La serpiente 6.
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6.

Se oía un débil zumbido en la estancia. El aire susurraba suave y fresco entre los árboles. Una mosca se ahogaba en un jarrón. Un moscón zumbaba sobre una jarrita de crema. El reloj de pared rechinaba roncamente y marcaba las dos y media. El sol se filtraba entre los arbustos de lilas. La ventana estaba abierta y su pestillo chirriaba. En la mesa de la cocina había un montón de tazas y una torre de platos limpios. En un plato había un bizcochuelo cortado en pedazos. La cafetera silbaba sobre el fogón.

Él se levantó y dio unos pasos tanteantes hacia la puerta cerrada, luego se adelantó con decisión y se situó junto al marco de la puerta. Las voces susurraban allí dentro, casi como un débil zumbido. Y aunque trataba de aguzar el oído a través de la rendija de la puerta, sólo un susurro flotaba hacia él, por más que, a veces, se aguzase hasta convertÍrsele en un ariete de sonido contra la oreja. Al cabo de un momento se retiró sigilosamente de allí. Crujía el suelo bajo la estera de corcho, y esto, en el relativo silencio, resonaba como una detonación de máuser. Pero a ninguno le alcanzaban los tiros allá afuera. Se echó, tranquilamente, en el sofá y se puso a mirar el techo, que se ondulaba en suaves curvas.

Seguía con las miradas las grietas del papel del techo y trató de sacar una sonrisa a sus labios. Debía sonreír, quería sonreír, pared por medio del peligro. Y la sonrisa revoloteaba con llama indecisa, mientras él se estiraba todo lo largo que le permitía el extremo del sofá: No tengo miedo. Lo que se dice nada. Hale, que vengan si quieren. Pero, a pesar de todo, sentía que temblaba en su interior, y el miedo se le derramaba en perlas negras.

Ahora era como si las voces allá fuera bajaran y se dirigieran hacia la puerta de la cocina. Trató de acomodarse bien y estar sereno y fresco y estirarse y convencerse a sí mismo de que todo aquello no eran más que imaginaciones suyas, de que Wera se encargaría de mantener al otro alejado. Pero, por si acaso, acabó incorporándose y midió con los ojos la distancia que había entre él y la ventana. Ahora reinaba de nuevo el silencio afuera, y él dio por supuesto que Wera se las había arreglado para convencer a Åke, el encargado de la tienda de Larsson, donde se vendía de todo, de que la vieja Blomgren estaba dormida, roncando a todo roncar, en el sofá de la cocina, y que había dicho que no se la molestase por ningún motivo. Era a él, en realidad, a quien se le había ocurrido esto, porque cuando Wera estaba sentada en su rodilla, abrochándose la blusa, había entrado alguien en el café llamándola a gritos. Y entonces los dos se dieron cuenta al tiempo de que el recién llegado era Åke.

- Haz como si nada -le dijo él-, arréglatelas para que el

sujeto ése no entre aquí. Que se vaya. Dile que es la vieja Blomgren la que está aquí, o dile lo que se te ocurra.

- Ya -dijo Wera-, lo que te pasa a ti es que tienes miedo,

muchachito. Tú, que eres tan fuerte-le dijo, tirándole de la oreja-, casi tan fuerte como el mismo Åke.

Y entonces Åke volvió a gritar y los dos le oyeron golpear contra el mostrador como un pájaro carpintero impaciente.

- Hale, vete -susurró él, un poco amenazador y, al

tiempo, urgente.

Ella, entonces, le había echado una mirada, terminándose de abrochar la blusa en el cuello, exactamente como si hubiera podido ver en su interior.

- Estás ronco -le dijo.

Un poco demasiado alto, pensó él, y se sacó del bolsillo las manos sudorosas, diciéndose que aquella situación no era nueva para él, un enemigo que se iba, un enemigo derrotado que se levantaba y salía de los dolores de la derrota después de haber sabido por primera vez lo que es la lucha. Miró los músculos voluntariosos del rostro de ella, que ahora se volvían a tensar, como se tensa un tiragomas, después de la laxitud impuesta por el calor. Y él sabía que únicamente el miedo a ser descubierta induciría a aquel enemigo que ahora se iba a no traicionarle.

Y el miedo continuó goteando, y él seguía echado, escuchándolo de la misma manera que escucha uno por la noche, en el mayor silencio, un grifo de agua que gotea. Pero, naturalmente, él no tenía valor para levantarse e ir a cerrarlo. Pensó en lo cómoda que era una bonita cobardía camuflada en un momento como aquél: No son más que imaginaciones eso del goteo, sí, era por cobardía por lo que él no iba más allá de lo que suele ser normal en casos como aquél. Y pensaba: Es evidente que en esta casa no hay cañerías.

Ahora sí que se movía alguien fuera, alguien que daba patadas a una silla, alguien que movía de sitio una mesa, alguien que tosía, alguien que dejaba caer una moneda. Y él seguía echado, completamente silencioso, pero tenso de miedo, el miedo se había apoderado de las funciones de su voluntad, se había nombrado a sí mismo jefe supremo de todas las fuerzas de resistencia. El miedo estaba allí, espoleando todas sus reacciones con su bastón de mariscal. Tanto más rápidamente se piensa en un momento de miedo, de modo que cuando vio moverse el picaporte ya estaba en pie junto a la ventana y tenía un pie sobre la mesa y el otro en camino, pero de tal manera se precipitaron las cosas en el último momento que fue como si el miedo hubiera perdido el compás.

-¡Para, diablo! -gritó alguien.

Y esto paralizó su miedo, y él se quedó quieto sobre la mesa, como la Estatua de la Fuga inmovilizada en pleno movimiento. Y mientras él todavía era una estatua, la chica que estaba detrás de Åke pensó: Ahora sí que se le ha cargado, Åke le va a dar para el pelo.

Ella creía pensar así porque le veía con los zapatones sucios de soldado plantificados sobre la mesa («¿Qué va a decir la vieja?»), o se convenció a sí misma de que era eso lo que estaba pensando, pero en el fondo era su integridad ultrajada lo que quería vengar. La voluptuosidad de sentirse vencida la había abandonado ahora que veía que el vencedor era más cobarde que ella, indigno de haberla vencido. Se sentía a sí misma como un gran matón que, dominado por una cobardía momentánea, se había dejado tumbar por un barbilindo para quien luchar no era otra cosa que una forma de cobardía.

-¡Bájate de la mesa, so bribonazo! -gritó Åke.

Åke gritaba chillonamente, porque sabía que estaba perdido si se le oía más que a los otros. Se quitó la gorra con un ademán violento y retóricamente heroico y la tiró al sofá con el aire de no saber que había un sofá allí. Estas cosas impresionaban. En la tienda se había acostumbrado a causar impresión y le salía de manera automática. Luego, saltando sobre sus suelas de goma, dio unos pasos a un lado.

-Cierra la puerta -le dijo, por encima del hombro, a Wera, mirándola apenas con un cierto brillo de broma en los ojos.

Este gesto lo había ensayado cuidadosamente con el chico de los recados. Wera asintió, animándole, y el compartimento de su yo que se ocupaba de causar impresión en torno a sí dio también orden a sus dedos de que le desabrocharan la chaqueta; después de todo, una chaqueta negligentemente tirada al suelo completa la actitud heroica.

Comenzó a quitársela, trató de salir de ella como sin esfuerzo, como se escabulle una anguila de la mano que intenta oprimirla. Se concentró por un momento completamente en llevar a la perfección este ademán, y hasta tal punto se sumió en esta tarea que llegó incluso a olvidarse de lo que estaba haciendo. En este instante vio Bill su oportunidad o, mejor dicho, la vio su miedo, que ahora había vuelto a la vida, porque ahora era la fuga lo que requería valor; sus ojos observaban con atención todos los movimientos de su enemigo, y le dijeron con exactitud de cronómetro cuándo tenía que saltar. Se había tensado ya entero para el salto sin que su pensamiento lo supiera, y con una oscura sorpresa mezclada de terror vio el rostro de su enemigo, como una reluciente manzana color rojo claro, abalanzarse contra él como el morro de una locomotora. El temor dirigió la cabeza de Bill como un tenedor, la bajó y se tiró, cerrado, contra el estómago de su enemigo. La hebilla del cinturón le desgarró la frente y un eco tardío de la mesa volcada que él había roto al saltar le atravesó entero sin quedarse en su interior. En varias etapas y a intervalos temporales claramente marcados llegó a él el ruido resonante, frágil, de tazas de café que se hacen añicos, el estrépito sordo de platos al despedazarse, mientras el ariete caía por tierra junto con el muro que había echado abajo, y la mesa, rematando el estruendo, se derrumbaba pesadamente sobre toda aquella ruina.

Su enemigo se retorcía debajo de él como un gusano, lleno de dolor y de ira. Pero el miedo daba a sus manos tal fuerza que el cuerpo que tenía debajo acabó vaciándose de toda fuerza de resistencia y quedándose quieto. Solamente los brazos, cogidos en la chaqueta, que sólo a medias había podido quitarse, se agitaban como peces en la red, y sus labios se abrían tan de par en par en torno a los dientes blanco hueso que parecían cogidos en un marco rectangular de madera. Bill levantó deliberadamente las rodillas y las apretó, implacable, como punzones, contra la ingle de su enemigo. Vio cómo chillaba algo dentro del otro del dolor que esto le causaba, pero el grito se le quedó quieto detrás de la lengua, que estaba alerta dentro de la boca. Entonces Bill se apoyó bien en el suelo con ambas manos, levantó las piernas y dejó que todo el peso de su cuerpo gravitara sobre sus rodillas, para ver si así conseguía que el otro soltara el grito contenido. Vio que la lengua parecía luchar más y más por salir, se estiraba como un cuello.