La señora Dickens ANNE
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ANNE

ANNE

U na tarde de otoño, el señor Dickens vuelve a casa solo.

Lo veo por la ventana, remangado hasta los codos, encendiendo un fuego en el jardín, uno más grande de los que podemos encender dentro de casa.

Dispone la leña, añade periódicos viejos en los huecos y lo prende todo con una cerilla.

No tarda en arder. Luego entra en la casa, en su despacho, que da al jardín, y saca sus cartas, montones y montones de ellas atados con cintas.

—Ayúdame, Anne.

Es una orden, no una petición. Me pongo manos a la obra de forma automática y recojo las pilas de cartas, tan pesadas como ladrillos.

Entre los dos acarreamos todas las cartas que ha recibido jamás, miles y miles de palabras que se extienden por los papeles como insectos negros, azules y morados.

Entre ellas veo las de Kate, inconfundibles.

«Mi querido Charles». Una letra infantil sobre un papel de carta amarillento de los Hogarth.

Vislumbro fragmentos de ellas, los detalles de unas vidas entrelazadas, de la familia, los viajes, los criados y las casas; una mala noche, una pared que hay que pintar, un dolor de muelas.

Tiramos los montones a la hoguera, uno tras otro.

El señor Dickens tiene el mismo aspecto que cuando sacó el pastel de ciruela del sombrero y todos los niños se quedaron boquiabiertos, y los adultos también, yo incluida, pero esto, por supuesto, es el truco opuesto.

Está haciendo desaparecer algo. Es la manera de dejar tras de sí tan solo su voz.

La gente ya está poniendo en duda la carta con mis palabras que ha dado la vuelta al mundo.

Se rumorea que no se ha hecho ningún favor.

Que se queja demasiado. Por lo que ahora quiere tener la última palabra.

Sobre ella, sobre sí mismo, sobre lo que les sobreviva.

El viento sacude las cartas, que revolotean bajo el calor abrasador, y, cuando las llamas empiezan a envolverlas, cada página tiembla y se ennegrece y se enrosca hasta desaparecer. Las palabras de ella se alzan en volutas hacia los edificios y se esfuman.