La serpiente 7.
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7.

Ahora ella está sola. Hace un instante se bajó del autobús en el desolado cruce de asfalto ardiente y gris de polvo. Sobre un círculo rodeado de guardacantones hay un poste de señales. Alto y severo como un faro o como una gran cruz con cuatro brazos, se levanta sobre el paisaje plano al que los caminos negros y derechos como plomadas dan aspecto de torta cortada en cuarterones. Ella está un momento completamente inmóvil y ve que un rostro con ojos sobrenaturalmente grandes la está mirando desde la última ventanilla del autobús. El autobús arranca, traqueteando, por la llanura y va volviéndose más y más pequeño hasta que desaparece, con su pequeño furgón rebotando alegremente, detrás de las colinas bajas, casi imperceptibles, que se desparraman por la llanura hacia el oeste.

Pero los ojos se vuelven más y más grandes. Es como si se saliesen del pálido rostro y colgasen de hilos invisibles bajo alguna de las farolas muertas que se ciernen sobre la carretera y allí se inflasen como balones. Ella se pasa la mano húmeda por los ojos, y cuando vuelve a levantar la vista ve que la cruz sigue allí con sus cuatro brazos amenazadores y se le queda como grabada a fuego en la retina. Le da la impresión de estar sola en toda la tremenda llanura, sin otra cosa que negros caminos y grises hórreos planos que parecen asustados de ser vistos por ojos extraños. Y ella, aterrada, baja la mirada de los brazos de la cruz y es entonces -cuando descubre el círculo crecido de hierba, pero ahora cuidadosamente recortado por el sol punzante y el viento ardiente.

Hierba quemada, piensa ella, angustiada, ¿dónde la vi? Y no necesita hacer un gran esfuerzo para recordar. La pendiente abrupta del terraplén con su estera rala y chamuscada de lastimosa hierba parda pasa de nuevo, incierta y temblorosa, ante sus ojos; aunque los cierra, no quiere ver nada.

Allí fue, piensa, llena de espanto. Y entonces, sale corriendo, llena de pánico, bajando por uno de los caminos negros que a distancia parecen gruesas cintas aislantes que algún gigante se ha divertido en extender por el paisaje. Corre a la derecha por la parte de la carretera donde el asfalto linda con el bordillo de guijo, y se le meten piedras en los zapatos, y no se le salen y le hacen daño en los talones. Pero, así y todo, sigue corriendo, como si se tratase, nada menos, que de devanar la cinta negra entera.

Finalmente llega un momento en que no puede más. Casi se cae de bruces de exhausta que está y tiene que sentarse un rato al borde de la carretera. Es empinada y la cuneta ha sido excavada hace poquísimo tiempo, tan poco que todavía crecen en ella gruesas malas hierbas. Se sienta cuidadosamente en una piedra y se quita los zapatos y se los vacía de grijo. Esto lo hace minuciosa y reflexivamente, como si fuera algo sumamente importante. Luego estira las piernas sobre el arroyo y deja que las plantas de los pies le cosquilleen contra las hojas verdes a través de las finas medias. El sol le da ahora de plano en el rostro y no le queda más remedio que estornudar.

- ¡Atchís! -dice, alta, alegremente, y así se rompe el silencio que tanto pesaba sobre la llanura.

Levanta la vista de la tierra plana y ya no encuentra el paisaje tan aterrador porque se siente a la misma altura que la superficie de la tierra. Se pone serenamente los zapatos y se sale de la cuneta y pasa por debajo de la alambrada, que cuelga suelta. Se ve de nuevo en la vasta llanura de hierba parda que comienza ya a adquirir un leve tono rojizo. Atraídos por el rocío algunos tímidos tallos verdes de hierba han comenzado a asomar entre los penachos de césped requemado. Ella se inclina sobre la tierra como se inclinaría sobre un niño y coge uno de estos tallos verdes que apenas surgen de la dura tierra, que es como una costra. Se lleva el tallo a la boca y continúa su camino por la pendiente herbosa.

Todavía no se han llevado el heno, aun cuando ya debiera haberse secado bajo las alas de las segadoras mecánicas. Todavía está hacinado en planos almiares juntados que parecen tortas mal fermentadas. A distancia se diría que son tumores que le han salido a la tierra. Ella se deja caer despacio entre el heno, que está tan seco que casi se rompe como ramas resecas.

Se echa de espaldas y mira con ojos entrecerrados las nubes de verano que ruedan por el cielo. Entre las nubes se ve el cielo tan implacablemente azul y su profundidad es tan infinita que casi se marea, y la sensación de liberación ante la posibilidad de desaparecer allá lejos es tal que casi le duele.

¿Qué es, a fin de cuentas, lo que ha pasado?, piensa, con la mirada fija en el azul, pero no hay nada que pueda responder a su pregunta. Entonces cierra serenamente los ojos y sabe que si se deja tragar por el azul nunca podrá ocurrirle nada. Pero en su interior sabe también que esta esperanza es, ciertamente, engañosa. Sólo el cobarde que baila en la cuerda floja se cree salvado solamente porque ha cerrado los ojos. Y es que en su interior le corroen los dientes puntiagudos de un animal al que ella tiene encerrado en una cajita; pero comienza ya a asomar el colmillo a través del quebradizo envoltorio. Ella entonces se guarda apresuradamente la cajita en una caja de cartón, y ésta, a su vez, en otra mayor, y así sucesivamente, en cajas más y más grandes, y cada vez siente la misma alegría infantil y la misma insinuación de abismo que cuando le pasa rozando el terror.

Finalmente tiene que levantarse del almiar porque su provisión de cajas de cartón más y más grandes amenaza agotársele. Se cepilla bien las briznas de heno que se le pegan a la ropa y se saca del maletín un espejo, pero el animalito ya se ha vuelto a salir y ella tiene que volver a encerrarlo, aunque sin atreverse a mirarlo. En su lugar lo que hace es levantar la vista y mirar las nubes, que ahora tienen bordes negros dentados y se dirigen en dirección al sol. Y, de pronto, una de ellas, la más negra y amenazadora de todas, golpea el rostro del sol con el puño cerrado y todo se vuelve tan oscuro que ella piensa que está lloviendo.

Comienza a correr a pasos cortos hacia el camino por la tierra blanca y cedente. Tengo que ponerme bajo cobijo, piensa apresuradamente, sintiendo un gran alivio por haber tomado esta decisión. Pero no necesita correr muchos metros para darse cuenta de que se ha vuelto a dejar engañar. El animal sigue allí, royendo. Ha conseguido abrirse camino con los dientes a través de toda la capa de cajas y cartones y mueve triunfantemente la cola en torno a su espacio vital, más y más amplio. Y no llueve.

Cuando ya casi ha llegado junto a la alambrada descubre que se acerca un ciclista. Va en dirección hacia ella, cruzando la carretera en amplias vueltas como el que tiene mucho tiempo o está demasiado borracho para ir derecho. Una esperanza desesperada la posee y cae de rodillas y se arrastra rápidamente bajo la alambrada. Se resbala por la cuneta y ve entonces que el ciclista es un recadero. Es largo y delgado y lleva un delantal a rayas azules tendido sobre las caderas. Silba estridentemente algo que nunca termina y agita a intervalos iguales los mechones rubios que le caen como una ola sobre la frente. Ya la ha visto y ahora la mira fijamente mientras la bicicleta sigue haciendo sus movimientos circulares a través de la carretera, de manera que a veces se diría que él y la bicicleta van en direcciones distintas. La caja que lleva sujeta, aunque algo suelta, a la trasera de la bicicleta se agita al compás de estos arriesgados altibajos, pero él le da un empujoncito con el pie cada vez que la ve a punto de dar la vuelta. Es la despreocupación disciplinada en persona.

Ella se sube de la cuneta y pone una caja fuerte en torno al animalito, que sigue royendo, a modo de sudario. El ciclista todavía no ha llegado a donde está ella, que se sitúa al borde de la carretera, de espaldas a la cuneta, y espera como si estuviera junto a la parada del autobús. El ciclista se para en pleno silbido como un pájaro disparado en medio de un gorjeo. Pone elegantemente el pie en el asfalto como en un pedal y frena justo delante de ella. Vuelve el manillar de la bicicleta apuntando hacia su cuerpo de modo que la bicicleta entera parece mirarla como un toro con los cuernos listos.

Pero entonces ella levanta los ojos y le mira y le ve tan distinto de como había pensado que se queda un poco sorprendida. Es posible que incluso me haya sonrojado, piensa inmediatamente. El chico es muy joven y si parece alto es porque tiene muy bajo el sillín de la bicicleta. Es mucho más joven que yo, se le ocurre pensar.

El chico le dice «hola» y la mira entrecerrando los ojos, a pesar de que está a la sombra de ella. Luego se pone a buscar precipitadamente en los bolsillos para ver si encuentra cigarrillos y cerillas, de esta manera disimula su confusión y el sonrojo que se le esparce por el rostro delgado como zumo de frambuesa en paño. Primero se busca en todos los bolsillos imaginables que puedan tener el delantal y la chaqueta, y así va ganando tiempo. Dios santo, pero qué guapo se pone cuando se ruboriza, piensa ella en una jerga forzadísima, y siente un escozor en los dedos de ganas que le entran de acariciarle la pelambre que le cae sobre la frente, impidiéndole ver con uno de los ojos. Comparte su confusión como una madre comprensiva. Y sin necesidad de carraspear antes, le dice:

- Lo único que quería preguntarle es si sabe dónde cae el camino de Maj.

El otro acaba encontrando un cigarrillo muy estropeado en el bolsillo izquierdo del pantalón. Si ha tardado tanto tiempo en dar con él es precisamente porque sabía que lo tenía justo allí, razón por la cual se había dejado ese bolsillo para el final de la búsqueda. También acaba encontrando una caja de cerillas muy magullada y trata de componerse el rostro en una mueca de mala intención que no deja por eso de ser una sonrisa, mientras se enciende el cigarrillo en el hueco de la mano.