2.
Cuando despertó, el calor agobiante se había introducido en el barracón, la sábana parecía una toalla de baño empapada en torno a su cuerpo y la manta había caído al suelo. Las cortinas verdes seguían ocultando las ventanas abiertas, y ofrecían resistencia a la luz del sol, aunque ninguna al calor. Allí dentro reinaba una reverencial semioscuridad, igual que en la iglesia, pensó ella, y éste fue su pequeño y soñoliento pensamiento matinal, mientras comenzaba a liberarse de la sábana. Era como salir del baño, ahora tenía los pies descalzos y se hacía señas a sí misma con los dedos. Se le quedaron las piernas desnudas, todavía no se le habían tostado al sol, las tenía blancas como cera de cirio, y esto le hizo pensar de nuevo en la iglesia. Levantó las rodillas de modo que la sábana se tensó como un puente sobre la parte superior de su cuerpo, y estuvo así un rato, completamente inmóvil, y una sensación anestésica de calma y sereno deleite se extendió como alcohol por su sangre. Ahora estaba completamente sola, ni siquiera tenía encima a la encargada, que solía rondar por allí, como las moscas y los mosquitos, que también estaban por allí siempre. No, estaba completamente sola. Las otras siete camas se abrían ante ella como sacos vacíos, esparciendo un olor dulzón por toda la estancia. De los extremos de las camas colgaban los camisones y las mantas húmedas, y junto a la puerta se veía, abierta, la bata de la encargada, tan florecida e hinchada como su dueña.
La condenada vieja, pensó la chica que estaba en la cama, sintiéndose llena de voluptuosidad. Bailaba entre la cortina una leve, suave brisa, entrando en el cuarto, y todo el largo, maravilloso viernes, se extendía ante ella allá afuera, esperándola. Lenta, pausadamente, dejó caer la sábana al suelo, y estuvo así echada un rato, desnuda, mirando al techo con los ojos cerrados. Su mente vagaba entre la perspectiva de propósitos del día iniciado como se pasea uno por una calle de feria bordeada de atractivos tenderetes. Ahora, lo que voy a hacer es asear un poco el barracón, pensó la chica, me baño y luego me voy a comer algo en la cocina, y después me cambio de ropa y me voy a casa de visita. Entro en la cocina, justo como de costumbre, y hago como si no hubiera cambiado nada. Hola, papá; hola, mamá; buenos días, les digo, cuánto tiempo hace, aquí todo sigue exactamente igual. Pues, fijaos, como tenía tiempo, pues fui y me dije: voy a ver cómo están. No creáis, que allí hay mucho que hacer. Hay trescientos hombres, bueno, más o menos, en el cuartel, de modo que ya os podéis suponer. Y entonces ellos, sin duda, le dirían algo, a lo mejor le preguntaban qué tal le iba, y ella entonces respondería que no le iba mal, no era como estar en casa, claro, después de todo allí estaban en barracones: paredes desnudas y camas de hierro, pero no le iba mal a pesar de todo, y tampoco le convenía dar la impresión de estar muy angustiada. Y luego ellos a lo mejor le preguntaban a qué se debía que, desde que se había ido, ya no volvía nunca a casa. Y ella entonces, naturalmente, contestaría, pero, por supuesto, sin tono de ruego en la voz, que quizá se había comportado de una manera algo tonta, algo nerviosa quizás, esto es lo que diría, y así sonaba mucho mejor, había estado algo deprimida, eso es lo que diría, le pasaba algunas veces, esto su madre tendría que comprenderlo. Bueno, pero todo esto se iría resolviendo solo, todo era cuestión de ir acostumbrándose. Todo acabaría yendo de nuevo a pedir de boca. Lo que se dice todo.
Fue hacia la cama, levantó el colchón y apretó la frente contra el fondo de la cama: era refrescante como hielo, con el calor que hacía en el barracón. Ahora iba a estarse echada un ratito más, saboreando bien la dulzura de no tener nada que hacer. Y luego se levantaría y haría todo lo que se había propuesto. Justo eso, ni más ni menos. Al pie de la letra. Nada se interpondría entre ella y sus propósitos. Nada. Y así estuvo, echada, aclarándose sus propósitos en la mente, y el fresco escozor de la cama se esparcía por todo su cuerpo como una decisión serena, refrescante.
En aquel momento oyó de pronto rápidas zancadas contra la tierra crujiente de hojarasca, un tacón con tachuelas resonó contra una piedra, y la chica comprendió que el primer desayuno había terminado y que los trescientos hombres saldrían en seguida en masa del comedor y se distribuirían por los barracones y se formarían en pelotones y en grupos e irían corriendo en torno al bosque, echándose detrás de los troncos cortados, o bien se echarían con toda calma, como ahora, a hacer prácticas en el campo de tiro. Pero el paso que se acercaba era de un solo hombre, e iba derecho a su barracón, derecho a su ventana, sin la menor vacilación, y ella, entonces, se dio cuenta de pronto de quién era.
Bill, pensó, qué pesado, no, no me levanto, que se quede esperando ahí fuera si quiere, ya puede hacer carantoñas y charlar y silbar, que lo que es yo no me levanto. Siguió allí sentada, sin moverse, completamente desnuda, y dejaron de oírse los pasos contra la tierra. Está ahí, se dijo ella, está ahí fuera, pero no dice nada, está completamente silencioso ahí fuera. Levantó la cabeza y escuchó, y el fondo de la cama chirrió. Ahora sabrá que estoy aquí, pensó ella, irritada, escuchando con más atención.
Y entonces le pareció oír una respiración justo ahí fuera, y una brisa pasó por la ventana, y era cálida, y se sentía como un hálito, un hálito, una cálida vaharada que le enjuagaba la cara, y de pronto fue como si alguien respirase en sus oídos, como si alguien susurrase cálidas palabras, como si allí no hubiera pared alguna, como si el hombre que estaba ahí fuera hubiese llegado ya a ella, yaciese junto a ella, respirase en su oído. Sentía que le palpitaba la cabeza, se sentía complementa mareada y ardiente de inquietud. Voy a mirar si es él, pero no prometo nada, no prometo lo que se dice nada, pensó, agitadísima e incoherentemente, y se incorporó, apoyándose en un codo. Y entonces, de pronto, se dio cuenta de que estaba desnuda, y cogió la sábana del suelo y se envolvió con ella los hombros como si fuera un chal. La frescura de la sábana húmeda tan cerca de ella la sació, volvió a sentirse casi tan fría como antes, y extendió dubitativamente los brazos, y separó las cortinas verdes.
Le vio allí fuera, al sol que se precipitaba entre los pinos, y al principio no le veía muy claramente, porque la luz del día la cegaba. Cerró los ojos contra el sol y sintió el calor esparcirse cautamente sobre ella, y luego abrió por fin los ojos, y entonces le vio muy cerca de ella, sonriendo. La sonrisa estaba impresa oblicuamente en el rostro de él, como siempre, y ella vio sus dientecillos amarillentos, sus labios agrietados, y el cigarrillo a medio apagar que le colgaba, casi verticalmente, de una comisura de la boca. Tenía la cabeza desnuda, el gorro del uniforme lo llevaba metido en el cinto como un scalp indio, y el pelo le caía sobre la frente, sombreándole un ojo. Él dio un paso hacia atrás, pero como indiferentemente, entrecerró los ojos y le dijo, sin quitarse el cigarrillo de la comisura de la boca:
- Vaya, algo has pensado. Y lo has pensado por ti y ante
ti.
Y frunció los ojos y miró por encima de ella, hacia el interior de la habitación, y añadió:
- ¿Tienes una cerilla?
Ella entonces se bajó de un salto de la cama, y al bajarse de un salto soltó sin darse cuenta uno de los extremos de la sábana, y él pudo ver un atisbo de su pecho; volvió, apretándose la sábana muy prieta en torno al cuerpo, y le tiró una caja de cerillas.
- ¡Ahí tienes! -le dijo, su voz parecía un poco huraña,
porque no quería aparentar interés-, ¿hay algo especial?
- Sí -dijo él, encendiendo el cigarrillo que tenía cogido
en la mano-, vamos a tener una pequeña fiesta, algo que tenemos que celebrar.
- ¿Y qué es? -preguntó ella, y su voz no era ahora nada
huraña.
- Pues un cumpleaños, por ejemplo -respondió él
tirando la cerilla por encima de su cabeza-. Mi cumpleaños, por ejemplo. - Ah, ya -dijo ella-, pues te vas a divertir.
- Sí, la verdad -respondió él-, vamos, lo que se dice una
barbaridad.
- Pues yo voy a la fiesta -dijo ella, y ahora su voz era casi
sumisa-, ¿a dónde pensáis ir? -añadió.
- No, nada, es que tengo fichada una casita -explicó él-,
en Älvsjö, y es del padre de uno de la pandilla. Vamos varios. Pero el viejo no está en casa, de modo que la tenemos para nosotros.
- Ah, bueno -dijo ella.
- Y te diré, había pensado -propuso él, acercándose más
a ella, todo lo que la pared le permitía que tú podrías adelantarte un poco para organizar las cosas esta tarde.
- Sí, claro, por supuesto que lo habías pensado -dijo
ella-, ¿y qué si a mí no me apetece, y qué si me da igual todo eso?
Se puso de rodillas, echándose atrás sobre la cama para aumentar la distancia entre ellos; él, entonces, se sacó el cigarrillo de la comisura de la boca y lo dejó caer al suelo, y se la quedó mirando, fijo a los ojos, sin sonreír en absoluto, y ella entonces volvió a acercarse, de rodillas, a la ventana, tratando también de mirarle fijamente a la altura del tercer botón. Y vio inesperadamente que el brazo de él se movía, que su mano caía sobre el cinto y volvía a subir rápidamente, y algo pasó silbando contra el marco de la ventana, y miró y vio una bayoneta hincada allí, entre ellos dos.
- Bueno, vale -dijo, y ahora él sonreía, y la sonrisa le caía
oblicua sobre el rostro, como siempre.
Ella miraba la bayoneta, temblorosa aún como una jabalina que acaba de dar en el blanco, y vio la hoja cortante, y las astillas amarillentas saltadas junto a la punta. Su mirada fue más allá de la bayoneta y se fijó en el hombre, que seguía allí, detrás de la hoja, y de pronto volvió a ser enteramente como hacía un momento: cuanto calor, qué mareante, cuánta sangre se le agolpa a una. Y sin decir una sola palabra dejó caer la sábana y se quedó así, desnuda, ante la ventana. Su cabeza, atontada casi de puro confusa, se inclinó hacia adelante, pasando junto a la bayoneta, hacia el hombre, y él mordió su boca como si estuviera frenético, y mientras se besaban cayó al suelo la bayoneta, deshincándose del alféizar, y ella, entonces, se cortó en la muñeca con el filo, y fue como si hubiera sentido dos mordiscos al mismo tiempo. Uno allí y el otro en la boca. Él, entonces, la soltó y ella se dejó caer sobre la cama, y él cogió la bayoneta ensangrentada y se la volvió a meter en el cinto. Antes de irse de allí se inclinó sobre el marco de la ventana y dijo:
- Ven a las doce a tomar café.
Ella asintió, incapaz de resistencia, y en seguida oyó sus pasos rápidos, seguros, que se alejaban hacia el campo de instrucción. Y entonces fue como si le odiase. Y oyó el nuevo día que empezaba, los trescientos o trescientos noventa y nueve hombres que salían ruidosamente del comedor, y en algún lugar se oyó a alguien aullar:
- ¡A formar!
Y el chirrido que hacía el bloque de cierre al encajar en las armas. Ella, entonces, se bajó de la cama y se puso a vestir su cuerpo desnudo, diciéndose al tiempo que era evidente que aquel día iba a ser muy distinto.