7. #3
- Ah, si, bueno, entonces es por eso, ahora no hay nadie
en la cocina -dice él, y su mano tiembla un poco al levantar la cerilla y encender el cigarrillo.
Pero ella se siente demasiado agitada para notar esto, e inmediatamente, sin dudarlo, le dice:
- ¿No quiere venir conmigo, enseñarme el camino?
- Sí, la verdad es que resulta endiabladamente difícil,
por estos recovecos, cuando se viene por aquí por primera vez -se apresura él a decir, volviéndose a bajar de un salto de la bicicleta; va delante de ella por el camino, tirando del manillar-, hay que tirar del trasto éste por toda la comarca -dice de su bicicleta con voz casi acariciadora cuando rebota por el camino pedregoso.
Ella va detrás y se fija en su grácil espalda y en su cuello fino bajo el pelo abundante. El nudo del delantal le cuelga grande y torpón sobre el trasero, que le llena el fondillo de los pantalones azules, descoloridos, remendados, demasiado cortos. Tiene que habérselo anudado él mismo, piensa, sonriendo y sintiéndose de nuevo extrañamente conmovida.
Ahora cruzan la espesa cinta de abetos, donde reinan el silencio y la semioscuridad, y donde relucen por todas partes latas de conserva vacías, cáscaras de huevos, bolsas rotas. Pero el bosque termina enseguida y el camino se ensancha inesperadamente y la estacada comienza a flanquearlo por ambos lados. Se convierte casi en una verdadera calle, con grueso guijo y alguna que otra gruesa raíz de árbol descarriada que alguien se ha dejado allí de recuerdo. Al otro lado de la estacada, a ambos lados del camino, hay cabañas o comienzos de chalets separados unos de otros por vallas de madera de diversos colores. Sólo del lado del bosque están las parcelas sin valla, quizás para que nadie tenga necesidad de abrir la cancela si tiene prisa por entrar a hacer sus necesidades. Porque, detrás de cada chalet, donde terminan las parcelas y empieza el bosque, se ve, como soldados que desfilan, una línea casi recta de retretes cada uno de los cuales refleja la fantasía del carpintero que lq, construyó. Se diría que los dueños de los chalets se han gastado toda su fortuna en esos pequeños, pero necesarios cobertizos, haciéndolos tan expresivos y dignos como estaba a su alcance.
Ella va junto a él, él sigue tirando de la bicicleta y de vez en cuando ella baja la vista para fijarse en su pequeño rostro tenso y un poco hosco. El cigarrillo sigue los movimientos de la marcha y deja un exiguo hilo de humo azul que sube desde la punta misma. Los labios de él están tensos en torno al cigarrillo, y si dejan que el humo suba es muy contra su voluntad. Ella piensa que esta tensión muchachil es la misma que observara en él antes, en la carretera, y, para disiparla, le dice de pronto:- Le diré, mi abuelo trabajó una
temporada en un matadero, pero no podía con el trabajo. Papá me cuenta que vomitaba cuando veía carne en la mesa.
Los ojos del muchacho relucen de interés, un interés que ella comprende mal, y le oye decir, casi estridentemente:
- Sí, bueno, esas cosas pasan, pero sólo hasta que se
acostumbra uno. Y luego, en cuanto uno se acostumbra, todo va a pedir de boca, y se puede vaciar una carcasa de cerdo sin sentir ningún asco. Lo peor, me parece a mí, son algunas cerdas medio salvajes, que tienen muy malas pulgas.
Tiene la bicicleta en equilibrio con una mano y con la otra aferra repentina e inesperadamente la de ella. Es la primera vez que la toca. Ella siente su mano sudorosa apretarse contra sus nudillos, y no tiene más remedio que bajar la vista y fijarse bien para ver si no estará ensangrentada.
- El otro día, por ejemplo -dice él, y su voz se vuelve
confusa de lo excitado que está-, pues nada, que a uno de los muchachos le hicieron un desgarrón todo por aquí -diciendo esto, le acaricia los nudillos para mostrarle bien el sitio-, y la condenada cerda le rompió los nudillos como si fueran de cristal -al mismo tiempo se los aprieta de tal manera que ella llega a sentir el mordisco de la cerda.
La suelta y ella se frota discretamente la mano contra la manga. Él cruza el camino y deja la bicicleta contra una valla de estacas verdes con puntas blancas.
-Aquí es donde viven los Borg -dice, señalando con la cabeza de modo que la pelambre se le eriza contra la frente.
Es la última casa del camino de Maj, que termina un poco más allá tan modestamente como empieza, de nuevo entre abetos.
La casa tiene el aspecto de haber sido pensada en un principio para chalet, pero luego, por algún error del contratista de obras, o por falta de dinero o de interés, se vio interrumpida en pleno crecimiento. Tiene un solo piso y un magnífico mirador de cristal, que, por cierto, le va a la casa más o menos como le iría a un foxterrier una capucha de monje.
A ella se le ocurre invitarle a que entre, le parece lógico después de todas las molestias que se ha tomado, y también por causa del animal, al que ahora va a haber que meter en cajas más grandes todavía. Pero él ya se le ha adelantado, y ha entrado en la parcela.
- Vaya, al tonto ése se le olvidó bajar la red del
badminton -grita, tan alto que le oirían todos los vecinos, pero da igual, porque no hay una sola alma en todo el camino de Maj.
Ella se busca la llave en el bolso y acaba dando con la que necesita. Abre la puerta del mirador y entran. El aire es sofocante de humo rancio de tabaco tanto tiempo encerrado allí que ha terminado por solidificarse.
- Dejamos la puerta entreabierta -dice ella.
La mesa del mirador está llena de botellines de cerveza vados. Una botella de medio litro sobresale entre las demás. La puerta de la derecha conduce a la cocina, en uno de cuyos rincones hay una cocinilla. Luego, una habitación grande con un sofá-cama hecho sobre el que se ve un gramófono portátil; hay también un gran armario esquinero, una mesa insegura y varias sillas de mimbre. En las paredes, viejas portadas de El Semanario de Todos pegadas con tachuelas. En la otra habitación se ve una chimenea enmohecida, un aparador y un par de sillas. Pegadas a una pared hay dos camas, la más baja de ellas con un colchón esponjado, mientras en la superior está el jergón metálico al descubierto.
Cuando ella vuelve de su visita de inspección ve al muchacho sentado en el banco del mirador con las manos en las rodillas. Dentro de la casa parece todavía más joven, se dice ella, y le da pena verle ahí sentado, mirando tímidamente el bosque de botellines de cerveza vados.
-Aquí ha debido de haber una batalla campal - dice ella animadamente.
No recibe respuesta alguna y se pone a recoger los botellines de la mesa, esperando que él se decida a ayudarla, pero sigue allí sentado, pellizcándose el delantal.
- No sé, la verdad, donde estará la bodega en este
tugurio -dice ella a media voz.
Lo sabe muy bien, porque se lo sabe todo de memoria, pero el otro pica y se pone de rodillas y levanta una escotilla.
- Aquí abajo -dice, hosco.
Ella, en pie, le mira el cuello estilizado y las orejas rojas, que, desde arriba, parecen casi normales. Lo oye moverse entre los botellines y las latas de conservas que hay allí abajo, y no puede resistir la tentación de tirarle un poco del nudo del delantal.
- La verdad es que aquí hay para un regimiento -dice él,
y se pone a subir botellas y latas de conservas y bolsas, una tras otra.
- Aquí ha estado ya otra persona -añade, con la cabeza
metida en el agujero, y su voz resuena como en una iglesia.
El bosque de botellas y latas va creciendo en torno al agujero. Hay cantidad de cerveza, un par de botellas de aguardiente, una botella de tipo extranjero en la que pone Whisky, botellas de agua de soda dulce, latas de conserva con toda clase de etiquetas. Pero enseguida se acaban las provisiones, y él entonces baja de nuevo la tapa de la escotilla y comienza a ponerlo todo sobre la mesa después de limpiar su superficie con el delantal. También hay un saco de patatas, y ella dice, con verdadera astucia femenina, a media voz y hablando consigo misma:
-No sé dónde habrá un pozo por aquí.
Él, oyéndola, coge un cubo y sale a buscar agua.
Mientras vuelve, ella encuentra un paño limpio en el armario de la esquina. Lo deja sobre la mesa y abre las latas de conserva, poniéndolas luego en platos. Cuando vuelve el muchacho, hosco y malhumorado, con el agua, se pone ella a lavar las patatas en una palangana, la vacía en una cazuela y enciende la cocinilla. Todas estas ocupaciones imprimen un ritmo ordenado a sus movimientos y levantan patentes barreras al animalito, que ahora tiene un material cada vez mas grueso por roer.
Ella vuelve a salir al mirador. Le ve sentado en el banco, muy ocupado en abrir latas de conservas.
- Esta de aquí es de la empresa -dice él, y su rostro se
ilumina de orgullo profesional-, ésta mejor es no abrirla. Ahora ya no me hace más falta, piensa ella pragmáticamente, sintiéndose muy lejana del pequeño animal, pero quiere mostrar al muchacho su gratitud por haberla acompañado hasta allí, y le dice:
- ¿Le apetecería una copita? (La mesa tendría buen
aspecto toda llena de botellas). Ustedes los matarifes beben como cosacos -añade, para hacerle perder la timidez.
- Sí, por supuesto -dice él, y sonríe de oreja a oreja-, me
gustaría verla a usted en el matadero un sábado por la tarde. Los muchachos llevan la cerveza y las medias botellas de aguardiente escondidas en las carcasas de los cerdos o en los barriles de sal. Un sábado se llevaron por error a un cerdo muerto donde uno de los muchachos había escondido su media botella de aguardiente y a él por poco le da un ataque cuando se dio cuenta de que el cerdo había desaparecido. ¡A ver quien es el desgraciado que se encuentra con mi media botella en la sopa de guisantes!, se pasó diciendo la semana entera.