La señora Dickens KATE #2
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KATE #2

Siente un ligero revoloteo de esperanza en el estómago.

Al día siguiente, le escribe al señor Lemon y le pide con insistencia poder ver a sus hijos.

Cuando llegan, es como si llenaran el espacio de aire. Disfruta de ellos, intenta empaparse de ellos, como si pudiera hacer que esa única hora compensara todas las demás.

Ha preparado tartaletas de mermelada de tres colores; el día anterior se lo pasó en la diminuta cocina, con los albaricoques, las moras y las fresas, sudando ante la cacerola de mermelada.

Ahora observa a sus hijos y siente esa vieja y familiar punzada de satisfacción al ver cómo disfrutan al comérselas, con las migas en los labios, yendo a por otra nada más acabar.

Hablan de la escuela, de Gad’s Hill, de los partidos de críquet y de las obras de teatro, y Kate siente como si estuviera observando su propia vida a través de una ventana.

—A lo mejor podéis venir después de la clase de piano —les dice a Katey y a Mamie—. Es el sábado, ¿no? Me aseguraré de estar en casa.

Su profesor de piano vive en la acera de enfrente. Kate no ha mirado por la ventana ningún sábado hasta ahora, porque teme el dolor que le pueda causar la presencia de sus hijas, o, peor aún, su ausencia.

—O, al menos —añade al momento, al percibir su vacilación—, si estáis demasiado ocupadas, puedo mirar por la ventana, y podemos saludarnos, pero, si al final sí que tenéis tiempo para tomar el té, pasaos por aquí. Venid, ¿eh? Puedo preparar más tartaletas.

Pero la promesa de las tartaletas es demasiado infantil. Sus hijas ya no son niñas pequeñas. Ahora son mujeres, sentadas en el borde de las sillas, tristes.

—Es que papá está… Cuando las cosas se calmen un poco más en casa —le dice Mamie.

—Pero dijo… —replica Kate, entrando en pánico— dijo que podíais verme cuando quisierais. Os permite venir a verme, ¿no? ¿Katey?

—Sí, claro —contesta su hija con cierta melancolía—. Por supuesto, podemos verte cuando queramos.

—Bueno, pues intentadlo, entonces. —Kate sonríe y les sirve más té—. Yo estaré aquí, en cualquier caso.

—Claro, mamá.

Cuando llega la hora de despedirse, Kate los ayuda a recoger los abrigos y estira el brazo por instinto para alisarle el pelo a Sydney en el vestíbulo.

—¿No te sentirás sola sin nosotros? —le pregunta su hijo, alzando la vista hacia ella.

—Ay, Sydney. —Le cuesta obligar a su boca a articular las palabras, pero persiste como si estuviera caminando a través del barro—. ¡Voy a estar de maravilla aquí con Charley! Y además tengo tu magnífico dibujo para admirarlo. Y el gatito. ¿Cómo lo puedo llamar?

—Me gustaría venir a vivir contigo.

—Calla, Sydney —le dice Mamie al momento, pasándole el brazo por el hombro con firmeza—. No digas tonterías.

—No son tonterías. Quiero vivir con mamá, como Charley —insiste con determinación.

—No es posible, y tienes que dejar de pedirlo.

—¿Por qué no?

—Porque a papá no le haría ninguna gracia —dice Mamie con el semblante impasible—. No vuelvas a pedirlo.

Cuando salen y recorren el camino de entrada en dirección al carruaje que los espera, Kate levanta la mano para despedirse por la ventana, y sus hijos le devuelven el saludo, y es peor, quizá, que si no lo hubieran hecho.

Cuando llega el sábado, mira con cautela a través de la gasa que ha colgado delante de la ventana que da a la calle, que está desierta, sumida en la calma de la tarde.

Los árboles están cargados de hojas que han salido con la llegada del verano.

Las glicinas bordean las casas, inmóviles y aromáticas.

Quizá hoy no tengan clase después de todo. A veces el profesor se va de viaje por el continente para dar conciertos. O va a tocar en el recién inaugurado Wigmore Hall. Y, por supuesto, Kate, no puede saber si está en casa o no. Se prepara para que no aparezcan. Para el silencio de la calle.

Y de pronto percibe un movimiento y ahí están, doblando la esquina.

Le da un vuelco el corazón al verlas. Sus dos niñas, tan mayores.

Mujeres, en realidad, con una belleza cada vez más acentuada, definiéndose tras la incertidumbre de la adolescencia.

Katey cruza la calle a paso ligero, meciendo un brazo, alta y llamativa con su vestido verde.

Mamie la sigue, más rellenita y vacilante, ajustándose el chal con delicadeza.

Incluso a pesar de lo mal que ve, las distingue.

Las podría distinguir en cualquier parte.

Podría distinguirlas por el sonido de sus pasos, la forma de sus cuerpos, su manera de andar.

Suben los escalones de la casa blanca de enfrente deprisa, con la cabeza gacha.

Kate pega una mano al cristal por instinto.

Pero sus hijas no se giran hacia ella. Mamie llama a la aldaba cobriza y la puerta principal se abre para engullirlas y luego se cierra con fuerza tras ellas, como si nunca hubieran estado allí.

Ya vendrán a verme luego, piensa Kate.

Se sienta en el sillón e intenta leer durante una hora, pero se distrae y tiene que releer la misma página una y otra vez, obligándose a encontrarles sentido a las palabras. Luego se levanta y vuelve a acercarse a la ventana mientras se frota las manos con las faldas. La puerta sigue cerrada.

A lo mejor ya se han ido y no las ha visto.

Piensa en escribirles una carta para invitarlas formalmente, e incluirá a Georgy, para que sepan que la invitación es para todas las semanas.

Quizá crean que no está en casa, o puede que no quieran molestarla.

Debe dejarles claro que no es ninguna molestia.

En absoluto. Puede que no lo se haya expresado con claridad.

Se dirige al escritorio y toma una hoja de papel con membrete de la pila, que va menguando.

Señora de Charles Dickens.

Gloucester Crescent, 70.

Mis queridas niñas…

Ya la enviará después de prepararse algo reconfortante con lo que tenga en la despensa.

Galletas o crema italiana. Y, aunque tenga planes, alguien a quien visitar, un recado que hacer, todo organizado meticulosamente para estar lo bastante ocupada, mantendrá en todo momento la esperanza de que vuelvan a verla.

Eso es lo que Charles le ha dicho. Que permitirá que vayan a verla cuando quieran.

Le ha dado su palabra. De modo que aguarda, esperanzada, aguzando el oído en el silencio de la tarde.