La serpiente 1.
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La serpiente

La serpiente

Por Stig Dagerman

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1.

Tanto calor hacía que casi se habría podido tostar café sobre los raíles del tren. Entre el guijo, las traviesas relucían cortantes y al otro lado de la vía se desvaía un campo de avena a medio madurar. Más allá del campo se arracimaban unas cuantas de las casas de madera color rojo oscuro de la aldea, y en medio del racimo se levantaba el palillo agudo de un asta de bandera. La estación, como un coloso, yacía sobre la llanura, oprimiéndola, y en la explanada que se extendía ante ella se levantaban pequeñas columnas de polvo. Muy lejos, saliendo de la inmensidad verde, se acercaba un tren. El humo flotaba sobre la chimenea de la locomotora y se volvía nubes que se cernían como champiñones a lo largo de la vía. Era casi la una y el tren llegaba como a empellones al borde del pueblo adormecido.

En el banco que había ante el retrete de la estación se sentaban dos viejas, emperchadas como gorriones en el hilo del teléfono. Una de ellas miraba al sol con un solo ojo y trataba de tostarse las verrugas. La otra miraba con curiosidad en torno a sí y sus ojos de rata registraban inmediatamente cuanto había de interés en las cercanías. Sobre el cemento del andén había una pequeña maleta solitaria con centelleantes apliques metálicos. La maleta tenía un asa de cuero muy resistente, y esto no tenía mucho de particular, pero, sujeto a uno de los lados, había un ramillete de muertas florecillas color naranja.

Exactamente igual que un ahorcado, pensó la vieja de los ojos de rata, dando un golpecito en el costado a su compañera.

-Este año hay mucha sequía -dijo, mirando el rostro de la otra tan de cerca que casi lo tocaba.

Era un rostro sombreado por el ala del sombrero, y los ojos pestañeaban impotentes, y las pupilas trataban de abrirse paso en aquella oscuridad. Los párpados estaban tensos como pellejos de tambor, y de la comisura de un ojo despuntaba una lágrima, tratando de bajar por el puente de la nariz y regando, a su paso, un par de verrugas, hasta ir, poco a poco, diluyéndose con la saliva que asomaba de la comisura de la boca. Y en este momento se entreabrieron los labios y la punta de la lengua serpenteó en la apertura como la cabeza de una serpiente.

- Sí –dijo-, tiempo de lavar.

- Jijiji - los ojos de rata, hinchando los carrillos, es en

verano cuando se piensa en agua.

Y volvió a mirar muy de cerca la boca de la otra. Tal era el silencio en aquel momento que se habría oído a un piojo subirse a un árbol en plena jungla, y ese silencio lo cortaba el tren como una hoja de afeitar.

Cuando las viejas se levantaron del banco sonó un crujido en la puerta de la casa secreta, y se oyó un ruido seco de pasos contra el guijo. La de los ojos de rata fue rápidamente hacia allá, pero sólo con la mirada, echándose sin embargo hacia atrás con mayor rapidez todavía, y la vieja del lavado entrecerró los rojos reflectores que le servían de ojos y, volviendo sus luces hacia su compañera de viaje, dijo:

- Creo que mi hija se va por ahí, de viaje.

Y se dirigió hacia donde estaba el tren. La otra mujer recogió su paquete polvoriento del suelo y fue arrastrando los pies detrás de ella, exactamente como quien anda con los esquís puestos. Las dos viejas se subieron al tren como ratones tímidos y se introdujeron tan imperceptiblemente como les fue posible en el compartimento medio a oscuras. Estaba casi vacío, solamente había en él un sujeto gordo, pegado al tabique, y su rostro sudaba a chorros contra el cojín. Hacía mucho calor, pero también es verdad que todas las ventanas estaban cerradas; unas moscas zumbaban levemente en las rendijas, sin acertar a salir.

- Bueno, nos sentamos -dijo la gorda de las verrugas. Era ella quien tomaba ahora la iniciativa, haciendo un amplio gesto de invitación en dirección al sofá. La otra se dejó caer en él junto a la ventana, se quitó el sombrero y sintió un gran alivio, como quien consigue quitarse una corona de espinas. La gorda comenzó a desabrocharse las botas en torno a las pantorrillas hinchadas; era como arrancar restos secos de masa de las paredes de una artesa.

De pronto alguien se asomó a la puerta del compartimento, a través de la rendija se oyó un disparo bosque adentro, pero luego llegó como un torrente el tren que se cruzaba con éste, y el ruido de su llegada ahogó todos los ruiditos. El tren se puso en marcha.

- Pues, sí, mi hija también va en el tren -dijo la gorda,

hincando una pequeña cuña en el recio silencio-, ¿a dónde irá?

Entraba aire por las rendijas de las ventanas. Un rayo de aire sutil y claro rozaba su rostro. Así no, pensó ella, así no. En casa cerró alguien una ventana en el primer descansillo de la escalera.

La iglesia pasó deslizándose por la llanura con el campanario a la cabeza, luego llegó el fresco túnel del bosque. El sol chispeaba entre los troncos.

El acalorado señor que estaba junto a la ventana se extendió un pañuelo sobre el rostro, que se le empapó de humedad como un papel secante y reprodujo en su superficie sus rasgos como una máscara mortuoria.

Así no, así no. -Sí, Irene -dijo María Sandström, sintiendo la corona de espinas en torno a su cerebro, a pesar de que ahora el sombrero estaba en el banco empapado en sudor.