La serpiente 3. #3
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3. #3

- No es más que una pequeña serpiente. La cogí hace un

momento en la ladera. Mi padre colecciona serpientes en tarros. Las tiene de todas clases.

El sargento se apretó más aún contra la pared y se puso del color de su uniforme, sus ojos parecían muy solitarios en sus grandes mares blancos, y sus dedos se asieron nerviosamente al correaje.

- Sí -dijo, la voz se le atascó en la garganta, de modo

que no pudo decir más que «sí».

El animal marcaba sus violentos movimientos contra la tela de la mochila y el trozo de su cuerpo que salía de ella parecía desagradable y hasta siniestramente vivo. Se le notaban con claridad los movimientos tanteantes de la cabeza contra la tela, era como estar en el muelle y ver un pez nadando en el agua. De pronto se le notó que se acercaba a la apertura, y entonces las manos de Bill se volvieron precavidas. Metió para dentro la cola serpenteante y cerró a toda prisa las correas de la mochila. Luego volvió a echársela a la espalda y todo el tiempo se oía la fuerte lucha de la serpiente por salir de su cárcel.

- Bueno, pues ya ve, mi sargento, esto es lo que era -

dijo Bill, dando la impresión de que lo que acababa de decir era una especie de prolongación de la exhibición de la serpiente, una especie de chantaje, medio pensó el sargento, pero se sentía demasiado agotado para oponer resistencia.

- Bueno, pues eso -siguió Bill-, lo que quería decirle es

que me gustaría que me excusase de hacer más ejercicios por hoy. Ha sido muy agobiada esta semana, con tanta marcha, y luego, pues eso, que tenemos permiso esta noche y a lo mejor resulta que también me sale algún trabajillo.

El sargento se apartó de la pared. Salió a la luz del sol y cuando se volvió hacia Bill los rayos del sol le atacaron y se le metieron por las orejas de tal manera que se le volvieron rojas y como inflamadas, y su rostro, que estaba aún en una inquieta semisombra, parecía pálido de una manera malsana, obscena casi. Diablos, pensó Bill, pero el sargento Bohman se le acercó:

- Sí, muy bien, tiene usted permiso esta noche -le dijo,

muy bajo, y, sin más, dio media vuelta bruscamente y fue a buen paso hacia el comedor de los suboficiales. El sol le caía a plomo sobre la estrecha espalda ligeramente gibosa, y el color de la pared se le había pegado como una calcomanía a la guerrera precisamente donde los omoplatos iniciaban su curva; se podía pensar que había estado crucificado y que era allí donde le habían hincado los clavos.

Bill volvió al frescor oscuro del cuartel. Fue pesadota y algo ruidosamente hacia su catre, se quitó fusil y mochila y se echó cuan largo era. Las ventanas estaban cerradas y de los cincuenta y dos catres le llegaban indecisos olores acres. Un momento después dormía profundamente y sudaba, y cuando despertó se dio cuenta, por el ruido reinante dentro y el zumbido de voces que llegaba de fuera, de que ya tenía que haber pasado la hora de la comida, o sea, que tenían que ser más de las doce del mediodía.

Se acordó de Irene y del café y siguió echado un rato, dormitando, pensando en ella solamente, y así siguió, amodorrado, un poco más de tiempo, entresoñó con ella, y en el sueño veía a Irene y al sargento Bohman sentados en el banco del campo de golf y se besaban, y él se acercaba furtiva, subrepticiamente al grupo, y tenía bien apretada en la mano una granada lista para tirar. Pero no conseguía decidirse sobre la distancia apropiada para tirársela, y mientras daba vueltas en torno a ellos con la granada en la mano comenzó a sentir que la mano le quemaba, y de pronto oyó como un silbido y la granada le reventó en la mano. Pero no le hizo daño, y cuando miró se dio cuenta con horror de que los fragmentos de granada que le cubrían la mano eran pequeñas serpientes ondulantes.

Y entonces se sintió de pronto completamente frío, y al mismo tiempo empapado en sudor, y despertó y se bajó del catre. En el suelo vio la mochila, en su interior se percibía un silencio de mal agüero, y Bill se inclinó y la cogió con gran cuidado, como si estuviera llena de explosivo, y la metió en su armario, dejó encima el fusil y lo cerró rápidamente. Luego oyó al teniente de turno que llegaba para inspeccionar el cuartel y se refugió detrás del armario, y sólo cuando hubo pasado el peligro reapareció sigilosamente y consiguió llegar hasta el borde del bosque sin que le viera nadie. Una vez allí echó a correr por un sendero cubierto de agujas de pino y el corazón le latía violentamente y tenía las manos bañadas en sudor. Recordó de pronto su reciente sueño y tan intenso fue el recuerdo que no pudo menos que mirarse las manos.

Pero tenían el aspecto de siempre, un poco demasiado anchas y quemadas por el sol, con venas azules a flor de piel.

Y entonces se sintió un poco avergonzado de sí mismo y aminoró el paso y volvió a ser el mismo de siempre. Frío. Tranquilo.

Y cuando llegara al café, pensó, tenía que ser exactamente el mismo de siempre. ¿Ves, Irene?, diría, aquí estás, tan tranquila, esperando a alguien. No será por un casual a mí a quien esperas, ¿eh?