La serpiente 5 #3
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El joven se puso a leer toda una novela, o, por lo menos, una novela corta, en las promesas de los ojos de ella, y sus miradas se quedaron completamente inexpresivas de puro embriagadas, como un mar recién helado; finalmente se puso a hablar, totalmente solo, y con tanto deseo de tratar de atarla con sus palabras que se saltaba los puntos y las comas, pero de pronto recordó que había que poner un signo de interrogación, y, hecho esto, paró en seco para dejarle responder. Y ella respondió, y no porque la pregunta le hubiera interesado en absoluto, sino porque se había persuadido a sí misma de que, de esta manera, las ataduras se hacían más profundas y menos inocentes, y empezó a hablar de sí misma, pero sin destellos, y él le dijo cómo se llamaba, y ella estaba tan ansiosa de profundizar en este contacto y de añadirle peligro que le pidió le escribiese su nombre y su número y el número de su compañía en un papel, y él reaccionó con el entusiasmo de un pescador de perlas que ve una buena oportunidad. Le pidió un papel donde escribir todo aquello, y ella se transformó en una perla evidentemente muy dispuesta y dócil, y se subió graciosamente su bella maleta a las rodillas y la abrió como un rayo, y él se unió a sus esfuerzos con manos tanteantes y sugerentes, que emprendieron un pequeño viaje de descubrimiento, tan improvisado como mal disimulado. El joven estaba encantado, casi peligrosamente encantado, y ella decidió cortar este viaje de investigación con el mayor tacto posible, y darle, sin más, el papel y la pluma que necesitaba. En sus rodillas sintió entonces que la invitación que estaba implícita en la dirección del joven era torpe y tosca, pero quería conservar el pedacito de papel como una especie de recibo, un testimonio de que realmente había ocurrido algo, para sacarlo y mostrárselo a sí misma, y también a él, cuando la idea de la revancha la quemase de nuevo. Pero el joven, que se llamaba Berndt Claeson y era soldado de verdad, y no objetor de conciencia contra todo cuanto habría podido pensarse, se sentía cada vez más una especie de Livingstone camino de las fuentes del Nilo. Y ella sentía tales deseos de tener en sus manos el papel escrito que se quedó muy sorprendida cuando, súbita y brutalmente, entraron en escena un par de botas altas bien llenas, enredándose en los vuelos de una capa de luto muy rellena que descabaló por completo el campo visual de su ojo izquierdo.

-Buenos días, Irene -dijo María Sandström, rematando este acto con un gran signo de admiración.

El joven se quedó como si acabase de morder a un semental y trató de emprender una discreta y silenciosa retirada ante situación tan comprometedora. Las manos le pesaron de pronto como pesas de diez kilos, le parecieron lámparas relampagueantes, y su retirada resultó torpe y demasiado evidente. Maria Sandström persiguió a las fuerzas en retirada con implacable celo hasta que el joven consiguió refugiarse en territorio neutral.

Entonces se dejó caer de golpe sobre el banco, junto a Irene, cuyas manos salieron del fresco interior de la maleta; Irene movió lentamente la cabeza como la caseta emperchada de una grúa y fijó su mirada en el rostro de su madre a la altura de la base de su frente comba. -Buenos días -dijo, casi perezosamente, poniendo un pequeño signo de interrogación, como una tijera, en el banco, entre ambas.

Y María Sandström se acercó un poco más, hasta casi apretarse contra Irene en el alféizar de la ventana con su gran sombra, e Irene palideció lentamente como una anémona, tratando de apartar su mirada de la frente de la otra, pero estaba pegada a ella y no consiguió despegarse. Y María Sandström inclinó pesadamente su hinchado torso, su rostro, amarillento y de líneas deformes, se inclinó sigilosamente sobre Irene, y abrió la boca para hablar, y un pequeño hálito de mal aliento penetró en la nariz de Irene, donde se hinchó. Algo supurante comenzó a burbujearle en el cuello, y se dejó caer contra el respaldo en una especie de niebla de indefensión, sintiendo sin cesar que los ojos interrogantes del joven le mordían la piel. Es preciso que él no sepa esto, pensó, y se redujo a una honda concentración, es preciso que no sepa que ella es mía, sí, eso, mía.

Y se sintió llena de vergüenza, una vergüenza intensa y ardiente, y fue doble la vergüenza cuyo filo se volvió contra él y al tiempo contra su madre. Es preciso que él no sepa esto, martilleaba de nuevo en su mente, al tiempo que afilaba el puñal de la resistencia y se lo hincaba entre los dientes. Y así, cuando María Sandström abrió la boca y las palabras salieron de ella precipitadamente entre nubes venenosas de aliento, ella se sintió abrumada por el asco y estimulada a resistir, ansiosa de contraatacar en la misma medida. Su mirada se deslizó hacia los ojos de su madre, y había en ella muda, punzante insolencia, y se dijo: No tengo nada de qué avergonzarme, no he hecho nada, no ha pasado nada, si era esto lo que temías. Así era como pensaba y se sentía atrevida porque sabía que era la verdad, de forma que dejó a un lado la vergüenza, la semivergüenza, que era algo más que resistencia, que era odio, se sentó en el banco junto a la mitad de la vergüenza que todavía le quedaba.

Es preciso que se vaya de aquí, pensó, candente, el puñal se le encabritaba entre los dientes y el odio sereno se le infiltraba en todas las junturas, y cuanto mejor recordaba cómo había sido antes su vida tanto más ardía en su interior y tanto más odiaba, porque se avergonzaba de él y porque le daba asco y porque sabía, sabía con claridad transparente, que no había pasado nada, que ella era inocente y no tenía nada que oponer a Bill y a Wera. Y los celos surgieron del boquete del saco del olvido y se hincaron en ella, y se sintió desnuda ante sí misma, y mientras las palabras de su madre se disparaban por la estancia como duras balas, se incrustaban y relucían en ventanas y bancos, dejó que todos los sentimientos que la ahogaban se ocuparan de ella y la condujeran al levísimo límite donde los amenos prados del buen sentido y la meditación se diluyen en el pantano de los sentimientos, y al pasar ese límite experimentó esa leve sensación de triunfo enloquecido y pensó: Me da todo igual. Y le daba igual saber que la vieja aquella era su madre y que las duras balas de palabras charloteaban y decían que acababa de llegar de casa, que ella no se comportaba como la gente normal, que tenía que comer algo y que debía darle vergüenza. No, a ella le tenía completamente sin cuidado lo que se decía, sólo le preocupaba quién era la que lo decía, y entonces dejó el límite a sus espaldas, muy lejos, y se sintió ardientemente fresca y libre y supo de pronto cómo había que hacerlo. Y cuando el joven, torpona y tímidamente, se deslizó del banco como una serpiente y se metió en el retrete, ella se dijo que ahora era cuando tenía que hacerlo.

Se levantó despacio y midiendo cada movimiento como un tigre antes de dar el salto, manteniendo todo el tiempo la mirada fija en su madre, y cuando estuvo ante ella, larga y calmosamente, con las manos en los bolsillos del abrigo, vio su madre por primera vez la insalvable distancia que había entre las dos, y las palabras comenzaron a caer en menos gotas y, finalmente, cayó el silencio del techo y lo único que se oía eran las protestas monótonas de las junturas de la vía del tren. Y entonces lanzó Irene el pie hacia adelante y se levantó con todo su peso sobre él, se llevó las manos a los costados y dijo con toda claridad y sin nerviosismo alguno:

- ¡Ahora te vas! - Sí, me voy -dijo María Sandström, levantándose de su

asiento con un ligero y maloliente jadeo-, mi propia hija me dice que nos tenemos que ir. Bueno, pues nada.

Y las manos de la vieja se levantaron hacia el cuello de Irene, pero se detuvieron en las solapas del abrigo, se cogieron a ellas y las apretaron, y escupió, como un rayo de vapor irritado:

- De esto te vas a arrepentir de verdad, chica, sí que te

vas a arrepentir, di que te lo digo yo, so zorra.

Y la apartó de sí de un empellón, hasta el punto de que casi la hizo caer, y se volvió pesadamente y fue, silenciosa y arrastrando los pies, camino de la puerta.

Pero en la apertura misma de la puerta, cuando el ruido del tren llegó impetuoso contra ella, sintió de pronto que la cogían fuertemente por el brazo un poco por encima del codo, y entonces dio media vuelta y vio ante sí un enemigo que tenía fijos en ella los ojos llenos de amarga ira. Y solamente entonces se sintió un poco asustada, y dijo, en voz baja y llena de súplica:

- ¡Hija! -pero nadie la escuchaba, e Irene se la llevó al

andén y cerró la puerta a sus espaldas, y su rostro estaba rojo de calor y su voz era estridente y acalorada como de un animal perseguido. - ¿Qué es lo que dijiste que soy? -dijo, sin soltarle el

brazo-, a ver, ¿qué es lo que dijiste que soy?