La serpiente 7. #2
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7. #2

- El camino de Maj -dice, reflexivo, mientras exhala una bocanada de humo hacia el sol y hace sonar, con la mano desocupada, el timbre enmohecido de la bicicleta, pues el camino de Maj tiene que caer por allá abajo.

Diciendo esto hace un movimiento con la cabeza indicando el lado de la carretera por donde ella ha llegado. Ella mira la carretera de asfalto, que ahora se diría que está pasando sus vacaciones bajo un sol que se levanta de nuevo, repuesto del golpe decisivo que le dio la nube, y comienza a dar calor como antes. Ella mira, un poco distraída, el poste de señales que se levanta en su isla en medio del mar de asfalto. No acaba de comprender que sea tan pequeño, es como un sueño entre entonces y ahora.

- Voy yo en esa dirección -dice el chico con la boca llena

de un humo que se le va filtrando entre los dientes-, ¿por qué no vamos juntos?

Se sube de nuevo al sillín y se estira recatadamente el delantal sobre las rodillas. Ella nota entonces que el delantal tiene manchas de sangre oscuras, casi negras, a intervalos tan regulares que casi forman un patrón.

- ¿Por qué no vamos juntos hasta el Camino de Maj?

-repite él, casi tercamente, y ella se da cuenta de que lo ha repetido solamente para poder decir la palabra «vamos».

La saborea tanto como le resulta posible sin que pierda su significado, y esto ella lo encuentra conmovedor, y piensa en ello de una manera maternal; ansiosa de complacerle, dice:

- Bueno, pues sí, vamos.

Tiene que correr casi para ir a su ritmo. Es como si él se hubiese percatado de su responsabilidad al poner de nuevo en marcha la bicicleta. Ha adoptado una expresión casi hosca, levantando el labio superior sobre los dientes relucientes exactamente como hacen, los caballos, de manera que se ve que muerde el cigarrillo. Ella lo nota yendo al trote corto a su lado, y casi se siente afectada por tan increíble y tímida torpeza.

Y él entonces baja los ojos y la mira, pero solamente por un corto instante de extrema vacilación. Se saca el cigarrillo de la boca y lo apaga apretando el fuego entre el índice y el pulgar, luego se guarda la colilla en el bolsillo del delantal, y dice, como hablando al aire, como si estuviera hablando a un micrófono, sin la menor expresión, y con tono agrio, casi hostil:

-Este trabajo mío es de lo que no hay. Tengo que ir por toda la zona con esta condenada caja como un azacán. A veces tengo que ir hasta Erstavik. Ayer, una vieja, maldita sea, llamó de Stuvsta, pidiendo chuletas, justo como si en Stuvsta -no hubiera cerdos. Pero estos recorridos, como mejor se hacen es con calma, entreteniéndose por el camino. Así y todo hay días en que no para uno. Pero ya pronto me va a tocar echar una mano en la matanza, para ponerle la careta al cerdo, y entonces se acabó este trabajo.

Ahora va a paso ligero, y la bicicleta rueda con más ganas, de modo que ella tiene que correr para ir a su ritmo. El chico habla sin parar, como un corneta que tiene que seguir tocando mientras le quede aire en los pulmones, pero esto último lo dijo con tal aire de convicción que ella se da cuenta de que le parece muy importante.

Si sigue hablando así, sin parar, piensa ella ansiosamente y sin aliento, por lo menos no estaré sola, y el animalito está ahora tan encerrado, entre recias paredes, que apenas se oye el eco del morder implacable de sus dientes.

- ¿La careta? -dice ella, con cierta deliberada vacilación.

Él reacciona inmediatamente, como una troupe de gimnastas que escucha el silbato, y hasta pone el pie en el pedal, y así frena y le da tiempo de alcanzarle, para que le entienda bien.

- Sí -explica-, es una especie de careta con un agujero

que les ponen a los cerdos, bueno, y también a los bueyes y a las vacas.

Tiene la voz tensa y hasta un poco emocionada. Con la mano libre hace ademanes expresivos: se lleva el dedo índice a la frente como si fuese el cañón de un revólver y deja caer la cabeza como una flor para mostrar lo que ocurre cuando se dispara el tiro.

- Pero -dice ella, mirándole con ojos malévolos el rostro

tenso, serio-, ¿no le parece siniestro matar animales?

- Bah -dice él, y sigue adelante, un poco más despacio, y

más cerca de ella-, ni se dan cuenta. Lo único que hay que hacer es ponerles el asunto en la frente, y ¡zas!, dejan caer la cabeza y se les agitan las patas y parece que tienen un agujero en la frente.

Es como un mal actor que repite una escena de mucho efecto, en la que acaban de aplaudirle.

- Los cerdos no sienten nada, qué diablos, se mueren

tan enseguida que ni tiempo tienes de pestañear -dice, con voz alta y cortante de joven idealista-. Casi es peor para el que los mata, que tiene que estar así, en pie derecho, y a lo mejor el cerdo va y le muerde.

Se baja de un salto de la bicicleta para hacerle ver la escena más pormenorizada. Va a su lado, ansioso y rojo y con la pelambre a punto de caérsele sobre la frente. Es algo menor que ella, y ella le puede mirar a través de las orejas al rojo vivo, tan infantilmente abiertas que no puede menos de volverse a sentir conmovida.

- Luego hay que descuartizarlos, y eso es lo peor, claro.

Coges el cuchillo -vuelve la cara, serio y un poco conmocionado, hacia ella, y se pone el dedo índice bajo la barbilla levantada, y ella entonces le ve el bozo plegarse como hierbecillas de pantano contra el viento suave, y siente un deseo casi irresistible de arrancárselo de raíz-, y se lo hincas en la carne -y se pasa el dedo índice hacia abajo, por la piel tensa del cuello, por el pecho y el estómago, y así, hacia abajo, hasta la ingle-, y le abres así, de arriba abajo. Bueno, claro que esta parte todavía no la he tenido que hacer yo -dice, esforzándose, con éxito, por asumir una actitud de indiferencia, al tiempo que escupe contra la barra de la bicicleta.

Ella se siente como una vieja señora llena de buena voluntad que escucha las cosas que le cuenta un muchachito sobre su día escolar; y le dice, fingiéndose cálidamente interesada, y quizás lo esté de verdad, o debiera estarlo, aunque sólo sea por causa del animal:

- Ah, ya, ¿es que ahora piensa hacerse matarife?

Ya están cerca de la encrucijada, y ella mira el poste de señales con distraído interés: en él se indican Salare y Estocolmo, y Alvsjo y Nynashamn, cada uno de estos lugares en un brazo distinto, y uno de los brazos cuelga malhumoradamente, como cansado de apuntar tanto tiempo en la misma dirección. Y no es que sea muy grande, al contrario, es demasiado poca cosa para estar donde está, cerca de la ciudad, piensa ella, vengativa.

- Bueno, sí, desde luego, pero antes voy a tener que

seguir todavía un tiempo de recadero -dice él, volviéndose a montar en la bicicleta, como si se acordase de pronto de su deber.

Ahora viene una pequeña cuesta, y ella tiene que ir al trotecillo para alcanzarle, mientras él le da fuerte a los pedales y se lanza pendiente arriba. El terreno llano, cuadriculado de campos sembrados y pendientes herbosas, va dominando poco a poco a lo largo de un angosto cinturón de prados silvestres, y de otro, algo más ancho, de umbroso y frondoso bosque semejante a la gran floresta norlandesa. Enquistadas en el cinturón boscoso hay cabañas con sus huertas; están medio ocultas, y hacia el límite del bosque de pinos van transformándose gradualmente en casitas y chalecitos.

Desde la carretera sólo se nota la comarca está habitada por los toscos puentecillos de madera que hay sobre la cuneta alfombrados de arena, y también por los grandes cubos de la basura que están perezosamente apoyados contra algún tronco de árbol. Y ella, sin aliento y con la ropa empapada, llega a la cumbre, mal señalizada, de la cuesta, mientras el muchacho continúa pedaleando un poco delante, con la misma expresión de esfuerzo concentrado y hosco en el rostro que antes de la matanza.

Pero, de pronto, salta sobre el pedal y aprieta el freno, haciéndolo chirriar ligera y malhumoradamente, y se baja de la bicicleta con una ligera sacudida de los pies y los muslos.

-Aquí está el camino de Maj -dice con voz inexpresiva, como buen guía, haciendo al tiempo un ademán de indiferencia con el brazo libre en dirección a un camino angosto, pedregoso, cubierto de plantas ruines y que desaparece por completo detrás de un tupido grupo de abetos. Y entonces ella se siente de pronto muy angustiada, aterrada por el silencio que sigue a estas últimas palabras del muchacho, que le cayeron encima como un saco y ahora le aprietan el cuello. Tiene miedo de asfixiarse, de no tener aire con que hablar antes de ponerse en camino. Los abetos se le caerán encima, la aplastarán bajo sus copas si ahora se queda sola. El animalito está ya casi libre, y ella oye ya sus dientes que perforan el último obstáculo a su libertad. El muchacho se ha vuelto. a montar en la bicicleta. Está sentado, con las piernas abiertas y los pies firmemente pegados al suelo de la carretera. No da la impresión de estar a punto de ponerse en camino. Sus manos se hurgan nerviosas en los bolsillos, en busca de cigarrillos y cerillas y ella, de pronto, con una violenta alegría que es como una súbita embriaguez, se da cuenta de que lo que le pasa es que está esperando a oírle decírselo. Y las palabras le salen atropelladas, se disputan la salida como la gente que se apretuja en una cola discorde:

- Entiéndame, quizás sepa usted que..., bueno, que

tengo que ir al chalet de Tiborg..., sí, eso, de Tiborg..., debe de estar aquí, cerca del camino de Maj..., quizás usted lo conozca..., usted...

- Ah, sí, bueno, el chalet de Borg -dijo él, llevándose,

bien apretado entre el índice y el pulgar, un cigarrillo a la boca-, bueno, he hecho algunos recados para ellos, pero suelen salir los sábados. Simpático viejo, suelo jugar al badminton con su chico en la huerta. Por eso, hoy seguro que no están en casa.

- Ah, -dice ella, alegrándose de poder charlar sin

necesidad de pensar-, pero compréndame, es que vamos a tener un pequeño festejo allí esta noche, vamos a ser unos cuantos, y yo voy un poco antes para echar una mano, eso, para asear un poco la casa.