchar con el oído pegado a la rendija.
Pero no se oye otra cosa que el ruido terco, periódico, de una máquina de escribir que está siendo usada por algún escribiente. Tranquilizado, va hacia la pared de enfrente y allí aplica el oído a la taquilla del teléfono. Del cuarto de los centinelas no le llega otra cosa que un murmullo de voces bajas.
Va luego, más tranquilo aún, a la ventana, la abre rápidamente y se asoma para airearse. Levanta con cuidado la mesa y la aparta de la ventana. De pronto entra en la estancia un ruido estridente como un rayo caliente, y él, entonces, suelta la mesa y salta por el alféizar de la ventana como un corredor de obstáculos, y el ruido va rápido y le alcanza en pleno salto: es el estrépito de la mesa al caer y el cortante timbrazo del teléfono.
En el barracón número uno la hilera de camas pasa ante él, que tropieza con la manguera de bomberos de que se sirven los perezosos encargados de la limpieza para limpiar el suelo; y él suelta un juramento al volcarla ruidosamente.
-¡Qué diablos pasa ahí! -grita una voz a sus espaldas, pero él no se atreve a mirar atrás para ver si es el encargado de la limpieza o algunos de los vigilantes. Cierra de golpe la puerta y se mete en su barracón.
Allí busca a ciegas entre los armarios que están en fila junto a los catres. Los va registrando hasta dar con el suyo. Abre el candado rompiéndolo, lo deja caer, no se ocupa de recogerlo, coge su mochila. El arma golpea el suelo. Se echa la mochila a la espalda, mete de cualquier forma el arma en el armario y se va corriendo por el pasillo del barracón. Salta al aire libre y allí toma tierra igual que un paracaidista.
Entra en el barracón siguiente. Allí se llena de pronto la apertura de la puerta ante sus ojos con una espalda gibosa perteneciente a alguien que entra del revés en el barracón hablando muy animadamente con alguien que está todavía fuera. Un grueso cinto le ciñe como un anillo de hierro. Y Bill, sin aminorar el paso se mete en el cuarto de los lavabos, resbala por el suelo húmedo, se da con la rodilla contra una chapa metálica y siente el golpe como si le hubieran penetrado el muslo unas tijeras increíblemente largas. Y todo dolorido da un torpe salto por la ventana abierta.