5 #2
Y el dolor en el lado izquierdo le salía, como un torrente, por los labios, volviéndosele pequeña y amarga sonrisa de adiós, y ella sentía que estaba muy cerca del adiós, pero, de pronto, se dejó de ver el bosque, y salió de nuevo el sol, y ella se vio en medio de una llanura muy llana y ancha, con hierba pastada y vacas delgadas y un cruce de vías con el paso a nivel estúpidamente bajado, y delante había dos muchachos en sus bicicletas que miraban el tren vacuamente, masticando algo, y ella entonces se vio de pronto tirando de sí misma para bajarse de la ventanilla, y se echó hacia atrás el mechón de pelo que le cubría la frente, y se ajustó el cinturón del abrigo, y trató de quitarse, frotándola, la suciedad que se le había pegado, como un fleje de barril, al abrigo en la parte del estómago. Y frotó y frotó con mucha energía, tratando de pensar en su abrigo nuevo y en cuándo tendría suficiente dinero para comprarse otro, y luego, cuando el tren se deslizó hacia las tiendas de dos pisos de la metrópoli en miniatura, y ella comenzó a ver, a través de los escaparates exuberantes, gente que compraba y vendía, esta visión, como la de los dos muchachos en bicicleta de hacía un momento, la ayudó a meter los vagones de subconscientes mercancías por el túnel oscuro del subconsciente. Estuvo así un momento, indiferente y distraída, contando las estaciones que aún quedaban por pasar, pensando en lo que tendría que hacer cuando llegase a su destino, y luego, sin pensarlo, dio media vuelta, un poco tanteante, y fue, despacio, del brazo de la chica que era ella misma, en busca de su compartimento.
El muchacho de uniforme militar, que era redondo y tenía todo el aspecto de ser objetor de conciencia, se había sentado junto a la puerta y parecía querer compañía, porque, en cuanto la vio entrar, se la quedó mirando con una mirada curiosamente intensa para muchacho tan grueso. Pero ella estaba dispuesta a defenderse, y él no tenía la menor posibilidad de apuntarle a los ojos, de modo que su mirada fue costeando ansiosamente las indefensas líneas de su cuerpo, y no resultaba agradable estar así, agitándose nerviosamente junto a la puerta, buscando febrilmente un lugar protegido en el que sentarse. Y, a pesar de que no le miraba directamente, veía de reojo que tenía la boca entreabierta, mostrando los dientes; y el muchacho comenzó a mover las piernas, y poco a poco, torponamente, acabó levantándose del asiento y diciéndole, un poco tímida, entrecortada, a todas luces inhabituadamente (y así es como ella se dio cuenta de que no era peligroso):
- ¿No querría..., señorita..., sentarse aquí..., por favor?
Y esto le permitió a ella dar media vuelta y quedársele mirando a los ojos, vivamente sorprendida, todo el tiempo que quiso, porque sabía que los muchachos que miran como aspiradoras de polvo y hablan con mucho tartamudeo son tan peligrosos como culebras de campo. Tontas culebras inofensivas, pensó sin ningún respeto, haciéndole cosquillas al joven en las cejas con sus generosas miradas.
- Gracias -dijo al cabo de un momento, con una graciosa
inclinación de cabeza y cuello, como las que se hacen en las películas, y que comienzan en el principio mismo de la espalda. Y, sin más, con un leve suspiro que podía querer decir cualquier cosa, se dejó caer en el asiento, fijando una mirada franca y poco respetuosa en los ojos lánguidos y llenos de deseo de indígena de Samoa del muchacho, que, entretanto, iban perdiendo fuerza poco a poco como reflectores a medio descargar; su rostro se arreboló con irreprochable homogeneidad, como un pañuelo de intenso color carne, y ella, divertida, le miró al blanco de los ojos, hasta que el muchacho se puso a mirar las manecillas de su reloj de pulsera.
Entonces ella se dijo que el chico aquel era aburrido, y cuando le vio prepararse para un nuevo ataque, se volvió, en decorativo medio perfil, hacia la ventana, mientras las estacas de las vallas bailaban ante sus ojos lánguidos. El tren se había metido en la estacioncilla de la pequeña metrópoli y no tardó en perder velocidad, y entonces la valla que venía siguiéndole acabó apartándose de él, y unos vagones de mercancías descargados que había en una vía lateral ocuparon su puesto como límites del campo de visión. Ella los fue contando según surgían ante sus ojos en el marco de la ventana, y no porque le interesasen los vagones de mercancías, sino a modo de excusa para dejar de pensar, excusa que, por cierto, es muy corriente entre los pasajeros de tren. Pero enseguida terminaron los vagones, y el tren iba tan despacio como le era posible, a la sombra de un enorme hangar que se extendía a la izquierda y convertía todas las ventanas de la izquierda en verdaderos espejos. El joven aprovechó la oportunidad que se le presentaba, clavó la mirada en el espejo y trató de captar en él la mirada de ella, y lo consiguió, porque a ella también le parecía emocionante, y además porque ahora, en el cristal sucio, el muchacho parecía mucho más audaz y experimentado, tanto que casi comenzó a considerarle como un enemigo a su propio nivel, como alguien de quien tendría que defenderse hasta que un fuerte portazo en el hangar resquebrajara el espejo. Sintió necesidad de mirarle para ver si era el mismo, y sí lo era, era él, no cabía duda alguna, y ella, ante esto, cerró decepcionada los ojos, mientras el tren seguía adelante muy lentamente y todos los espejos se resquebrajaban; sintió que las miradas peludas del joven le tocaban, tanteantes, los párpados.
Se entregó al placer de soñar despierta, la islita de los recuerdos diurnos. Qué estará haciendo ahora Bill, pensó, y entonces entró Wera en su sueño, como es natural, y en primer término, y precisamente por lo decidida que estaba a relegar todo recuerdo de Will y Wera al saco de los olvidos, apenas le fue posible pensar en otra cosa. Y de pronto algo que había dentro del saco se agitó, y el saco mismo cayó al suelo, quedando allí vuelto del revés, y lo que se agitaba en su interior y debiera haber quedado abajo de todo se encaramó sobre el montón de recuerdos y rompió a reír. Ella buscó en el montón para ver si daba con algo más agradable, pero aquella cosa molesta rodó al suelo entre sus dedos, y cuando, finalmente, trató de tirar el saco vacío y cerrar la ventana contra otros mundos, el objeto aquel voló como una pelota y penetró como una explosión en su cabeza, y entonces ella se sintió decisivamente derrotada, y decidió, con mucha diplomacia, pensar en sí misma, en Bill y Wera, pensar clara y fríamente, tal y como era, exactamente como era.
Oyó llamar en su párpado y comprendió inmediatamente que era él quien llamaba; entreabrió lo menos posible sus puertas cerradas, pero enseguida las abrió de par en par, porque súbitamente se dio cuenta de que podía ayudarla. Y le sonrió con aquel aire de impotencia que tan bien tenía ensayado, y que servía para hacer comprender a los hombres que lo que ella pedía era ayuda y no galanteos, y, finalmente, pequeños riachuelos de pena de sí misma comenzaron a fluir por su interior. Se sintió reforzada como después de una copa, y la invadió una ligera sensación de revancha, la cual, poco a poco, fue subiendo como un girasol, echando raíz en ella al tiempo que sentía en sí la presencia de él, sentado enfrente, como si formase pareja con ella, mientras Bill se convertía en espectador pasivo, como una estatua curiosa y reconcomida a la salida del pasillo. Y pensó con tanta intensidad en esa estatua de Bill que, finalmente, llegó a verle con los rasgos del rostro contraídos de ira y la cabeza calva llena de manchas que no eran excremento de paloma, sino de celos, y muy cerca de ella.
Bill y Wera, este pensamiento se introdujo subrepticiamente en ella, pero ya no era tan ardiente o hiriente como antes, porque tampoco ella se sentía ya leal a Bill, y además estaba débil. Y los celos fueron disolviéndose y cediendo su lugar a una sensación mareante de triunfo que casi siempre llega en pos de los celos vencidos con ayuda de la infidelidad.