La señora Dickens KATE
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KATE

KATE

Pudín suizo

En muchas partes del continente, además de en toda Suiza, se suelen colocar capas de migas de pan y rodajas de manzana, intercaladas con azúcar, hasta llenar por completo el molde. La capa superior ha de ser de migas. Luego, verter mantequilla derretida por encima y hornear.

S u nueva casa está en las afueras. En Camden, en la zona menos deteriorada, donde los pequeños chalés bordean las avenidas sombreadas y por donde parece que no pasa nadie, salvo por motivos de trabajo.

Una tranquila calle en forma de medialuna, no muy lejos del zoo que tanto les gustaba a los chicos.

Los recuerda correteando con sus trajecitos a medida hacia los osos polares impasibles y las serpientes enroscadas y furiosas.

Cuando deja abierta la ventana del dormitorio, como la tiene ahora por el calor, a veces oye el rugido ahogado de un león a lo lejos, más allá de las vías del tren.

Está tumbada en la pequeña cama, con los ojos cerrados y aguzando el oído. En el vestíbulo, en el piso de abajo, el repentino estruendo de la aldaba de la puerta la sobresalta. Qué raro, piensa. Es demasiado tarde para que venga el cartero, y el repartidor ya ha pasado por allí.

Se levanta con cara de sueño y se acerca a la ventana, aparta las cortinas con cautela y entorna los ojos para mirar la calle.

Efectivamente, ve a una mujer alejándose. Se parece a Anny Thackeray, piensa, sorprendida. La hija pequeña de William. Sí. Reconoce su capa, la capa rosa oscuro que tanto le gustaba. Es Anny, está convencida. ¿Qué querrá?

Se cubre con la bata y sale con sigilo al descansillo.

Sobre la alfombrilla que hay bajo el buzón ve una tarjeta blanca.

Baja al vestíbulo, agarrándose a la barandilla mientras sus rodillas se quejan, como siempre, y se agacha delante de la puerta principal para recoger la tarjeta.

Es una tarjeta de visita, con un borde azul elegante.

Señorita Anne Tackeray , reza. Le da la vuelta en la mano para examinarla. Le resulta un objeto extraño, procedente de otro mundo, el mundo exterior, que se desarrolla al otro lado del seto de esa casa de Camden, más allá del final de Gloucester Crescent.

Es como si ella, Kate, no fuera una persona desterrada, con quien no se ha de tratar, y pudiera esperar recibir una tarjetita respetable de una personita respetable que regresa ahora por el camino de entrada, despreocupada, para seguir con su vida como si haber ido a esa casa no tuviera ninguna importancia.

La casa de una madre cuyos hijos no van a verla.

¿Por qué habrá ido hasta allí?

Se ve de pasada en el espejo del pasillo, cetrina y flácida, con la bata y el pelo despeinado. Como una mujer de un cuadro, uno de esos de la Real Academia de las Artes, que cuentan una historia. El hogar infeliz. El ajuste de cuentas . Óleo y tonos apagados. Mujeres fracasadas.

Se lleva la tarjeta al salón y la tira a la papelera antes de irse al sofá y tumbarse con los ojos cerrados. Luego se vuelve a levantar, se acerca a la papelera y recupera la tarjeta.

Vacilante, se dirige hacia el escritorio, que aún no ha abierto siquiera, y saca una hoja de papel de una pila intacta.

Charley las encargó para ella meses atrás, con su nueva dirección impresa en tinta negra reluciente en la parte superior.

Desenrosca con esfuerzo la tapa del nuevo tintero y moja la pluma.

«Muchas gracias por tu tarjeta. Estaré en casa mañana para recibir visitas entre las tres y las cinco».

Deja la mano suspendida en el aire durante un momento y luego añade:

«Atentamente, señora Catherine Dickens».

Llama a Sarah, la criada, que aparece azorada y polvorienta, y sorprendida por que la necesite en pleno día.

No hay nada en casa. Va a tener que ir a comprar algo.

Pero Kate lleva sin salir, sin sobrepasar los límites de su calle, desde que llegó.

Siempre manda a Sarah a hacer recados o le pide a Charley que le traiga cosas.

Le cuesta demasiado, incluso ahora. Y Charley ha vuelto a Gad’s Hill y estará allí hasta la noche, caminando por la cuerda floja entre las dos familias, logrando, como solo él sabe hacerlo, mantener la paz con ambas.

No puede culparlo por querer escaparse. Con el calor de mediados de agosto, el hedor del río es tan espantoso que han cerrado el Parlamento.

Se extiende por la ciudad hacia Camden, se cuela por las ventanas y se queda suspendido en el aire, que no corre.

Durante un breve y doloroso momento, piensa en la brisa de Kent.

En la gran casa de ladrillo rojo y los campos a lo lejos.

Y luego manda a la criada con el billete y la lista de la compra, y vuelve al salón.

De pronto le parece vacío y descuidado. Mañana recogerá flores del jardín. La criada no ha ordenado bien las cosas ni ha limpiado como es debido. Recoloca el mantel y acaricia el cuadro que pintó Katey para ella. Piensa que tal vez quede mejor junto a la ventana, para que le dé la luz.

Al día siguiente, al oír el chasquido de la puerta principal cuando Charley se va a trabajar, se levanta.

La criada, desconcertada, escucha las instrucciones que le da Kate mientras ella entra en la cocinita y echa un vistazo a lo que tienen en casa.

Las estanterías repletas, los frascos con sus hierbas aromáticas y especias intactas, las ollas, las cucharas y la báscula, a las que apenas ha prestado atención.

En la mesita hay azúcar, harina y huevos, todo precintado, a la espera de que los use.

Inspecciona la escena. Sí, piensa. Esto servirá.

Después saca un bol ancho y esmaltado, y se pone manos a la obra.

Más tarde, mientras se doran las galletas de mantequilla, saca del armario un jarrón que sigue envuelto en su papel de seda protector. En el jardín, se pone de puntillas, hurga entre las espinas en busca de un par de rosas que no estén demasiado marchitas y las corta con un cuchillo de cocina.

A las dos menos diez, se lava la cara, se arregla lo mejor que puede, se pone un broche en el chal y luego lo cambia por otro.

Se sienta en el salón, muy rígida, en una silla con el respaldo alto, y aguarda.

Piensa en la posibilidad de hacer una pantalla para la chimenea de esta habitación, si logra encontrar sus bordados entre las cajas que están arriba, sin abrir.

Azules y verdes. Mientras espera, para entretenerse, lee lo último de la señora Gaskell.

Se da cuenta de que lleva meses sin leer.

Cuando la aldaba de la puerta atraviesa el silencio poco después de las tres, se sobresalta.

—Señora Dickens. —Anny, sonrojada y sonriente, le agarra las dos manos, y Kate siente el cariño del gesto—. Santo cielo, cómo te he echado de menos.

Kate nota las lágrimas a punto de brotar, pero las contiene.

—Pasa, Anny, querida, y tomemos el té.

Charlan sobre la obra que Anny fue a ver el viernes.

Sobre una pareja que se ha prometido hace poco.

Sobre el nacimiento del primer hijo de unos amigos.

Un niño gordo como un ceporro, dice Anny riendo, y bastante feo, pero la madre está bien.

Sobre las cosas normales de la vida, como si el mundo no hubiera llegado a su fin después de todo.

Cuando llega la hora de marcharse, se detiene en el vestíbulo y vuelve a tomar a Kate de las manos.

—Nunca podría creerme nada malo de ti —le dice—. Jamás. Durante toda tu vida, siempre has sido amable conmigo. Y con mucha más gente. Has cuidado de todos nosotros, y has sido muy bondadosa con nosotros, por lo que no vamos a permitir que te traten mal.

Kate no es capaz de hablar; tan solo asiente, un gesto breve y minúsculo que contiene toda una vida de emociones.

—¿Recuerdas aquella vez —le pregunta Anny—, en Devonshire Terrace, que perdí una muñeca y apareció en la conejera, porque Sydney la metió allí, creo, y estaba hecha un desastre porque los conejos le habían mordisqueado la ropa?

Tú le hiciste un vestido nuevo y una cinta a juego con la tela que tenía en el cajón.

Y siempre nos consolabas a Minny y a mí cuando los niños se burlaban de nosotras.

Siempre nos dabas chocolate. Siempre tenías algo amable que decirnos.

Cuando nos daba vergüenza algo o estábamos tristes, siempre te dabas cuenta.

Por entonces, Kate no le había dado demasiada importancia a aquellos momentos. Apenas había reparado en ellos.

—Charles ha escrito cosas horribles sobre mí —dice, titubeante.

—Pero yo te conozco.

Kate le da un abrazo repentino y torpe a Anny. Cuando se separan, la chica se pone los guantes y le sonríe.

—¿Podría traer a Minny a tomar el té alguna tarde? Seguro que le encantaría ver a la tía Kate.

Una vez que cierra la puerta de entrada, Kate se dirige a la despensa, donde aún hay algunas cajas de la mudanza sin abrir.

Rebusca en su interior, desenvolviendo objetos que le traen recuerdos.

El juego de té que ha traído de Tavistock House está un poco descascarillado, y tampoco le encanta el diseño.

Piensa que también le vendría bien un nuevo soporte para tartas, uno en el que quepa una tarta más grande.

Se permite pensar, vacilante, sobre el tipo de soporte que querría tener.

Tal vez el que vieron en aquel escaparate en Rockingham, con sus espirales doradas, tan delicado y bello, pero que a Charles le pareció demasiado extravagante.

Ahora podría tenerlo, si quisiera. La idea casi le saca una sonrisa.

Si las hermanas Thackeray acaban yendo a tomar el té, tal vez les apetezca comer esas tartaletas de mermelada que tanto adoraban de niñas.

Eran las favoritas de Alfred. La asalta un recuerdo de Alfred, con dos o tres años, sentado a la mesa con la boca toda pringosa.

Trata de apartarlo al instante; es demasiado doloroso, e intenta centrarse en calcular cuánta mermelada le hará falta.

Piensa en las moras que hay en el sendero.

Podría salir. No tiene por qué verla nadie. Se incorpora con pesadez.