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El tren pasó por medio de un montículo y a la derecha se levantaban altos montones de arena amarilla. Luego llegó el bosque y el sol relucía entre los troncos. Irene miró entre los árboles con ojos vacíos sobre el hombro de su madre y apretó más la mano en torno a su brazo sin que ella pareciera notarlo, y de pronto el sol le dio de golpe en los ojos de tal manera que tuvo que entrecerrarlos. Pasaron por un claro con algunos árboles y oyó relinchar a un fuerte y grande caballo negro que corría y pastaba por allí, y le vio lanzarse en pos del tren, y miró a la valla que costeaba el camino, porque el caballo galopaba a lo largo de ella, y luego, cuando comenzó a perder velocidad, fijó la mirada en torno a sí y vio algo que le hizo temblar en su interior. Y bajó la vista y miró a su madre e inmediatamente supo que nada de esto habría ocurrido de no ser por la boca, por la boca de su madre; la había visto desagradablemente cerca, a bocajarro, y ahora la iba a recordar desnuda -la piel que parecía goma en torno al boquete desdentado, la tenue cinta de caucho de los labios, la lengua como de jalea que le colgaba del boquete-, desnuda también la palabra, la palabra que hubiera debido servir de respuesta, saliendo como a empellones de la lengua viscosa.
Y cuando lo oyó fue como si la levantasen en una balanza, y sus manos se alargaron y sus piernas y sus pies chocaron fuerte contra los de su madre, de modo que su madre tuvo que dar unos cuantos pasos hacia atrás, hacia la portezuela y cuando le echó las manos a la espalda para que su cuerpo no cayese contra el hierro de la portezuela resultó que no había allí portezuela alguna, y tuvo que volver la cabeza y la parte superior del cuerpo llena de sorprendido terror, alargando los brazos como quien se zambulle en el agua, lanzándose contra el guijo del terraplén. Y sus pies y sus piernas, que, durante un breve instante, se asieron reciamente al andén, se volvieron pesada, sorprendidamente, hacia la misma dirección que el torso, y mientras, poco a poco, el cuerpo entero se hundía en el terraplén, los pies se rezagaban tercamente en el peldaño, hasta que, finalmente, fueron rechazados por el tren, que se ladeó para emprender una curva.
Y el tren se lanzó ahora por una llanura, y un joven que iba por allí con una hoz y tiraba de un reno, arrojó de sí la hoz y le hizo a ella una señal con el pañuelo de colores. Y ella le vio y vio toda la llanura cubierta de exuberantes trechos de tréboles y vacas indolentes y un chalecito rojo con reluciente mirador de cristal y chimenea rota, y todo esto lo vio con ojos vacíos, muertos, y de pronto notó que se sentía mal, y abrió convulsivamente la puerta y entró con piernas vacilantes y débiles. El joven estaba sentado de espaldas a ella y no miró por encima del hombro al oírla entrar, y esto ella se lo agradeció. Abrió de golpe la puerta del retrete y empujó el cerrojo con dedos temblorosos. Luego dejó correr el agua en el lavabo y cogió un pañuelo, lo lavó y se frotó con él el rostro calenturiento. Y enseguida se sintió un poco más fresca y también más refrescada de humor, y trató de verse en el espejo, y se dijo a sí misma, lenta y persuasivamente: Ten serenidad, no te alteres, no pierdas los nervios, y sintió que la invadía una especie de serenidad apática, producto de la indiferencia, y sacó la polvera del bolsillo y se frotó bien los trozos de piel brillante del rostro, amortiguándoles el brillo.
Y al guardar la polvera en el bolsillo notó con los dedos el pedazo de papel donde él le había dejado escritas sus instrucciones: crujía en la maleta, y entonces lo sacó y leyó qué autobús tenía que tomar en qué estación, dónde tenía que bajarse, dónde estaba el chalet y dónde estaba todo en su interior. Y lo leyó con un interés pesado, lento, indolente, y miró el reloj y vio que ya pronto iban a llegar, y entonces salió y cogió la maleta y se asomó a la plataforma, y todo el tiempo estaba preguntándose si no estaría soñando. Y llegó el revisor y marcó su billete y tiró de la portezuela y ella seguía preguntándose si no sería que estaba soñando, y cuando frenó el tren y ella se bajó, seguía pensando todo el tiempo si no estaría soñando. Pero cuando pasó a lo largo del vagón hasta ver el rostro rechoncho de Agda Morin mirándola fijamente a través del cristal sucio, se dio perfecta cuenta que no había soñado, y todo el tiempo, yendo camino de la salida, sentía las miradas de Agda como rayos X contra su espalda, y trató de andar con firmeza, bien firme, aunque ahora sabía que no había estado soñando, y cuando cruzó la sala de espera con sonoro taconeo y la mirada dejó de hincársele en la espalda, comenzó a pensar, intensamente y con terco frenesí, en otras cosas. Y todo el tiempo, yendo por el camino ardiente de calor hacia la parada donde el autobús esperaba tosiendo en la plaza con el morro humeante, pensó en otra cosa. Mientras caminaba pensaba en otra cosa, y todo el tiempo se repetía a sí misma en sus pensamientos lo que tenía que hacer, exactamente como un buzo que se zambulle y se hunde hacia el fondo.