La serpiente 4.
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4.

Se notaba la brisa contra el tejado zumbando como un moscardón extraviado. El aire fresco se derramaba por el cuarto regando el aire caliente. Sobre una vacilante mesita redonda con superficie de mármol situada junto a la máquina tragaperras se desvaía un ramillete de agostadas dalias amarillas en un jarrón sucio con cuello de jirafa, y, a veces, cuando el aire descendía en picado del techo, se sobresaltaban las flores como en espasmos de agonía y la boca abierta del jarrón derramaba un goteo de agua podrida.

Sólo estaban ellos dos en el café, si exceptuamos a la camarera, pegada al mostrador, cuyos pies danzarines se reflejaban en un espejo tan polvoriento que habría podido tomarse por una lápida de concentrado polvo reflejante. La camarera ladeaba a veces la cabeza y miraba con ojos entrecerrados bajo tupidas cejas a la pareja que estaba sentada junto a la ventana, y entonces se percibía cierta tolerancia y cierta curiosidad en el ángulo de la cabeza, pero en cuanto dejaba de oír, por poco que fuese, lo que se decían, se encerraba de nuevo en solitaria y ruin irritación y volvía a reflejar en el espejo sus piernas danzarinas, desde los tobillos hasta el tenso pliegue de las rodillas.

Pasó rugiente un coche ante la ventana entre nubes de polvo que flotaban tensamente inmóviles, y se habría podido pensar que era la carretera misma que respiraba. Y Bill pensó decírselo así a Irene, al tiempo que la desportillada jarrita de la crema escupía su última y tenue gota en el café con sabor a tierra, pero, justo en aquel momento, oyó a la camarera canturrear un fragmento de Black Fantasy y sus ojos se fijaron, pasando de largo junto a Irene, en el oscuro interior de la estancia.

Lo primero que vio entre una media luz indecisa fue su propia imagen reflejada en la superficie mohosa del espejo, y, muy pegada a él, la nuca castaña y nunca quieta de Irene. Pero Irene se apartó de pronto y entonces apareció la camarera, que se llamaba Wera y era muy apetecible para bailar con ella, llenando el espejo con su figura carnosa. Se había levantado de puntillas y hasta donde estaban ellos se oyó el crujir de la falda al subírsele un poco por encima de las rodillas, y Bill pensó entonces que sus ojos y los de ella se encontrarían en el espejo, y esta idea le acaloró mucho. Encontraba, en cierto modo, muy estimulante y

emocionante estar sentado junto a una chica que quizás le quería o, por lo menos, le encontraba muy audaz, y desnudar al tiempo con los ojos a otra situada detrás de ella. Pero justo entonces sonó airadamente el teléfono en la habitación contigua y Wera dejó a Irene su puesto en el espejo y se dirigió perezosamente al otro lado del mostrador, y mientras andaba había como un contacto entre sus ojos y los de Bill; desapareció en la habitación del teléfono con tanta pachorra y tanto cimbreo que ni la puerta rompió ese contacto, el cual, por el contrario, se prolongó cuarto adentro hasta el teléfono mismo, rompiéndose solamente al sonar la voz ronca de tabaco de ella, que decía:

-Hola, Åke.

Y si se rompió entonces fue porque ella, al decir esto, cerró la puerta de una patada tan fuerte que la hizo encajar en el marco con un ruido muy hosco, y en la vasta estancia del café reinó el silencio y Bill e Irene se quedaron solos, completamente solos. Muy solos.

Irene estaba sentada de espaldas a la ventana y sentía el sordo calor del día entrar a hurtadillas por la apertura, llenando sus miembros de un sopor triste y hueco; allí sentada, en silencio, y dejando que su mirada rebotase como una pelota contra la recia y gris pared trasera de la estación, pensó de pronto que toda la vida, o, por lo menos, todo aquel día, era igual de indescriptiblemente gris y triste, y ansió intensamente algo que pudiera manchar de sangre tanto gris. Se cruzó de piernas y, aunque sabía que Bill no podía ver a través de la superficie de mármol de la mesa, no se preocupó por bajarse la falda, lo que hizo fue pasarse los dedos por la costura de la media, pero, a pesar de que recordó convulsivamente lo ocurrido aquella mañana, no se sintió de nuevo invadida por la misma ola de embriaguez. Todo estaba mudo y muerto e Irene cerró los ojos y se pasó la mano pierna arriba, por el seno de la rodilla, y luego por el muslo palpitante; se imaginó que era la mano de Bill y no la suya, y sintió calor, pero luego abrió los ojos y vio los de Bill pasar por encima de su hombro, y entonces cayó de nuevo sobre ella la gris apatía.

Levantó la taza llena de café negro, pegajoso, en cuya superficie flotaban islotes de crema, y se acordó de pronto de que, en otros tiempos, solía ser ella quien llevaba la crema a aquel sitio por las mañanas, y esto le provocó una añoranza sentimental de su casa que le surgía del más oscuro fondo de sí misma, donde comenzaban a crecer pequeños y sutiles champiñones de arrepentimiento; dejó entonces la taza en el platillo de borde parduzco y se dijo, decisiva y enérgicamente: Nada, me voy a casa, hoy me voy a casa. Que se vaya él solo a su condenada fiesta. Pago y me voy.

Y volvió un poco la cabeza para llamar a la camarera, pero en aquel preciso momento sonaba el teléfono en la cocina, y oyó a la chica que seguía charlando con su voz tabacosa, y se dijo: Bueno, espero a que vuelva. Y la oyó responder con su voz desagradable y rasposa, y por su mismo tono acariciante se dio cuenta de que era con un hombre con quien hablaba, y cuando la puerta se volvió a cerrar comprendió que la cosa iba para largo, y pensó: Bueno, pues me voy y que le den morcilla, me da todo igual. Se levantó de la silla como un rayo y se sacó un peine del bolso que llevaba en bandolera, y que, por cierto, le colgaba de una manera muy moderna, y se puso a peinarse con mucha energía. Y mientras tanto miraba por la ventana, evitando los ojos de él; oyó moverse una taza sobre la mesa y miró a ver qué pasaba, pero fue más por descuido que otra cosa, y en algún lugar de su cuerpo sintió calor y fue entonces cuando hubo de reconocer de golpe que todo aquello de levantarse e irse no servía de nada.

Nada servía de nada. Se entregó a él con la mirada, y él seguía allí sentado con ojos que turbaban su paz. Su ancha mano tanteó en el bolsillo del pecho de la guerrera, del que sacó un cigarrillo abollado y doblado que se puso descuidadamente en la comisura de la boca; luego alargó la mano en busca de cerillas, pero la manó pasó junto a ella y, de pronto, voló hacia arriba y la asió por encima del escote y se puso a acariciarla una y otra vez el pecho con los nudillos. Ella entonces se propuso no mostrar agitación alguna, porque, se dijo, alguien podía verles, y apartó de sí la mano con cierto enfado, sintiendo al tiempo surgir en su interior un leve deseo de resistencia, y se decidió a ofrecer resistencia, una cierta resistencia estimulante, como parte de su misma rendición. - Mi amor -dijo, abriendo de par en par la voz en forma

de abanico-, hale, dame un cigarrillo, uno entero.

Quería dar a su voz un tono muy mundano y voluptuoso, a pesar de que fumaba muy raras veces, y luego, cuando él le dio el cigarrillo, se lo puso muy torpe y retadoramente en medio de la boca, y cuando le ofreció fuego tragó el humo y lo sintió revolvérsele en los pulmones y tuvo que exhalarlo muy modosa y finamente por la comisura izquierda de la boca. Y él, durante todo este tiempo, tenía la llama ante sus ojos, exactamente como si quisiera iluminarla, y ella cerró el ojo derecho, con lo que la llamita se le volvió grandísima y ocultó, como chamuscándosela, toda una gran parte de su rostro en forma de corazón.

- Estás jugando -dijo él.

Parecía muy divertido, y le sonreía, y su sonrisa se volvió tan grande que el cigarrillo se le soltó del asidero de la comisura de la boca, cayendo en el pequeño fangal del fondo de la taza de café, donde se ahogó con un levísimo chisporroteo. Los dos prorrumpieron en risas y ella se sintió incluso un poco halagada al ver que reían al mismo tiempo, y se notó cálida y ligera, casi volanderamente ligera y se dijo, dándose cuenta de ello por el calor de su cuerpo, sentada como estaba junto a un hombre a quien apenas conocía, que algo tenía que estar a punto de ocurrir. Lo gris y lo triste se hundió como un pegote informe en lo más hondo de la bóveda cubriendo pesadamente los champiñones, y ella entonces pensó casi con júbilo: Algo me está pasando. Algo nos está pasando. Y volvió a coger el peine y se arregló un ricito castaño sobre la frente, y le miró a él a través del ricito y a través del humo de tabaco, más y más espeso, y le dijo:

- ¿Qué?, hay juerga esta noche, ¿no? ¿Viene con

nosotros tu amigo, el Pato Donald?

- Sí, Mattsson viene con nosotros -dijo él.

- Vaya, hombre -dijo ella, con un gran ademán, y

rompió a reír, risa cortante entre dos chupadas al cigarrillo.

- Amor mío -dijo él; se levantó de la silla y fue dando la

vuelta a la mesa hasta llegar frente a ella, se inclinó sobre ella y aspiró en su cabello.

Luego le pasó los labios hasta la oreja y la mordió muy suavemente en el lóbulo, diciendo a media voz:

-Ahora sabes exactamente cómo te tienes que poner los chismes esos, ¿no?

Y ella asintió, muy obediente y graciosa, levantando el rostro hacia él y acariciándole los labios con la lengua y torciendo la parte superior de su cuerpo de modo que sus pechos sobresalieran como limoncitos, y cuando iba a apoyar el codo contra la mesa dio con él de lleno en la taza. La oyeron quebrarse y saltar sus pedazos sobre la superficie de mármol, y él, entonces, susurró, apresurado:

- Eso lo arreglo yo luego con Wera.

Y apretó su cuerpo contra el de ella, cuyos labios se apretaron contra sus dientes; se besaron largamente, hasta que los labios de ella se apretaban contra las encías de él y los dientes de ambos se frotaban.

Ella se levantó suavemente de la silla y tan cansada y mareada estaba que no se tenía en pie, y en medio de su confusión sentía un rayo refrescante disolvérsele en el calor que la invadía. Wera, pensó angustiada, él y Wera, y recordó de pronto lo frío que había estado él antes de sonar el teléfono. El y Wera, pensó, pero entonces se le acercó él y la limpió de todo esto, diciendo:

- Ahora en seguida vienen los trenes, a lo mejor tienes

que salir.

Le trajo la maleta, y justo cuando ella iba a cogerla vio él las florecillas que se desvaían en el asa, y preguntó con un cierto tonillo áspero de recelo:

- ¿Quién te ha dado esas flores?

Un diablillo subió de pronto por su interior, induciéndola a decir con mucha desvergüenza, con tal desvergüenza que pareció tremendamente creíble. - El sargento ése me las dio, esta misma mañana,

Bohman me parece que se llama.

Y él la creyó y se ensombreció un poco, y apretó con mucha fuerza la maleta entre las manos:

-Ah, ya, el mierda ése -dijo.

Oyendo esto se arrepintió un poco, sólo un poco, de haberlo dicho, pero ya era demasiado tarde, porque iban los dos camino de la puerta, y él la tenía cogida por los hombros, y cuando estaban a punto de salir, ella se dio cuenta de que iba sola. Bill se había quedado en el vano de la puerta, y cuando la vio volverse, un poco sorprendida, le hizo un alegre y pomposo ademán de saludo, frunció los labios y dijo:

- Bueno, a las siete. Y espero que te pongas bien lo que

ya sabes.

Y ella entonces se quedó allí fuera completamente desconcertada y melancólica, paseándose por el patio de la estación hasta que oyó voces chillonas de viejas en la calleja que iba entre la casa de la estación y el seto florecido del chalet del médico, y miró y vio a su madre y a una vieja vecina, comprendió que se iban en el tren, en el mismo tren que ella, y se dio mucha prisa para que no la vieran en el patio de la estación y tuvo justo el tiempo de encerrarse en el retrete cuando ya las voces chillonas de las dos viejas resonaban por todo el patio.

Al entrar Bill vio a Wera apoyada sobre el mostrador jugueteando un poco descuidadamente con sus pechos.

- Pensaba que los señores se habían ido -dijo, sacando

de su gruta la punta de la lengua.

- Pues te equivocaste -dijo Bill, poniéndose justo

delante de ella.

Se inclinó sobre el mostrador y se puso a tamborilear sobre el cristal: allí había muchas cajitas que parecían empapadas de calor.

- Manos de soldados -dijo ella, y parecía que estaba

esperando a que le pagase.

Él se sentó de un salto en el mostrador.

- Cuidado, ten cuidado de no caerte -le dijo ella, casi

complaciente-, porque a la vieja le da un patatús.

- Bueno, pues que le dé -respondió él, acercándose

más.

- Anda, bájate -dijo ella-, y no tengas tanto

temperamento.

Él pasó las piernas por encima del mostrador y se puso a su lado.

-Cuando venga la vieja no puedes estar así -le dijo ella, y parecía muy poco inquieta.

- ¿Y cuándo viene? -preguntó él, tampoco, al parecer,

muy preocupado.

- En el tren próximo que llega de la ciudad -dijo ella,

cada vez menos inquieta en apariencia-, a las cuatro.

- Al diablo, dijo él, mirando al interior del cuartito.

- Buenas noticias -añadió, señalando con la cabeza el

teléfono.

- Vaya -ella tragó saliva, casi con apuro.

- No, no es eso -dijo él, cogiéndola bajo la barbilla.

Ella entonces se estremeció ligeramente y miró por la ventana para asegurarse de que no venía nadie, se volvió hacia él, y él se inclinó sobre ella y la besó apresuradamente. Luego se apartó y había algo áspero, algo natural e incontroladamente retador en su voz y en su manera de mirarla al tiempo que le dijo:

- Hale, pues, a telefonear.

Y dio una patada a la puerta, encajándola de golpe en su marco como una gran sombra pálida, y entonces se oyó el tren que llegaba resoplando a la estación, y se oyó el chirriar de los frenos, pero a él no se le ocurrió ninguna razón para inquietarse lo más mínimo por su llegada.