La serpiente 6. #2
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6. #2

Ahora, pensó Bill, ahora grita y se rinde. Pero en aquel mismo momento resonó algo en su cabeza, que se le llenó de un gran dolor sordo, y, entre redobles de tambor, sintió que algo salía líquidamente de su nuca. Sangre, gritó algo dentro de él, y olvidó la llave con que tenía sujeto a su enemigo y trató de levantarse con ambas manos cogidas a la nunca. Seguía zumbándole la cabeza, pero el golpe ahora parecía menos denso. Se levantó y trató de ponerse firme bajo el peso de sus manos. Lo consiguió, aunque tenía la lejana sensación de que se le estaba hinchando la nuca como un balón de plomo que trataba de volcarle entero con su peso.

Pero entonces llegó un grito cortante que le agujereó la vejiga y se sintió súbitamente casi lúcido. Sacó las manos de su escondite y se las quedó mirando como si acabasen de nacer. Estaban húmedas en las palmas como piedras resbaladizas. Estoy soñando, pensó, esto no puede ser sangre. Lanzó sobre ellas a los sabuesos de su olfato. Era café, un tenue, descolorido aroma que se adhiere al mármol húmedo de las mesas. Demonios, pensó, no era más que café.

Y entonces llegó el eco del grito. Se volvió lenta y torponamente, y tanto tiempo pensó que tenía que haber pasado desde que se había vuelto de plomo que le sorprendió ver que le era posible reconocer la habitación. El rollo de película tenía que haberse desenganchado y ahora giraba vacío en la bobina.

-¿Qué pasa? -dijo, en pleno silencio.

Wera estaba en pie junto a la pared y tenía en la mano el asa de una cafetera. Todavía caían gotas de ella. Åke estaba apoyado contra el extremo de la cama y trataba de deshacerse de la chaqueta. Y la película volvió a girar de nuevo.

Åke saltó sobre él como quien arranca en una carrera de cien metros. No gritaste, demonio, pensó Bill perezosa, torponamente, y se dio cuenta de que ésa era la razón de que ahora Åke cayese sobre él tan rápido. El grito vibraba en todo el rostro de Åke, hasta en las orejas, que le temblaban como grandes hojas de flores, y en los ojos, que casi le reventaban de no haber gritado. Y en el golpe que le llevó a Bill desde abajo contra la barbilla, traidor como un torpedo, que le penetró cortante como una aguja y recto como un clavo, y duro y fuerte cabeza adentro. Se te da bien, pensó, se te da bien, y eructó como después de tragar un aguardiente inesperadamente fuerte. Pero no se derrumbó, aunque lo deseó. Se puso a defenderse, pero no porque sintiese ganas de lucha, sino por causa de algún efímero principio. Igual se habría puesto a pegarse en un sótano o en una habitación oscura o con los ojos vendados. Åke era un caballero.

- Ten la bondad -dijo, con los puños cerrados, al tiempo

que le soltaba los golpes más torpes.

Se quería hacer el boxeador con estilo, y soltaba y paraba puñetazos, y ganchos y directos con la derecha. El perfecto tendero, enfrentándose con nobles uppercuts.

De pronto Bill dejó por completo de pelear. Dejó caer ambos brazos, sin más, contra sus costados, como un par de alas a las que el viento ha dejado sin plumas ni fuerza ascensional. Åke estaba tan metido en su papel que pensó: El cliente está cansado. Vaya, ahora quiere terminar. Tiene bastante. Pero estaba airado, se sentía ofendido como un vendedor que creía tener al comprador cogido en sus redes y, en el último momento, le ve escabullírsele entre torbellinos. Se oyó el cántico del fuselaje de un coche que pasó zumbando ante ellos, pero no fue más que el prólogo de un largo capítulo de silencio. - Ya puedes tirar la cafetera ésa -dijo Bill finalmente-, ya

puedes tirarla con el resto de la chatarra.

Dio unos pasos hacia adelante y levantó la mesa en vilo y dio una patada a la porcelana despedazada. Luego miró a Wera y trató de sonreír a pesar de que tenía como un clavo hincado en la barbilla que le atravesaba la papada y le llegaba hasta la nariz.

- ¿Es que no me has oído que te dije que hicieras el

favor de tirar la cafetera ésa?

Y, sin más, le dio una patada a Wera en la mano, con lo que lo único que le quedó a ésta colgando del dedo índice fue un asa de porcelana.

- Ah, vaya, también esto -dijo ella-, no te vayas a meter

ahora también con los cacharros, so cobardón, so barbilindo.

- Mírame -dijo él, sereno, moviendo el talón contra los

fragmentos de loza. Tenía los zapatos salpicados de blanco-, ahora puedes abrir tu propio taller de loza. ¿A quién diablos piensas que le tengo yo miedo?

Åke se acercó como en zigzag, iba como un gorrión y sus ojos se fijaban en las huellas. Por qué no me peleo, pensaba, ahora sí que podía darle para el pelo al tipo éste. Pero, en lugar de hacer esto, sus piernas se acercaron al sofá, sus manos asieron la chaqueta y ayudaron a brazos y espalda a endosársela. Todo esto puede muy bien prescindir de mí, se dijo.

¿Por qué no le das para el pelo?, preguntó alguien. Y se oyó una risotada. Bueno, tú, espera un poco. Le hacía falta una cuchara para sacarse la respuesta. Estaba en el fondo mismo de la gran caldera. Sí, muy honda estaba, le hacía falta una cuchara bien grande. Tenía que hacerse un mango bien largo.

- Bueno, a lo mejor coges miedo ahora -dijo Wera,

acercándose a la ventana.

El viento traía aroma de lilas y el silencio era completo, pero ya empezaba a oírse el raspar de llantas de bicicleta contra el camino.

- Bueno, ¿y qué? -dijo Bill, mientras ella cerraba la

ventana.

- Imagínate si coges miedo -dijo ella-, pues tendrías que

saltar por la ventana. Y a lo mejor entonces te rompes las piernas.

Cogió súbito miedo y se volvió más rápidamente de lo que le habría parecido posible, pero ya era demasiado tarde, los cuatro llevaban bayoneta, y se iba a pinchar si se le ocurría tratar de salir por la puerta. Dio unos pasos hacia atrás, aunque sabía que la ventana estaba cerrada. - Les llamaste, so demonio -le dijo a ella, en voz baja y

sin volverse.

Las bayonetas le apuntaban por todas partes y el sargento se adelantó y dijo con toda solemnidad, como si estuviera hablando desde un balcón:

- Por causa de la ausencia del jefe de la compañía se

aplaza el interrogatorio del detenido hasta mañana.

Y luego, bajándose del balcón:

- Los que estén mezclados en este asunto deberán

comunicar con la administración de la compañía mañana por la mañana. ¡Adelante, maaaaaarch...!

Wera abrió la ventana y dejo entrar el grito de un pájaro estival. Entró en la estancia una cuña de angosto dolor.

El pesado peso de los pies de la patrulla moría en la oreja. El pájaro fue bajando de rama en rama por el polvoriento arbusto de lilas.

¿No quieres llorar conmigo?, pensó ella, diciéndose que el verano yacía muerto bajo las hojas requemadas de las lilas.