ANNE
ANNE
T avistock House está sumida en un silencio extraño.
Incluso los perros están más callados que de costumbre.
Los niños están en sus dormitorios. Georgina va de una habitación a otra con la boca fruncida como si no hubiera nada más que hablar.
Se sienta delante del escritorio del saloncito por la mañana y responde la correspondencia del señor Dickens, apartando cualquier referencia a su esposa antes de que le llegue hasta él.
Los niños tienen prohibido hablar de ella, incluso los días en que van a visitarla, algo que no ocurre a menudo.
El castigo es arrebatarles este o aquel objeto preciado y obligarles a pasar la tarde encerrados en sus habitaciones, humillados.
El señor Dickens no tolera que nadie pronuncie su nombre.
Y, aun así, su ausencia resulta tangible.
Su fantasma deambula por la casa, por más que él intente ahuyentarlo.
Está en el cojín del sillón, donde aún se ve la marca de su silueta.
En un bordado inacabado, en recetas suyas que se cocinan y se comen sin ningún comentario.
En los sollozos largos y graves de Plorn, cuando llora en su cuarto por su madre.
Durante un tiempo, me digo que voy a hablar con ella.
Para contarle que no quería abandonarla, pero no he tenido elección.
Pero no puedo escribir algo así por miedo a que descubran las palabras plasmadas en el papel.
Y no puedo ir a visitarla por miedo a que me vean.
Podría enviarle un mensaje a través de Charley, pero no me atrevo.
El silencio de la casa es tan intenso que a todos nos cuesta respirar, y sé perfectamente que un solo paso en falso me podría costar todo por lo que me he sacrificado. Y, cuanto más tiempo pasa, más vergüenza siento.
Más o menos una semana después de la marcha de la señora Dickens, noto que las criadas me observan de reojo y apartan la mirada en la sala del servicio. Se callan en cuanto me acerco, y bajan la vista a un papel que alguien ha dejado sobre la mesa. De modo que leo lo que hay escrito en él.
Por supuesto, pienso. Por supuesto que es así como acaba todo esto.
Todo este tiempo he pensado que la señora Dickens era su marioneta, pero resulta que siempre he sido yo.
Me creía demasiado astuta para caer en su trampa, pero me ha estado usando a su antojo.
Ha tergiversado mi opinión según sus propios intereses, ha puesto palabras en mi boca que yo nunca he dicho y ha difundido por todo el mundo mensajes en mi nombre para que todos los lean. Y no puedo borrarlos.
Cualquiera que se acerque demasiado a él queda en sus manos; con sus textos, nos moldea a su antojo.
Describe a los niños como perezosos y despistados, y en eso se convierten.
A su esposa, como una mujer aburrida, y eso es lo que acaba siendo.
A Georgina la convierte en su fiel mascota, y así no lo abandonará jamás.
Incluso la casa que vio de pequeño ha terminado siendo suya; la ha sometido para que se ajuste al final que él busca, en el que se recompensa a los virtuosos, se expulsa a los necios y los trabajadores obtienen lo que se merecen.
¿Y qué hay de mí? Mi lealtad a lo largo de todos estos años ha quedado ligada a su historia, y no a la de ella.
Esto es lo que la gente recordará de mí, si es que recuerdan algo o les importa siquiera.
Que lo elegí a él. ¿Y acaso no es cierto?
Incluso a mí me cuesta diferenciar mi propia historia de la que él cuenta sobre mí, y eso es justo lo que Dickens quiere.
Doblo la hoja de papel y vuelvo al trabajo en silencio, ya que para eso me pagan.
No hablo con los criados curiosos e ignoro las miradas insistentes de los niños.
Incluso Katey, con el mal genio que tenía antes y lo mucho que defendía a su madre, parece ahora apagada, demasiado triste como para enfrentarse a mí.
Intento no pensar en la señora Dickens. Dejo de pronunciar su nombre, de pensarlo incluso.
Cuando encuentro algo que se ha dejado en la casa, lo aparto y lo escondo, tal y como hice con mi propio hermano tantos años atrás, como si nunca hubiera existido, como si también pudiera hacerlo desaparecer a él.
Pero, cuando encuentro el collar que solía llevar a menudo abandonado en un cajón, el corazón de piedra blanca y fría colgado de un cordón de cuero, lo aprieto con fuerza y me permito preguntarme, solo por un momento, cómo se las arreglará para vivir sin todas las personas y las cosas que ama, y qué pensará de mí ahora.