La señora Dickens KATE
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KATE

KATE

U n día, Helen le lleva un libro con recetas metidas entre las páginas que ha rescatado de la casa de Brompton tras la muerte de su madre.

Kate va pasando las páginas amarillentas con los pies apoyados en el reposapiés, acariciando las manchas y las salpicaduras con los dedos.

Empieza a preparar de nuevo los viejos dulces escoceses que a Charles no le gustaban mucho.

Tiene la cocina llena de bloques de mantequilla, pasas y sultanas jugosas, canela, nuez moscada y clavo.

Por primera vez desde la época de Furnival’s Inn, por primera vez en veinte años, prepara una cena completa de principio a fin, sin ninguna cocinera que la observe con los labios fruncidos.

Pescado al horno y pudín suizo, la receta que aprendió en Lausana y que aún le sabe al aire fresco del lago.

Charley tiene que quedarse hasta tarde en el trabajo y Helen está ocupada, pero pone la mesa de todos modos y se come ambos platos mientras lee el periódico.

Empieza a salir a solas; acude a reuniones privadas en las que la gente la trata con cariño y evita mencionar a Charles, supone que por consejo de los anfitriones.

Nadie se queda mirándola con la boca abierta, como temía.

Cada noche, se sienta en la cama con el pelo recogido en unas trenzas y escribe sobre lo que ha hecho en su diario: «Una cena alocada en la casa de los Hardmans», cuenta.

«¡He bebido champán por primera vez desde hace años! ».

Brooks, el dramaturgo, le envía entradas para las funciones inaugurales de sus obras.

En dos ocasiones las rechaza, incapaz de soportar la idea de tener todas las miradas clavadas en ella mientras entra en el teatro.

Pero la tercera vez se arma de valor y acude.

Al entrar, oye murmullos por aquí y por allá, pero mantiene la vista clavada en los diseños de la moqueta, para no fijarse en si alguien la está mirando.

Y, cuando la obra comienza, y ya nadie puede verla, se queda allí sentada sola, riéndose a oscuras.

Todos sus hijos se van. A India. A Australia.

Por supuesto, a ella no se le permite opinar sobre los planes que traza Charles para ellos.

Solo se entera cuando van a tomar el té con ella y se lo cuentan, titubeantes, con las mejillas sonrojadas y nerviosos.

No tiene permitido despedirse, pero quizá sea lo mejor.

Y tampoco le dicen las fechas; cuando Kate se lo pregunta, los chicos parecen aterrados.

Solo queda Charley, pero, por supuesto, se casa.

Con la agradable chica que Kate quería para él.

Está convencida de que les va a ir bien. Charley está destinado a ser feliz.

A veces Kate piensa que su marido no soporta a sus hijos.

No los traga. A su Alfred, tan bonachón; a su Henry, tan sensato y desgarbado, con esas extremidades tan largas, y miope, como ella.

A Plorn, a quien ahora Kate apenas conoce.

No son lo bastante inquietos para él. Lo bastante ambiciosos.

Se le parte el corazón por ellos, al igual que cuando se fueron a estudiar a Francia, ansiosos por demostrar su valentía.

Esforzándose al máximo por no llorar para que su padre les dijera que eran unos hombres estupendos, que estaba orgulloso de ellos.

A Anne no la ve nunca.

Podría preguntarle a Charley cómo le va, pero, por alguna razón, cuando tiene ocasión de hacerlo, no consigue que le salgan las palabras.

Tan solo sabe que, de tanto en tanto, recibe algo.

Un ramo de flores secas delante de la puerta el día de la boda de Katey con Charlie Collins, a la que, por supuesto, ella no estuvo invitada.

Una fotografía que se cuela por el buzón de Plorn con su uniforme, regordete y solemne, en un sobre marrón con el sello del fotógrafo.

Un collar que se dejó en Tavistock House, un corazón de piedra blanca de Broadstairs, liso y suave.

Recuerda lo que sentía al llevarlo, frío y pesado contra el pecho.

Recuerda los dedos de Anne en la nuca al desabrochárselo con cuidado mientras sufría las contracciones.

Durante un momento, cada vez que encuentra alguno de esos objetos, la embarga la tristeza, la pérdida.

Quiere protegerse de ellos, como si fueran puñetazos.

Piensa en pedirle al señor Lemon que le escriba una de sus cartas legales a la señora Anne Cornelius para solicitarle que corte todo contacto con ella, para que deje de abrumarla con sentimientos que no desea sentir.

Me abandonaste, piensa. No puedes cruzar a escondidas la línea enemiga para venir a por mí de nuevo.

Pero sigue aceptando todo lo que le llega, y lo deja en el tocador o lo guarda en un cajón, y vuelve al piso de abajo y siente las grietas de su corazón, pero también siente cómo se resiste y lucha contra la tristeza.

Pensaba que se moriría sin Anne. Sin su marido. Sin sus hijos. Pero ahí está. Viva.

Cuando el verano da paso al otoño, llega un paquete para ella, bien envuelto en papel de seda marrón.

Es algo que ha estado esperando. Retira el papel y el cordel, saca la cajita de color rojo oscuro y examina las palabras grabadas en relieve con letras doradas: Steward and Co.

, Londres . Cuando Helen se va y la casa vuelve a sumirse en el silencio, sale al jardín, se sienta en la silla de mimbre y se envuelve bien con el chal.

Abre la cajita, apoyada en el regazo, y saca una montura de metal, ligera y pequeñita en sus manos.

La despliega y se la lleva con cuidado a los ojos.

La masa verde se separa y cobra nitidez.

Las hojas se dividen y se multiplican. Las flores se descomponen en pétalos, estambres anaranjados y tallos de un verde intenso.

Un espectáculo caleidoscópico. Las nubes se dispersan como la leche cuajada.

Sobre la casa, una bandada de pájaros se aleja hacia la ciudad volando bajo, y cada ala se perfila como una sombra negra y nítida contra el azul del cielo.

Kate lo contempla todo desde la silla.

El cielo se va oscureciendo sobre ella. Aparece la luna, una esfera escarpada con protuberancias e imperfecciones. Y las estrellas. Puntos de luz diminutos en el terciopelo que parecen moverse conforme los observa.

Permanece allí sentada en el jardín hasta que el aire empieza a cargarse de humedad.

Entonces se quita las gafas, las vuelve a dejar con cuidado en la cajita y la cierra con un leve chasquido.

Y se queda allí, a oscuras, imaginándose las cosas que han debido rodearla desde el principio sin que ella las viera.

Y le parece extraordinario.