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Resiste, pensó ella, tirando la puerta hacia sí por el picaporte fresco. Sintió el aire cargado del compartimento y estuvo un largo rato inmóvil, mirando el pozo oscuro de la escupidera. La apartó de sí de una patada, dejándola bajo uno de los asientos, y entonces oyó pasos arrastrarse en el andén y sintió un sobresalto en el lado izquierdo del pecho y se cogió fuerte al picaporte y casi corrió la puerta hasta cerrarla del todo. Pero los pasos se alejaban. Dejó de respirar y trató de dejar de escuchar los pequeños ruidos que entraban como un torrente a través de las cortinas bajadas de las ventanillas; alguien respiraba a través de la rendija, un zapato se frotaba contra la madera del suelo y le pareció oír una mano que se apretaba contra el exterior de la puerta; ella entonces se apretó también de tal forma contra la puerta que casi sintió que le arañaba la piel. Resiste, se dijo con mucha energía, con la energía que le inspiraba el calor, no pueden entrar, no pueden entrar aquí ahora. Oyó un portazo en el otro extremo del compartimento y miró a la otra mitad del vagón a través del cristal sucio. Un rostro grande y exuberante apareció de pronto como una naranja sudorienta en el vano de la puerta, y con él llegó inmediatamente el resto, llenando por completo el cuadro que la puerta enmarcaba. Era un acalorado joven de uniforme militar que parecía pertenecer al cuerpo de objetores de conciencia. No le reconoció, pero se dijo que él sí la tenía que reconocer a ella, porque en el cuartel había poquísimas chicas, y las poquísimas que había eran, sin duda, tema de numerosos sueños indecentes todas las noches, y se dijo que tenía que parecer ridícula dando la impresión de bailar contra la puerta, de modo que lo que hizo fue abrirla y salir.
Naturalmente no había nadie en la plataforma, y ella se sintió un poco animada, aunque no tanto como para echarse a reír a carcajadas. Miró andén abajo y allí no había ni un gato, solamente el inspector de la estación, que miraba el reloj con los ojos abiertos de par en par como un perro bulldog encolerizado, y el reloj le miraba a él con la misma fijeza, moviendo su minutero huesudo con pequeñas e irritantes sacudidas. Pero el tren que llegaba de la ciudad era un tren de mercancías, y pocas veces llegaba puntual; sonaba ya, chillón y cortante, en algún lugar aún muy lejano, y a ella entonces se le ocurrió pensar que si se fuese corriendo hasta el primer vagón podría ver el café desde allí.
No sabía a ciencia cierta de qué le podría servir, pero pensó un momento, un momento bastante largo, por cierto, que así, por lo menos, podría ver a Bill y tener a alguien a quien hacer un guiño. Pero enseguida se dio cuenta, aunque esto no se lo dijo a sí misma, y le cogió por los labios al que quería decírselo, de que lo que a ella le apetecía era ver a Bill sentado solo a la ventana del café, o a Wera sola a la ventana, mientras él salía solo del café, y, sin decirse nada de esto a sí misma, comenzó a sentir que en su corazón le hacían pellizcos como con tenacillas, y en su interior se agitó algo parecido a la angustia sólo de pensar que a lo mejor no veía a ninguno de los dos, o los veía juntos. Pero se sentía más curiosa que asustada, y se deslizó por la plataforma y abrió de golpe la puerta del vagón siguiente. Fue exactamente como si se abriera un dique, porque, justo cuando abrió la puerta, irrumpieron las veces chillonas de las viejas como un torrente amarillo, mezclándose con el ruido venenoso de los disparos de armas de fuego que se desperdigaban desde el bosque. Vaya, las viejas, pensó, echándose atrás apresuradamente y cerrando de nuevo la puerta de golpe, quizás demasiado de golpe, pensó, y casi se le ocurrió volverla a abrir y cerrar otra vez, sólo que más suavemente, para hacer ver así que no lo hacía por mal humor. Pero en aquel momento entró torrencialmente el tren de mercancías por la vía lateral, la locomotora resoplando como si estuviera constipada, y todos los vagones, a su zaga, rebotando contra las vías. Y su tren, de pronto, se puso en movimiento con una sacudida, y ella se olvidó de la puerta y se asomó con mucho cuidado a pesar de que no había nadie a quien agradar bajo el letrero del andén, donde ponía NO FUMADORES, y vio la casa de la estación, el inspector, los bancos, todo, saliéndose de su campo visual como en una película.
Y aunque tenía un cuchillo contra la garganta para no decirse nada, ni siquiera a sí misma, sabía muy bien que vería el café, por rápidamente que fuese, en cuanto pasara el tren delante de él, pero lo único que vio, llegado el momento, fue una cortina blanca que se agitaba fuera de la ventana como se agita un pañuelo en despedida. Y aunque pensó muy enérgicamente, tan enérgicamente como cuando se muerde una nuez: Vaya, qué lástima no haber podido ver nada, algo le decía, subiéndosele por la garganta, raspándole casi la piel: No estaban allí, ni Bill ni Wera estaban allí, estaba vacío. Se habían ido los dos juntos, juntitos, los dos: Bill y Wera.
Pero el filo del cuchillo penetró en su cuello susurrante, llegando hasta las cuerdas bucales, cortándoselas, y ella entonces se encogió un poco de hombros, como excusándose, aunque la verdad era que no tenía nada de qué excusarse, y pensó, tercamente:
Vaya, qué lástima no haber visto nada. Y pensó en la cortina que se agitaba fuera de la ventana, y la vio agitarse con vuelos cada vez mayores, hasta que, de pronto, se dio cuenta de que hacía frío, y entonces, algo confusa, levantó la vista y comprendió que era porque ya habían entrado en el bosque. Hacía sombra y fresco y el sol rebotaba entre los árboles con inquietos brillos. Cuando pasaron por una pendiente quemada, cuyos árboles habían sido consumidos por el incendio, el sol volvió a arder un poco como antes, pero enseguida volvió a caer la sombra, y ella fue en equilibrio por la inquieta placa metálica que unía a ambos vagones, llegando de esta manera al suyo, y precisamente cuando iba a abrir la puerta se dio cuenta de que unas de las portezuelas se agitaba al mismo ritmo que las sacudidas del tren, y entonces combinó en su mente los movimientos de la portezuela con los de la cortina ondulante del café, y cuando se inclinó sobre el pesado objeto de hierro y fue tirando poco a poco de él hasta cerrarlo, se quedó, aunque sin darse cuenta de ello al principio, justo delante de la ventana, agitando nerviosamente los dedos a través del tul fino que cubría la rendija, mientras las vivas superficies espejeantes de sus ojos grises oteaban el panorama entre troncos de árboles y veía el irrespirable café, la máquina tragaperras, las sillas renqueantes, la mesa llena de manchas, el sucio mostrador reflectante y la puerta medio abierta que daba a la cocina, y, a través del ligero chirriar de las ruedas contra los raíles en las curvas, un ligero murmullo de voces acaloradas fue subiendo hasta ella por la ventana, llegando a quemarla, como si se hubiera encendido una cerilla en el interior de su pecho, en cuanto reconoció las voces: la de Wera, un poco chillona, y la de Bill, un zumbido raspante y lleno de superioridad. Y en cuanto se dio cuenta de esto, en cuanto la punta del cuchillo se apartó de su garganta y su voz dijo con toda claridad, como en la radio: «¿A dónde se habrán ido Bill y Wera?, ¿qué estarán haciendo?, ¿porqué no están allí?», se asió convulsivamente a la portezuela y se inclinó sobre su borde mismo, hasta llegar a ver el relucir bien engrasado y suave de los raíles bajo el peldaño. Y se infiltró en su cerebro un pensamiento desesperado que comenzó a martillear contra el yunque como un pequeño macho de fragua; se asomó más a la ventanilla, apoyándose sobre el borde, de manera que levantó los pies del suelo y su punto de equilibrio se desplazó al diafragma. Y, a veces, cuando los raíles se alargaban en las curvas, se estiraba ella también, de modo que casi podía ver la rueda zumbadora bajo el fondo del vagón, y todo el tiempo martilleaba en ella el descarado, terco pensamiento, y se acordaba, como si estuviera viéndolo en una película, de todo lo que acababa de ocurrir en aquel café. Y el pensamiento le decía, muy enérgica y rítmica y mesurada, y, al tiempo, monótonamente, como el golpeteo de los cascos de un caballo contra el empedrado: Dale, dale, hasta que se arrepienta, y aunque ella, con frecuencia, sí, justo, siempre que estaba sola, se decía a sí misma con fuerte énfasis que no estaba enamorada de él, pero nada, lo que se dice nada en absoluto, ardía ahora en celos como arden en el cielo las Pléyades, y sentía un violento deseo de vengarse, y esto era tan sencillo como inmediato, bastaba con soltar los dedos y dejarse deslizar hasta el peldaño, cabeza abajo, golpeársela bien contra el metal, y se acabó todo.