La serpiente 3.
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Ahora el sol se salía de una nube y un calor incandescente le caía sobre el cuello y la espalda. Todo el claro del bosque se bañaba en la luz implacable, y él se redujo a sí mismo al mínimo posible para encontrar lugar a la sombra de la losa. La frente empezaba a gotearle de sudor y se quitó el gorro y lo dejó sobre la piedra. Luego levantó la cabeza como un lince que husmea hasta que sus ojos estuvieron a la altura de la muesca practicada como una cuña en la piedra. Esparció entonces su mirada por la pendiente talada, que se hundía en serenas mesetas, cuesta abajo, hasta donde estaban los raíles del tren. Toda la cuesta estaba llena de mutilados tocones que parecían verrugas en la piel de la tierra, y entre las verrugas se asomaban, amedrentadas, las losas, tan regularmente emplazadas que casi daban la impresión de un campo de tumbas. Y detrás de cada losa, bastante grande para ocultar un cuerpo con su mole, yacía un soldado que parecía enterrado allí, y el más enterrado de todos parecía el sargento, echado, como si estuviera posando, en una hondonada, detrás de una de las losas de primera línea.

La luz del sol se derramaba sobre ellos como una lluvia caliente, y el cañón del fusil casi quemaba cuando él lo atrajo hacia sí y lo dejó deslizarse por la muesca. Se incorporó, poniéndose de rodillas, y se puso la culata contra la mejilla, cerró el ojo izquierdo y ajustó el arma de modo que la línea de tiro coincidiese con lo que exigía el reglamento, y que la boca del cañón se atuviese a la mira con la exactitud de un tornillo de banco. Dejó descansar el arma, insegura, en la muesca, y se dijo que aquello era como estar en el teatro y buscar con gemelos a los actores en un escenario desierto. Toda la tierra ennegrecida, oscurecida por el sol, se extendía ante él como vacilando, y justo donde la piedra terminaba, y donde él había ajustado la puntería, notó de pronto que el escenario no estaba desierto. La línea de visión que iba de su pupila, por la mira de su fusil, alargándose a saltos audaces sobre las trampas de la cuesta, tocaba tierra bruscamente en una nuca plana, y él entonces vio que era la nuca del sargento, y mientras buscaba la guarda con el dedo y lo adelantaba poco a poco hasta el gatillo, se dijo: Si es cierto que hay eso que se llama transmisión del pensamiento, el sargento Bohman tiene que sentir ahora que le escuece un pinchazo en la nuca, y tiene que volverse hacia aquí, y si tuviera yo ahora un cartucho en el cargador y apretase el gatillo, la bala le daría justo en la mandíbula, debajo de los dientes, y él caería de bruces contra sus rodillas, manando sangre por el boquete, justo debajo de los dientes, que tendría todo el aspecto de una boca extra.

Pero la nuca del sargento Bohman no se movió de donde estaba, el sargento estaba sentado, mirando, como una mosca tonta, bajo la visera de su gorro militar, y toda su figura, al amparo de la piedra que tenía delante, mostraba una estúpida, expectante indolencia.

Ojalá fuera el enemigo, pensó él, abiertamente hostil, y apretó el gatillo una y otra vez, pero el sargento no llevaba una cinta blanca en el brazo izquierdo, que era la señal convenida para distinguir al enemigo. Al contrario, era jefe de operaciones del grupo entero, y llevaba ya media hora echado allí, al sol, acechando al grupo de Svensson, que, según las previsiones, debería situarse en vanguardia, en el bosque, al otro lado de la vía del ferrocarril. Pero todavía no se había visto el menor atisbo de las cintas blancas en el brazo izquierdo, y una indolencia sorda que subía poco a poco, al ritmo mismo del calor, iba apoderándose del grupo de soldados. Desde un punto de vista militar podía decirse que estaba produciéndose un cierto relajamiento de la disciplina. Los que no estaban echados demasiado cerca del sargento, habían llegado a desabrocharse botones que debieran estar abrochados, y de detrás de muchas de las losas subían al cielo columnitas blancas de humo de tabaco, a pesar de que no se había ordenado descanso.

Solamente el sargento Bohman seguía echado igual que un ratón muerto en su hondonada. Miraba fijamente a la maleza que se extendía más allá de la vía férrea, tenso como un arco, pendiente del gran momento en que volvería a ser jefe de operaciones, fuerza unificadora que conduciría a sus tropas contra fuego y tempestades a aplastar al enemigo. Sus ojillos, disciplinadamente encajados bajo la breve maleza de las cejas, disparaban andanadas contra el borde del bosque, pero los matorrales las resistían impávidos, exudando verde malevolencia. De pronto volvió la mirada hacia atrás, y, justo cuando iba a fijarla en la losa, pareció como si se hubiera quedado paralítico, sus ojos se abrieron y giraron en sus cuencas y su frente se cubrió de goterones de sudor como diminutas alimañas. Todo su cuerpo se contrajo en un enorme músculo de espanto. La maleza se arrastraba hacia la piedra, reptando sobre su vientre de un verde venenoso. Se detuvo de pronto ante un destacamento de ramas resecas, que se abrieron de par en par mostrando un reptil gris de lengua cortante. La serpiente, la serpiente, la serpiente, pasó como un relámpago por su cabeza, calentándosela, oprimiéndole el cerebro, todo el fondo del paisaje desapareció y lo único que existía ya era el cuerpo de la serpiente, cada vez más grande. La serpiente oscilaba como el péndulo de un reloj vuelto del revés, y las miradas del sargento se salían de sus cuencas.

Pero enseguida toparon sus ojos con un relucir en el borde del bosque, y se le ocurrió pensar que fuera alguno de los oteadores del grupo de Svensson que acechaba entre los arbustos con la funda del mapa vuelta hacia arriba, de modo que el celuloide reflejaba el sol. Trató de ponerse tenso, de olvidarse de la serpiente que yacía con la lengua agitada entre las ramillas a dos metros de distancia de su cabeza, pero cuando volvió a refugiarse, agazapado, contra la losa, para ocultarse a las miradas de los oteadores, se extendió el cuerpo de la serpiente como una larga sombra sobre todo su campo visual, y él se quedó allí, jadeante, mientras una contracción se cerraba como un anillo de hierro en torno a su cuerpo.

Tengo que hacer algo, pensó febrilmente, y sus pensamientos fueron tanteando en torno a los troncos de los árboles como un borracho perdido en un bosque. Tengo que acopiar mis fuerzas, se dijo, tenemos que prepararnos para el combate. Tenemos que cruzar la vía del tren y cogerles por la espalda. Tengo que hacer algo, yo, yo, yo, esto palpitaba en su interior, mientras el anillo de hierro seguía contrayéndose y él sentía las miradas invitadoras del grupo hincársele en la espalda. Es preciso, se le marcaba a fuego en su interior, y trataba de salir de la contracción que le sujetaba mientras la sombra amenazadora de la serpiente se le enquistaba en el globo del ojo y una sensación de fracaso se derramaba por su interior, volviéndose tan fuerte que, finalmente, le pareció oír el zumbido de las risitas y las carcajadas retumbándole en las orejas.

Pero los doce del grupo de Bohman que estaban echados y dormitaban a la sombra de sus losas habían perdido toda sensación de participar en un combate, y solamente uno de ellos, el que se llamaba Bill, había visto al descuidado oteador con la funda del mapa abierta acechando en el borde del bosque, y en cuanto le vio se sacó a toda prisa del bolsillo un pañuelo más o menos blanco, fijándolo a la punta de la bayoneta y agitando a continuación el arma sobre su cabeza a fin de que el oteador pudiese localizarle. Evidentemente lo consiguió, porque el otro se puso a responder a la señal con el relucir de la funda del mapa, y, al cabo de un rato, estaba ya abriéndose paso entre la maleza, al otro lado de la vía del tren, y era de suponer que el grupo de Svensson empezaría a prepararse para el ataque.

Bill se estiró, contento, a la sombra fresca de su losa, y se puso a silbotear bajo entre los dientes. Mattsson, el número 16, que estaba echado, medio dormido, con el gorro contra los ojos, despertó bruscamente y volvió a él la mirada. Buscó perezosamente el arma con la mano abierta y apuntó a Bill. Apretó el gatillo, con un ligero clic. Bill, contento, entrecerró los ojos contra el sol y dijo, hablando al aire:

-Ahora ya no tenemos necesidad de seguir aquí, sudando la gota gorda.

Crujieron las ramillas en el borde del bosque y un matorral se agitó como sacudido por un temporal.

-¿Por qué no hace nada el condenado sargento?

-dijo Bill, abriendo la recámara de su fusil.

-Sí, la verdad -dijo Mattsson, fijando la mirada en su losa.

Pero el sargento Bohman seguía rígido en su agujero como una rama cortada y no daba la impresión de ver nada.

- Sí, la verdad -dijo Mattsson.

En aquel momento se deslizó Bill de su puesto y cogió a Mattsson por el brazo con tanta fuerza que casi le tumbó.

- ¿No ves? -le susurró, y en el tono de su voz había algo

ávido y casi aterrador-, ¿no ves la serpiente?

Los dos se inclinaron hacia adelante, echados por tierra, y vieron la serpiente, como una sombra negra, salir de la tierra como de un agujero, y vieron el cuerpo delgado agitarse melódicamente sobre la cabeza del sargento.

- ¿Crees que muerde? -dijo Mattsson a media voz,

sintiendo ligeros estremecimientos subirle espalda arriba como burbujas de aire.

Pero Bill no contestó, y Mattsson le miró furtivamente el rostro. Allí vio algo extraño y cuando Bill le miró a su vez a los ojos su mirada era tan cortante que casi se los hendió.

- Tiene miedo -dijo Bill, y la voz sonaba como si saliera

de medio pulmón sólo, muy asustada.

- ¡Mira, mira!

Pero Mattsson se estremeció como presa de un escalofrío y volvió a agazaparse al amparo de su losa, comenzando a cargar su fusil con munición de fogueo.