La señora Dickens KATE
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KATE

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C uando empiezan a llegar visitas a Gloucester Crescent, emergiendo una a una de su silencio incierto, Kate se guarda las tarjetas de visita que recibe y crea un álbum con ellas, con las letras Cartes-de-visites grabadas en la portada, en una caligrafía plateada y serpenteante.

Anny Thackeray aparece en la primera página.

Luego Cruikshank, Tennyson, Bulwer-Lytton, Augustus Egg, Caroline Norton, Harriet Beecher Stowe…

Le escriben dedicatorias o le dejan fotografías, a la antigua usanza, como en la casa de su infancia.

Cada una es un símbolo de fe. Piensa en lo sola que se ha sentido todo este tiempo, y resulta que estaba rodeada, sin saberlo, de gente que le tiene cariño.

Que se fijaban en ella cuando estaba al lado de Charles, y no la consideraban aburrida en absoluto.

Entre las personas que van a visitarla se encuentra su hermana Helen, la bebé que dejó en casa de sus padres años atrás, cuando se casó con Charles. Ahora es una mujer hecha y derecha de veintidós años. Apenas se conocen, ya que pertenecen a los extremos opuestos de la camada.

Helen deja los pies en el reposapiés y mira a Kate con la cabeza apoyada contra el respaldo del sillón. Tiene el pelo del mismo tono marrón claro que Georgy, pero con los rizos de Mary. No tiene su acento escocés. Ha pasado toda la vida aquí, en Londres.

—No deja que nadie hable de ti, ¿sabes? No permite que se pronuncie tu nombre.

—Está haciendo como que no existo, supongo.

—Pues debe de ser un fastidio para él que sí existas.

Kate la observa.

—Ojalá hubiéramos estado más unidas todos estos años —dice con timidez—. Mientras estabas creciendo. Siento que no haya sido así.

—Estabas siempre muy ocupada. Lo intenté en un par de ocasiones, pero estabas viajando, o descansando, o recluida, y Georgy estaba siempre ahí mirándome con mala cara. Y luego, cuando se celebraban fiestas, siempre había mucha gente y los niños querían que jugara con ellos.

Kate recuerda el alboroto de aquellos días, cuando Helen aún le parecía una más de los niños, subiendo las escaleras a toda prisa para ver a los gatitos recién nacidos o hacer estrellas de papel.

Ahora piensa en la cantidad de cosas en las que no reparó, enfrascada en sus propias preocupaciones y nerviosa, siempre, por Charles.

Cuando menciona a Charles y a Georgy, incluso de pasada, su hermana se pone furiosa. Tiene la integridad de su madre y la mordacidad de Mary.

—Vas a manifestarte en el Parlamento —bromea Kate en voz baja— con una pancarta que diga ¡Abajo el señor Dickens! , y te van a detener por activista.

Cuando Helen está enfadada, no es necesario que lo esté también Kate.

Es como si le quitaran un peso de encima y cargara con él otra persona, como ocurría hace años, cuando estaba Mary a su lado.

Pero ahora, en cualquier caso, no está segura de si está enfadada; no está segura de qué siente siquiera.

Lo único que sabe es que, escondidas debajo de la cama, para que nadie las vea, siguen guardadas las cartas que Charles le envió, junto con su pequeño anillo de piedras azules y su primera cofia de casa, que ahora está amarilleando, envuelta en papel de seda, en el costurero de madera que le dio él como regalo de boda.

Una caja de pruebas. Para recordarse, en los días grises y extraños, que la quiso.

Sus palabras siguen escritas con una letra inclinada, apretada e irrefutable en la página: «Sin ti, nos falta algo».

No se trata de una historia de fantasmas. Es la verdad. Era la verdad, hasta que la verdad se bifurcó en dos caminos distintos.

Él también tendrá sus cartas en alguna parte, se dice Kate.

Todos sus textos escritos con esmero y esperanza.

«Mi querido Charles. Queridísimo Charlie.

Al Inimitable, de parte de la Amada». Y tal vez un día la gente las lea también.

Y vea qué ocurrió entre ellos. Se queda más tranquila sabiendo que están en alguna parte, con todos los secretos de ambos. Con todo su amor.

Cuando Helen descubre que Kate no se puede permitir comprar un piano, le envía cartas furiosas a Charles en las que lo amenaza con delatar sus fechorías.

Él la maldice y envía misivas amenazadoras a su madre, en las que le habla de emprender acciones legales.

Y luego le manda a Kate un cheque por valor de cien libras que cae suavemente sobre el felpudo.

Con él, con el corazón acelerado, se compra un pequeño pianoforte de segunda mano y se asegura de que el señor Lemon le comunique que agradece el gesto. Por si acaso.

Por las tardes se sienta ante él y toca canciones escocesas alegres, las que tanto le gustaban a su padre.

Pisotea el pedal y golpea las teclas con fuerza, poniéndole todo su entusiasmo, mientras Helen canta y deja escapar gritos estridentes que le sacan una sonrisa a Kate.

En esos momentos el tiempo parece distorsionarse de una forma extraña, como si el presente y el pasado transcurrieran a la vez.

Cuando cierra los ojos, podría tener diecisiete años. Podría estar con Mary.

—No voy a dejar que te vengas abajo —le dice su hermana mientras se pone los guantes en la puerta.

—No me estoy viniendo abajo.

—Así me gusta.

Helen le pone la mano en el hombro y se lo aprieta un poco.

—Volveré para comprobarlo.

Mira a Kate con los ojos entornados y luego asiente con la cabeza con energía y enfila el camino con las zancadas de su madre.

Kate ve a su hermana alejarse hasta que dobla la esquina y desaparece de su vista.

Se queda allí de pie durante un momento, aún dándole vueltas al pasado.

Y luego cierra la puerta de entrada y vuelve a la cocina, pensando ya en las rosas que va a poner en agua.