KATE
KATE
K ate está volviendo a Gloucester Crescent, recorriendo las calles con cuidado, con unas bolsas repletas de comida y la pierna mala dándole guerra.
Camden Town está muy concurrido esta mañana; sus habitantes han salido a disfrutar del calor de principios de verano, y Kate lo observa todo con nitidez gracias a sus gafas: los vendedores de café que gritan en la esquina, los vendedores de dulces, las madres que acarrean a sus niños en las caderas, los trabajadores y los hombres de negocios, todas las clases sociales mezcladas en el extraño caos que el ferrocarril ha traído a estas calles.
A veces piensa en que, a pesar de su fracaso en la vida, el mundo sigue siendo el mismo.
Los días nublados, inmutables. El atardecer.
El rugido de su estómago. Sus pasos sobre el asfalto mientras va de la casa al mercado y vuelve.
Como ha sido siempre. Como era cuando era niña, en Brompton.
Un día sigue al anterior, monótono e invariable, y se funde poco a poco con el siguiente.
Tan solo su tristeza, voluble, danza entre ellos.
Al pasar junto a los cocheros que aguardan con unos caballos que resoplan al calor la mañana, se plantea por un momento la posibilidad de alquilar un carruaje para que la ayude con la pesada compra, pero, conforme se acerca a ellos para preguntarles por el precio, oye una vocecita que grita:
—Dickens ha muerto. Dickens, el gran novelista, ha muerto.
La voz se alza sobre el ruido de la calle.
Kate se gira hacia la izquierda y hacia la derecha, tratando de hallar su procedencia.
Sigue el sonido, dejándose arrastrar por él a través de la cacofonía de la calle hasta el cruce en el que el repartidor de periódicos trata de ofrecerles sus ejemplares a los transeúntes, que lo miran sin prestarle demasiada atención.
Quien le está dando la noticia es uno de los niños de Charles, piensa Kate distraída.
Con sus ojos pequeños y hundidos y cara de hambre.
Él le habría dedicado unas palabras amables.
Pero ella permanece inmóvil en el borde de la acera mientras las crinolinas y los codos envueltos en abrigos la rozan, con las pesadas bolsas balanceándose a ambos costados.
Se hurga los bolsillos en busca de una moneda y le compra un periódico al muchacho, que sigue con su canturreo.
—Dickens ha muerto. Dickens, el novelista, ha muerto.
La tinta sigue fresca. Le mancha la mano. Kate baja la mirada al titular y lo lee con detenimiento.
La muerte del gran novelista.
Charles, muerto. Las palabras flotan ante ella. Le parece imposible.
¿Cómo es que no la ha avisado nadie? Ha muerto y nadie le ha dicho nada.
Charles está muerto, se repite, pasando los dedos por las columnas de texto, tratando de asimilarlo.
Piensa, asustada, en que ahora seguro que los niños la necesitarán.
Necesitarán que se ocupe de todo, que los consuele.
Tiene que hacer algo, tiene que ir a verlos.
Piensa en la muerte de su propio padre, en que pareció destruir una parte de ella y dejarla vulnerable.
Empieza a preguntarse, como una loca, si debería ir a Gad’s Hill en la última diligencia.
Pero nadie la ha llamado, ni siquiera le han enviado un mensaje.
Un hombre pasa a su lado para hacerse con un periódico y se choca con las bolsas de la compra. El repartidor la mira molesto.
—Apártese, señora, que está impidiéndoles a las damas y los caballeros llegar hasta mis periódicos.
Aturdida, da un paso atrás y casi se tropieza con la acera, pero recupera el equilibrio y se cuelga las bolsas del hombro.
Vuelve a ponerse en marcha, se abre paso entre la multitud para cruzar la calle y se dirige a casa a través de un mar de periódicos bajo los brazos de la gente, o abandonados en la calle, pisoteados, o abiertos y leídos en los rincones, mientras lleva el suyo en la mano.
Al llegar a casa, se sienta a leerlo en el salón y vuelve a quedarse mirando las palabras como si fueran a reordenarse por sí solas sobre la página, y entonces, al ver que no ocurre, apoya la cabeza en las manos.
Por la tarde va a verla Katey, pálida, con su vestido de luto negro azabache.
Se abrazan con torpeza en el vestíbulo. Kate le pregunta cómo están todos, qué tal está Georgy, cómo se lo han tomado los chicos, y su hija responde con ojos cansados.
Y después se sume en el mundo que hay más allá, el mundo de plumas negras y campanas sonoras y cintas de sombreros de crepé, el mundo del que tanto se había reído Charles cuando era joven.
«Con todos nuestros respetos, informamos a los amigos del señor Winkle que su funeral tendrá lugar tan pronto como fallezca».
Palabras de otra vida. Pickwick y Alfred Jingle, llamado así en honor al gato de Georgy.
Charles bailando delante de la puerta de entrada, con los libros abiertos bajo el sol invernal.
Está muerto, se dice a sí misma. Está muerto, está muerto, está muerto.
Durante los días siguientes recibe tarjetas de pésame, con unos bordes negros solemnes, que caen con suavidad sobre el felpudo; condolencias redactadas con cortesía pero que, en realidad, apenas dicen nada.
Entre ellas, una de la reina. Una tarjeta dedicada a una viuda.
Puede que fuera una esposa a medias, pero al menos, a ojos del mundo, soy una viuda en pleno derecho, piensa con ironía.
Pero en la casa reina el silencio. La gente deja de visitarla, salvo Helen.
En ocasiones se siente como si hubiera caído en el agujero que ha dejado él.
Como si durante todo este tiempo su presencia la hubiera sostenido, le hubiera dado sentido a su propia existencia, a pesar del silencio que los ha separado durante tanto tiempo.
Charley le envía una carta para comunicarle los planes para el funeral, que, al parecer, incluyen una ceremonia fastuosa en Westminster que Kate está segura de que Charles no ha podido pedir y a la que, como sabe sin que se lo tenga que decir nadie, no está invitada.
Ante las tragedias, la gente interviene de inmediato, claro. Pero, según la experiencia de Kate, cuando se trata de algo más incómodo, como la desesperación, desaparecen, por miedo a contagiarse, como si fuera la fiebre tifoidea o el sarampión.
Entonces, una mañana, mientras Helen está ayudándola en el jardín, una vecina llama a la puerta. Es una mujer alta con un pelo lacio y plateado y unas manos largas y delgadas a la que Kate ha visto entrar y salir de la casa de al lado.
—Espero no molestarla, señora Dickens —le dice la mujer—. Quería venir a verla para darle el pésame. Soy su vecina.
En el fresco de la casa, Kate se lava las manos para deshacerse de la tierra del jardín, se las seca deprisa con la toalla y se enjuga el brillo de la frente mientras piensa en que no tenía que haber abierto la puerta.
Helen trae el té y se sientan las tres juntas en el pequeño salón, bebiendo de unas tazas de la mejor porcelana de Rockingham.
Hablan sobre bebés, sobre matrimonios y sobre los seis nietos que tiene Kate, todos hijos de Charley. La mayoría niñas. Sobre el marido de Katey, Charlie Collins, que está enfermo y al que creen que ya no le queda mucho tiempo de vida. Y entonces se quedan en silencio.
La mujer la observa con expresión pensativa.
—He oído que no la trataba bien —dice en voz baja—. Su marido.
Kate alza la vista sobresaltada.
Nadie habla nunca de Charles con ella, aunque sabe, por supuesto, que la gente sí habla a sus espaldas.
Al final, Kate se ha convertido en un vacío, tal y como esperaba él.
Pero también ha sido culpa suya. No ha hablado con nadie de lo que Charles le hacía sentir; se ha dicho a sí misma que no se lo podía permitir.
Pero su temor, en realidad, es que no sabe qué es cierto y qué no.
Ahora, por alguna razón, la gentileza de esta mujer hace que quiera responder por primera vez.
La mira mientras la señora deja la taza con delicadeza en el platillo y le sostiene la mirada.
—No siempre… no siempre me ha tratado bien —dice Kate, insegura, en medio del silencio, y espera a que ocurra algo, a que alguien le diga que se equivoca, que la corrijan o le digan que es boba, o que la ignoren, como si ellos supieran más del tema que ella.
Pero su vecina tan solo asiente, como si quisiera que Kate continuara hablando.
Fuera, la calle está en calma esta mañana. Un pájaro atraviesa el cielo azul revoloteando a lo lejos. Se lanza en picado y desaparece tras las casas.
Piensa en intentarlo. En intentar encontrar las palabras por sí misma.
La vecina sigue mirándola desde la silla con unos ojos grises y amables. Helen también está sentada en silencio junto a la ventana. Pero es un silencio agradable, apacible.
Y, vacilante, Kate comienza a hablar.