ANNE
ANNE
A hora mismo, la gran casa de Londres está vacía.
La familia pasa la mayor parte del tiempo en Kent, donde están más a gusto.
Yo vengo todos los días a limpiar el polvo.
Cambio las sábanas y las aireo para evitar que les salga moho, y froto la plata para mantenerla brillante e impecable, sin manchas verdes.
Si se detiene algún reloj, lo bajo y lo mando arreglar para asegurarme de que marque la hora correcta, por si alguien regresa y lo ve.
El pequeño teatro que construyeron juntos está vacío, sin usar, y a mí me parece algo triste, pero eso es lo que pasa con los hijos, que crecen y pierden el interés en esa clase de cosas.
Y esta ya no es una casa de niños, una casa familiar.
Su corazón la ha abandonado. Aun así, yo sigo yendo cada semana a limpiar los asientos con un buen producto para madera y desempolvar las lucecitas que hay salpicadas por el escenario, para tenerlo todo listo por si acaso cambian las cosas y la sala se vuelve a utilizar.
A pesar de lo mucho que parecía divertirse la familia aquí, a pesar de todos los juegos, los invitados y las fiestas, ninguno de los hijos parece tener muchas ganas de casarse y venir a vivir aquí, y tener hijos propios para divertirse de ese modo de nuevo.
Georgina y Mamie vienen de visita de vez en cuando y pasan una o dos noches aquí, ya que Katey se ha marchado, se ha casado con el hijo del señor Collins y, según cuentan, no es feliz.
Me aseguro de tener los dormitorios preparados para las visitas y para sus doncellas, el té caliente en la tetera y las chimeneas encendidas para cuando el carruaje se detiene delante de la casa.
Entran, ya inmersas en una conversación frenética sobre bailes, obras de teatro que quieren ver, fiestas y visitas, y, antes de que suban a prepararse para todos esos planes, me sonríen y siempre se aseguran de preguntarme por mi familia, sin detenerse durante el tiempo suficiente como para que pueda responder.
A veces oigo a la gente especular sobre lo que ha ocurrido; hablan de él y de ella como si fuera asunto suyo, mientras que ella, en el ojo del huracán, permanece siempre en silencio, mientras se desata a su alrededor.
Al principio me enfado, aunque sé que no tengo ningún derecho.
Y luego pienso que, bueno, ¿acaso no he hablado yo misma por ella?
¿No os he contado lo que es y lo que no es, no os he contado su historia con mis propias palabras, como ha hecho siempre todo el mundo, y como el señor Dickens hizo conmigo?
¿Y acaso no es eso lo que les sucede siempre a aquellos que guardan silencio?
A veces el señor Dickens viene por aquí, cuando tiene algún asunto de trabajo en Londres.
Me saluda distraído y se marcha para seguir con lo que tenga que hacer.
No hablamos mucho, pero tampoco es que haya demasiado que decir.
Solo comentamos cómo están sus hijos, qué necesitan que les lleven, y yo tomo nota de todo para ocuparme de ello.
En ocasiones me pregunta cómo le va a mi pequeña Catherine en la escuela que él paga, aunque no pronuncia su nombre.
«¿Cómo está tu brillante hija?» o «¿Cómo le va a la señorita Cornelius?
». Le contesto que le va bien, y le hablo sobre tal o cual premio, y de que tiene un don, precisamente, para las palabras.
Y el señor Dickens se ríe y dice que no lo sorprende.
Y luego se marcha a su despacho y se sienta delante del escritorio para responder cartas o comprobar sus finanzas y, cuando lo miro a la luz tenue, parece la persona más cansada del mundo.
Apenas sé nada de la hija de los Ternan.
Salvo una vez que el señor Dickens la trae a casa.
Estoy segura de que es ella. Entra a toda prisa, con los ojos tapados por el sombrero, para que no la reconozca nadie.
En el vestíbulo, le quito la capa y veo en su rostro el alivio que siente por estar escondida, y, aunque yo la puedo ver perfectamente, hago como que no.
Voy a prepararle un té mientras el señor Dickens busca lo que ha venido a buscar, sea lo que sea, y, cuando vuelvo con la bandeja, la joven está de pie, con la mano apoyada en el sillón de la señora Dickens.
No es más que un detalle sin importancia, pero me sobresalta, y durante un espantoso momento me planteo pararme en seco y decirle que quite la mano de ahí.
Pero tan solo dejo la bandeja en la mesa y le sirvo el té, y ella se lleva la taza a los labios y se bebe el té humeante, y se sienta con ella en el sillón de la señora Dickens, con los brazos apoyados sobre la funda que la señora había bordado con sus propias manos.
Al final decido no arriesgarme, por supuesto.
Mantenerme a salvo, como siempre he hecho. Al final, la mía no ha sido más que la historia de una cobarde, de principio a fin, a pesar de todos mis grandes planes.
El señor Dickens y la joven no se quedan mucho tiempo.
Tal vez unos diez minutos. La chica se marcha con la misma discreción con la que ha llegado, sale al aire frío con el rostro oculto, como si no quisiera que nadie sepa que existe.
O quizás eso sea lo que quiere él. Ya que la suya, al final, también ha sido la historia de un cobarde, a pesar de su inteligencia y de lo mucho que habla sobre la verdad.
Tiene tanto que ocultar… En eso somos iguales.
Cuando empieza a atardecer, recorro los largos pasillos con las llaves colgadas de la cintura y compruebo cada habitación para asegurarme de que todo esté en orden.
Guardo la plata bajo llave, apago las lámparas de gas y les doy de comer a los gatos de la casa, que deambulan a sus anchas por las habitaciones para ayudarme a ahuyentar a los ratones.
Cierro la puerta del despacho y echo la llave para que los papeles del famoso señor Dickens, al menos los que él desea que se lean, estén protegidos.
A veces me siento como si estuviera sola en un decorado vacío.
Y cuando el día llega a su fin, y suenan las pesadas campanas del reloj de caja alta sin que nadie las escuche, cierro con llave la enorme casa y la dejo ahí, junto a la carretera, silenciosa y deshabitada.
Me pongo la capa y la cofia y me alejo de ella a través de las oscuras calles, en dirección a Talbot Street, y abro la puerta de mi casa, donde está mi Ned, tumbado en la cama y tosiendo bajo la manta, y mi Catherine, que ya ha vuelto de la escuela y está sentada a la mesa con los libros de los que tanto disfruta.
Y me mira con los ojos de Jem cuando entro, y siento, una vez más, que todo lo que consideraba valioso ha resultado ser insignificante, y todo lo que consideraba insignificante ha resultado ser aquello por lo que daría mi vida.
Que de algún modo, a pesar de todo lo que he hecho, y de todo lo que no he hecho, hay gente que me quiere.
Y eso, a decir verdad, es más de lo que merezco.