La serpiente 7. #4
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7. #4

Los dos rieron. Los ojos del muchacho relucían, pero ella también interpreta mal esto, piensa que es por el entusiasmo de lo que ha estado contando. Va a coger seis vasos de aguardientes del armario de la cocina y al mismo tiempo coge también seis platos, que dispone en torno a la mesa. Coge una botella de medio litro, se la pone entre las rodillas y va sacando el corcho. Suena muy bien cuando llena el vaso del muchacho, luego se llena también medio vaso para ella.

-A tu salud -dice, levantando el vaso, aunque sólo prueba un sorbito; así y todo siente la bebida en su interior como paredes de fuego.

Pero el muchacho vacía su vaso casi de un solo golpe. Su rostro se retuerce entero en amarga mueca, pero cuando levanta la vista y la mira sus ojos relucen y están extrañamente frígidos. Como jalea, piensa ella, diciéndose que es por causa de la bebida.

Va a la cocina y coge cuchillos, tenedores y cucharas del armario, y vasos de la pila. Cuando vuelve ve que su vaso también está vacío. Hace como que no se da cuenta y se pone a distribuir cubiertos y vasos.

-Tómate uno más -le dice, al tiempo que le escancia. Echa también un poco en su vaso, pero sin beber nada.

Luego va a la cocina y toca las patatas con un tenedor para ver si ya están hechas; apaga la cocinilla y pone un paño sobre la cazuela para que las patatas sigan calientes cuando lleguen los otros. Saca al mirador unos platillos para poner en ellos las cáscaras de las patatas. Los dos vasos están vacíos. Vuelve a poner el corcho en la botella y pone las demás botellas debajo del banco.

Los ojos del muchacho están ahora más relucientes aún, y ella piensa que tiene que ser la bebida; la pelambre se le ha caído sobre la frente, sombreándole casi los ojos. Ella siente un violento deseo de despejarle suavemente el rostro frígido y esta vez se decide a hacerlo. El está sentado, completamente quieto, y su rostro se vuelve rojo profundo. Tiene que ser la bebida, vuelve a pensar ella, y se siente maternalmente inquieta por haberle descarriado. Pero sigue encontrándole muy atractivo, y le perdona. Va a por unas sillas al cuarto contiguo y las coloca cuidadosamente en torno a la mesa.

Se acuerda luego de las camas sin hacer del cuarto interior y va a hacerlas, llevada por un expansivo deseo de hacer algo. Por el camino piensa en el muchacho y se dice que lo mejor va a ser que se vaya antes de que lleguen los otros. Piensa, con inquietud, que no debiera haberle dejado entrar allí, pero se perdona el haberlo hecho, porque es lo que se dice a sí misma, que no tenía otro remedio. Le acariciaré el pelo y le mandaré a casa, piensa, como una madre que tiene a un chico extraño de visita con sus hijos y ve que está empezando a hacerse tarde.

Y por esto mismo, precisamente por esto, se siente invadida por una honda, indescriptible sorpresa, cuando él, de pronto, se arroja sobre ella y la tumba de espaldas como una silla junto a las camas. En sus ojos hay un destello de animal salvaje, pero no tanto que le asuste al principio. Durante un largo momento se siente muy escandalizada, pero sin llegar a hacerse una idea clara de lo que significa. Al principio no se puede defender, porque lo que le ha ocurrido es tan insólito que ofusca por completo su capacidad de comprensión, pero el pesado cuerpo que gravita sobre el suyo y los vapores del delantal ensangrentado acaban despertando en ella un sentimiento de oposición.

- Apártate, so bestia -le grita, golpeándole con los

puños cerrados en el rostro calenturiento, cuyos ojos relucen como luces de neón.

Abre las manos y le coge por el pelo largo y tira y tira. Él, frenético, lucha por conseguir que lo suelte. Lo consigue finalmente y se pone de rodillas, y entonces ella se desase de él y se pone en pie. Siguen luchando, como cachorros, torpona, pesadamente, sin herirse, pero con tosquedad, y él es el que acaba dominando la resistencia de sus uñas y de sus dientes cortantes.

Cae de golpe en el duro suelo. Si, por lo menos, me hubiera echado en la cama, piensa, extrañamente exhausta, extrañamente separada de la realidad, mirándole desabrocharse como si estuviera al otro lado de un escaparate. Y el espectáculo, que ella siempre ha sabido que tenía que ser así, la llena de asco y terror, pero está tan exhausta por la derrota sufrida que cuando el muchacho se le echa encima lo único que se le ocurre es susurrarle:

- Por lo menos quítate el delantal.

Y él entonces se lo arranca, y la cinta se rompe, y lo tira al suelo. Ella está separada, aislada de todo, y tan dispuesta a hundirse que él ni siquiera tiene que hacer el esfuerzo de abrirla de piernas. Con los ojos cerrados y el aliento de él vertiéndosele contra las comisuras de los ojos, y el cuerpo joven y crudo muy apretado contra el suyo, espera lo inevitable. Que ocurra rápidamente y que termine lo antes posible.

Pero no ocurre nada. La presión del cuerpo del hombre es constante, y cuando ella, al cabo de un largo momento de disociarse de toda capacidad de los sentidos, vuelve a mirar y a observar, siente que las manos cálidas y húmedas de él hurgan en sus ropas, y es allí donde está el secreto. Ella entonces abre, lenta e involuntariamente, los ojos y se da cuenta, con una cierta desconcertante sorpresa, de que el rostro joven del muchacho se agita nerviosamente y la brutal relajación sexual de los músculos del rostro ha cedido a una tensión espasmódica. La mirada de él se mueve y apunta en sus ojos la angustia, y ella ve, grotescamente ampliada, una gota de sudor colgarle de la pelambre como rocío en una brizna de hierba.

¿Qué es lo que siente? ¿Compasión acaso? No, ni tampoco debiera ser decepción después de tanta lucha por evitarle, pero, a pesar de todo: súbitamente ve, o siente, la mano de él soltar su cuerpo y tantear impotente en el aire como si se hubiera vuelto ciego de pronto. ¿Estará tratando de acariciarla?, no, tantea hacia adelante, por el suelo, y cuando ella vuelve la cabeza bajo su peso ve que ahora el brazo tantea en torno al pie de la cama que está casi tocándola. Y el brazo ciego se abraza al pie de la cama como si fuera su amante, y entonces, de pronto, sin que pueda impedirlo, o intentarlo siquiera, ella rompe a reír. Es la risa amarga de la hembra frustrada por un amante incapaz.

Sigue echada, completamente inmóvil, oyendo su propia risa, que sale, estridente e histérica, de su garganta como de la de un pájaro. Y mientras se escucha a sí misma se da cuenta de que el cuerpo que tiene encima se pone rígido y tenso como un pedazo de madera. Y su risa sigue esparciéndose por el cuarto y empapándolo todo. Ya nada la oprime. El hombre la ha abandonado y está en pie junto a ella, tratando, sin conseguirlo, de anudarse de nuevo el delantal. Su rostro se agita, nervioso. Los músculos se le han vuelto incontrolables y actúa con independencia, se diría que ahora están tratando de hacer de una vez todo lo que les resulta imposible cuando se encuentran controlados por la voluntad.

Ella está echada en el suelo con las piernas abiertas y la ropa en desorden y no hace más que reír y reír y las carcajadas siguen saliendo de su boca incluso cuando, lenta y vacilantemente, y escuchando atentamente al tiempo, acaba por incorporarse. Y mira, sin dejar de reír, los músculos del rostro joven y pálido de angustia que de pronto se rompen, cuya tensión se diluye en llanto, en llanto violento, ciego, indiferente a todo, en lugar de ponerse a dar gritos. Y, sin dejar de reír, estentórea, triunfantemente, le ve abalanzarse de nuevo sobre ella. Y vuelven a luchar, él como un gato macho salvaje y enloquecido, brutal e indiferente a todo, mientras su rostro se arrasa en lágrimas; ella, la boca llena de risa, se defiende con los ademanes entumecidos de un borracho.

En vista de que la risa no cesa de brotar de la boca de ella, por más que le salga sangre de las comisuras de la boca, renuncia él a seguir luchando; agitado por el hipo, dominado por el llanto, se limita a arrojarla de sí, tirándola sobre la cama. Y ella, sin dejar de reír, le oye ir como un loco por los cuartos, por la huerta, abrir la puerta, salir al camino. Oye ruido de ruedas de bicicleta, chirriante y crujiente, un ruido que a ella le recuerda el de un papel grande que se pliega.

Se vuelve entonces de bruces y su risa cesa gradualmente, transformándose de manera imperceptible, en un hipo que no es más que el comienzo de un llanto espasmódico, pero la transición es tan suave que ella misma tarda algún tiempo en darse cuenta de que lo que está haciendo es llorar. Y llora, allí echada, como sabe que nunca en toda su vida ha llorado, porque hasta entonces no ha tenido motivo para ello, y la almohada se humedece y se refresca bajo su cuerpo. Llora y se siente más fresca. Y detrás del llanto no cesa de sorprenderse de llorar de tal manera por la pérdida de algo que nunca había sido suyo. .

Todavía llora cuando oye voces chillonas de chicas y voces sordas de hombres mezcladas por el camino de Maj.

Y entonces se levanta tímidamente, sollozando aún, y tira la almohada ensangrentada y húmeda a la cama de arriba.

En la cocina llena una palangana con agua y trata de borrar las huellas de lo ocurrido.

Por la ventana del mirador les ve llegar por el camino y se pregunta, casi con indiferencia, si los chicos se sorprenderán mucho cuando noten que falta medio litro de aguardiente.