3. #2
A continuación se oyó el tren que jadeaba y estaba a punto de aparecer en la curva, y ligeras nubecillas de humo se esparcieron sobre las copas de los árboles. La locomotora apareció entre la maleza resoplando y jadeando con pesadez de hombre viejo, con su séquito de vagones a su zaga, ruidosos como un molinillo de café. El grupo de Bohman despertó y se pusieron a hacer señas perezosamente a unas chicas jóvenes que les miraban y se reían asomadas a la ventana de uno de los vagones. En la plataforma trasera del último vagón un capitán estaba ocupado con su pipa, y justo cuando el capitán pasaba delante de Bohman sucedió algo inesperado. Bohman saltó como si le hubiera picado la serpiente, dio unos pasos en zigzag y aulló a su grupo:
-¡Cierren filas!
Y cuando los doce se situaron a sus espaldas, en fila cerrada, se oyeron los primeros disparos de fogueo al otro lado de la vía del tren.
En circunstancias más realistas esto habría sido catastrófico, y es seguro que la mayor parte del grupo de Bohman habría quedado muerto sobre el terreno, pero esta vez las consecuencias sólo fueron catastróficas para el humor del sargento Bohman, que se volvió hacia los suyos, gritando:
-¡Al ataque!
Y él mismo se lanzó hacia adelante como un caballo desbocado, seguido por once de sus hombres. El único que se quedó en el campo de batalla fue Bill, pero no porque estuviera herido, todo lo más un poco soñoliento. Bill dejó a un lado su fusil, se quitó la mochila y fue con mucha cautela al lugar donde la serpiente se balanceaba un momento antes como una flor al viento.
Había desaparecido, pero a Bill le pareció ver una sombra oscura esconderse rápidamente bajo las ramillas, y se puso a apartar de allí a patadas la maleza seca. Oyó un irritante silbido y los movimientos deslizantes cesaron, y, sin que Bill supiera a ciencia cierta cómo había sido, el reptil se enroscó en torno a su bota y se vació de veneno contra su pernera. Hecho esto quedó como exhausto, colgado, lacio, de la pierna a la que seguía enroscado, y Bill se quitó entonces el gorro y se lo puso a la serpiente en la cabeza, cogiéndola como en una tenaza contra el dedo índice y el pulgar. Tiró de ella hasta forzarla a soltarle la pierna; la parte que estaba libre se agitó violentamente en el aire, y cuando Bill trató de meter a la serpiente por la abertura de la mochila, ésta le opuso fuerte resistencia, pero acabó fatigándose y entrando en el boquete, y Bill empujó el gorro, con la cabeza de la serpiente dentro, hasta que sintió el contacto del fondo de la mochila. Entonces la soltó, sacó rapidísimamente el gorro y cerró la mochila, sin dejar de oír durante todo este tiempo los movimientos del animal, que daba vueltas y revueltas en el fondo de la mochila, en busca de una salida. Al cabo de un rato quedó en silencio, y entonces Bill se levantó, ató cuidadosamente la mochila, se la echó a la espalda, cogió su arma y salió al trote en busca de sus compañeros.
Cuando llegó al pequeño claro ya la lucha había terminado, y heridos y muertos estaban formados en fila y escuchaban una conferencia sobre estrategia del sargento Bohman, que, según todas las reglas estratégicas, debiera haber sido yo matado siete veces.
El calor se derramaba entre los troncos y todos sudaban a más no poder. Ni la menor brisa les refrescaba, y el calor era tal que casi torcía las piñas. Las mochilas colgaban de las espaldas como jorobas, los cañones de los fusiles quemaban y las palabras del sargento Bohman caían en oídos sordos y sin obtener reacción alguna, como agua de un grifo goteante. El sargento levantó la vista, fijándola en el verdor lacio, como buscando en él alguna especie de inspiración, pero el verdor le deparó la misma falta de comprensión que los rostros sudorosos y hoscos de su grupo. De pronto oyó un crujir en el sendero de la vía del tren, y cuando el sargento miró hacia allí vio a Sternberg, el número 62, acercarse pesadamente. No me cae a mi muy bien el muchacho éste, pensó Bohman, y cuando terminó de pensar esto se dio cuenta de que tenía que haber habido alguna pausa en su conferencia, porque no conseguía dar con el hilo de lo que había estado diciendo, y se dijo que a ver si el número 62 llegaba de una vez para poder echarle una buena riña antes de que la pausa se hiciera demasiado larga.
Por fin.
- Llega usted tarde, 62 -dijo el sargento-. No ha estado
usted oyéndome, 62. ¿Es que ha estado usted cazando mariposas, 62?
Estuvo un momento en silencio, para que se oyeran las risas, o, por lo menos, las sonrisas, pero no las hubo, y el sargento tuvo que continuar, algo desconcertado:
- Usted, 62, no participa en los ejercicios con el
condigno -¡vaya palabra bonita!- interés. Hoy es miércoles. La compañía, por lo tanto, tiene permiso esta noche. Pero los que no participen en las sesiones de instrucción no pueden disfrutar de él. Queda claro, ¿no? Por lo que se refiere a usted, 62, me gustaría tener una pequeña charla con usted antes de que volvamos hoy. Bueno, ahora vamos a adecentarnos un poto y en tres minutos nos ponemos en marcha. Bueno, a ver, usted, cabo Svensson, dé orden de formar. ¿De acuerdo?
- Sí, mi sargento.
Bohman se retiró a la sombra de los pinos contiguos y disfrutó de un momento de contemplativo frescor. Sí, eso es, pensó, así es como hay que hablarles: al grano y militarmente, ni una palabra que sobre, justo así. Luego se miró el reloj, que le colgaba de la muñeca como un tarugo caliente. Apenas pasados tres minutos, el cabo gritó:
- ¡Aaaatención!
Se oyeron taconazos y salpicaduras, y Bohman salió de la sombra y dijo en voz alta:
- Tomo el mando. Y luego:
- ¡Pelotón!, ¡maaaarch!
El paso regular de la marcha se oía como un ruido sordo y seco contra la tierra. La tropa cruzó la vía del tren, pasó por la zona talada y se encauzó por el camino que conducía al cuartel. Nubes de polvo surgían en torno a las piernas, y los fusiles les colgaban como objetos muertos sobre el hombro derecho. Bill marchaba junto a Mattsson, que llevaba la culata de su lado, golpeándole al andar.
- Oye -le dijo, en voz bastante baja-, te vienes conmigo
esta tarde. He hablado con Irene.
- Mmmmmm -murmuró oscuramente Mattsson-, de
modo que Irene viene también.
- Buena chica -dijo Bill-, sí, viene también, tengo que...
En aquel momento gritó alguien, fila abajo:
- ¡Silencio en filas!
Y justo entonces la cabeza de la fila torcía camino del cuartel, y el sargento Bohman se adelantó, gritando:
- ¡Atención!
Los tacones chocaron contra el guijo, alguien tropezó con un tocón y masculló un juramento; tanto calor hacía que el sudor casi calaba la guerrera y los zapatos estaban casi blancos de polvo y los cuerpos exhalaban un olor ocre. Los doce se pararon delante de su cuartel, fue un parón tan en seco que más bien pareció caída de bruces, y después de ponerse firmes con la culata del fusil contra la cadera izquierda se fueron dispersando todos en grupos perezosos por los alrededores.
Sólo Bill se quedó allí, a unos metros de distancia del sargento Bohman, que estaba ocupado en explicar al cabo Svensson ciertos sutiles matices tácticos, y se puso a limpiar con los dedos el cañón de su fusil, que tenía arena. Luego cogió la mochila y tiró de las correas de modo que se le acomodase mejor a la espalda. En aquel momento se oyó ruido como de algo que se arrastra y una especie de silbido como un chorro de vapor poco potente. El animal volvió a tranquilizarse y Bill dio los pocos pasos que le separaban del sargento, taconeó, y dijo:
- Mi sargento, el soldado Sternberg, número 62,
presente.
Bohman le miró con una pequeña sonrisa de irritación en la comisura de la boca.
- Muy bien, 62 -dijo, apartándose del cabo con un ligero
movimiento de cabeza y dirigiéndose hacia el cuartel.
Bill le siguió de cerca, y cuando el sargento se volvió para mirarle se le acercó unos pasos más sin poner en absoluto cara de haber faltado al reglamento. Había algo altivo y desdeñoso en aquella manera de presentarse, y el sargento Bohman tenía ya en la punta de la lengua algo cortante, pero Bill se le adelantó, sin darle tiempo a decir nada:
- Mi sargento -dijo-, he encontrado una cosa, una cosa
muy curiosa. ¿Quiere verlo, mi sargento?
Dejó caer a tierra la mochila y se inclinó sobre ella para soltar las correas, la volvió de pronto del revés y salió del boquete algo reptante y negro y muy serpenteante, y el sargento dio un paso atrás, dándose casi con la pared. Bill se le acercó unos pasos hasta casi echársele encima y le dijo: