La serpiente La fuga que nunca ocurrió #3
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La fuga que nunca ocurrió #3

El cultísimo escritor se inclinó, irónico:

- ¿y cómo, si me permite usted la pregunta? Un

pensamiento salvaje, fantástico, relampagueó un instante en el cerebro de Scriver. En aquel mismo instante se dio cuenta de lo que tenía que hacer: asesinar a aquel sujeto tan ridículo. - Si tiene usted la bondad de venir conmigo a la ventana -dijo-, tendré el honor de demostrarle cómo pienso rematar su concepto.

La bola se hinchaba cada vez más. Scriver echó a un lado al poeta y se subió a la mesa que estaba junto a la ventana.

- ¡Qué diablos...!-dijo el poeta, pero el cultísimo escritor le hizo callar.

Scriver miró a la calle. En la acera, casi justo debajo de él, había una gran bolsa blanca. La lluvia la golpeaba como si fuera un tambor. Estaban altísimos. En un portal, casi enfrente del hotel, vio a una chica con boina color rojo oscuro que le miraba. Scriver le hizo un guiño, por más que se diera cuenta de que ella no podía verlo desde tanta distancia. Estaba allí esperando a que dejase de llover.

Se volvió con cuidado sobre la mesa de la ventana hasta que estuvo con la tripa hacia el interior de la habitación. Miró por encima de las cabezas de los otros y apuntó a una miniatura que colgaba en la pared del fondo. Lentamente alargó el brazo y se asió a la superficie húmeda del muro, al tiempo que ponía el pie izquierdo en la cornisa. Con infinita lentitud se fue deslizando por la cornisa con pequeños movimientos atentos y espasmódicos hasta quedar como un crucificado, aunque en dirección contraria, entre ambas ventanas. Volvió cuidadosamente la cabeza y entonces algo se le hincó en el ojo, y, aunque sabía que lo que estaba haciendo era muy peligroso, volvió más aun la cabeza para ver lo que era. Era la bola dorada del asta de la bandera, que estaba allí lamiendo la lluvia, tan cerca de él que con sólo que diera un saltito caería justo encima de ella.

Se deslizó más a lo largo de la pared y no tardó en verse sobre el alféizar metálico de la otra ventana.

Los otros dos le miraban, convencidos de que ahora entraría de nuevo en la habitación. Cuando el poeta se dio cuenta de que, por el contrario, iba a continuar, le gritó:

- ¡Pero entra de una vez, so loco de atar!, ¿no ves que

vas a caer a la calle?

- ¡Al diablo! -dijo Scriver; y sentía sobre él una

serenidad alegre, reluciente y lisa como u n globo-. No soy yo de los que piensan que la huida al punto de partida es un recurso progresivo. Cuando se huye hay que buscar nuevos lugares de refugio. Dile esto al cultísimo escritor.

Volvió la cabeza y vio al cultísimo escritor asomado a la otra ventana. Parecía lleno de curiosidad. Scriver miró hacia abajo, a la chica de la boina que estaba al otro lado de la calle. Levantó la mano y le hizo una seña, pero ella seguía inmóvil, mirándole con ojos como platos. Scriver sintió inquietud en medio de su serenidad. Luego, cuando quiso seguir por la cornisa, se dio cuenta de que terminaba allí, porque la ventana se encontraba en la esquina misma de la casa. A continuación vio el tubo de desagüe del alero, al otro lado del cual comenzaba otra cornisa. Estaba recién cubierto de chapa reluciente y bajaba en picado hasta la calle. Encima había una ventana abierta con unas cortinas de encaje que colgaban como la lengua de un perro. Seguramente le sería posible, dando un paso largo y cogiéndose bien al tubo del desagüe sin soltarlo en ningún momento. Era demasiado tarde para volverse. Miró abajo, a la chica, una vez más. Estaba apoyada contra el portal y tenía las manos cogidas sobre el vientre y le miraba con gran fijeza. De pronto comenzó a sentir escalofríos, aunque no soplaba el menor viento. Muy por debajo de él vio un letrero de tienda que salía de la pared como el dorso negro y reluciente y convexo de un búfalo. Unas cuantas cerillas flotaban en el arroyo y Scriver se dijo que no las habría visto con más claridad si hubieran sido troncos de árbol. Los aleros murmuraban como fuentes y la lluvia le pinchaba con traidoras punzadas como de aguja. Alguien reía incontenible y áspera- mente calle de Drottning arriba.

Para no seguir tiritando se inclinó hacia adelante y cerró ambas manos en torno al tubo de desagüe. Estaba frío y sus bordes cortaban. Pasó la pierna por encima de él y tocó con el pie la otra cornisa. Entonces levantó el otro pie y dejó caer todo su peso contra el tubo del desagüe. El pie colgó sin sostén en el aire y Scriver tardó un tiempo espantoso en afianzarlo, pasando sobre el tubo de desagüé, en la otra cornisa. El pie resbaló sobre la chapa metálica nueva, deslizándose por ella sin que le fuera posible pararlo ni hacer nada. El cuerpo, implacablemente, se dobló hacia afuera y, al final, tuvo que soltar el tubo de desagüe para no romperse los brazos.

Cayó de espaldas contra el reborde de la acera. Fue tan terriblemente rápido que ni siquiera pudo asirse al asta de bandera que, de cualquier modo, estaba demasiado lejos. Pero aún alcanzó a oír chillar a la chica de la boina, y su chillido desapareció para él casi al mismo tiempo que dejó de sentir la lluvia.