KATE #4
Charles escribe sobre la tristeza de su matrimonio.
Sobre que nunca han sido compatibles. Sobre que, durante los partos, Kate padece un trastorno mental, unas palabras que, aún hoy, le provocan un escalofrío de terror.
Sobre que ella ha confesado que no es digna de ser su esposa.
Pero lo peor de todo es que allí, en las letras negras del periódico, afirma que su carácter particular, el de Kate, es lo que ha arrojado a todos sus hijos a los brazos de otra persona.
Que ella ha arrojado a sus hijos a los brazos de otra persona.
Deja la carta en la mesa y le parece que va a vomitar.
A veces los dolores de cabeza y el agotamiento la han frenado.
Y los viajes, el movimiento constante junto a Charles.
Pero eso era lo que él quería, ¿no? Él se lo pedía.
Recuerda los rostros pálidos y asustados de los niños el día en que fue a verla el médico.
Recuerda que no la miraban. Que no pudo hacer nada para que no enviaran a Walter al extranjero.
Que Katey la llamó «cobarde». Se le acumulan los recuerdos, los gestos de cariño que no les demostró, distraída por la lista de cosas que tenía que hacer, por las tareas del hogar y por el cansancio.
Todas las cosas que debería haber hecho, cada día, cada segundo que pasaba con ellos, pero no pudo.
Su madre no para de hablar, furiosa, encendida por la ira, pero Kate apenas la escucha; está concentrada en algo que ha leído de pasada pero que no ha asimilado del todo. Vuelve a sostener en alto la carta con las manos temblorosas.
En ella, Charles habla de Anne.
«Una criada que trabaja para nosotros, que vivió con nosotros durante dieciséis años y ahora está casada». Solo puede tratarse de Anne.
«Más bien una amiga de ambos que una criada».
Se le atascan las palabras en la mente. «Una amiga de ambos».
« … es quien vivió más de cerca nuestra desdicha en Londres, en el campo, en Francia, en Italia, allá donde fuéramos, año tras año, mes tras mes, semana tras semana, día tras día, por lo que podrá dar testimonio de ello».
Anne. Es Anne quien va a declarar en su contra.
Cualquiera podría saberlo. Solo puede ser Anne.
«Año tras año. Mes tras mes. Semana tras semana.
Día tras día». No, piensa Kate. Anne es suya.
No la traicionaría. No podría. La envuelve un torrente de recuerdos; llegan a trompicones, entrechocándose, de modo que no es capaz de distinguirlos, ni de saber si algo de lo que recuerda o de lo que siente es cierto.
Fue Anne quien se encargó de dividir los dormitorios. Fue Anne quien actuó por Charles; ahora cae. Anne, que no ha venido. Recuerda ahora la vacilación en sus palabras, la incertidumbre reflejada en su rostro durante esos últimos meses.
No va a venir. Desde el principio sabía que no iba a venir.
Kate siente como si se abriera un agujero en el suelo que está pisando.
Charles piensa quedarse con su hermana, sus hijos y ahora además también con Anne.
Con tantas opiniones a su favor, ya no hay duda de que su marido debe estar en lo cierto.
Kate se ha sentido sola todo el tiempo. Nunca ha sabido en quién depositar su confianza.
A quién escuchar. Solo ha podido contar con Anne.
Anne, a quien ha sentido como suya, quien ha cuidado de ella, de su cuerpo, quien la ha atendido durante los partos y ha sido su testigo.
Pero ahora, al echar la vista atrás, no recuerda ningún momento en el que Anne dijese algo que demostrase de verdad que iba a estar a su lado mientras sufría.
Se ha mantenido en silencio, y Kate ha llenado ese vacío con un cariño imaginario.
Su madre sigue furiosa, protestando y criticando a Charles.
Kate se sienta en el balcón y espera, aturdida, a que la oscuridad se extienda sobre la costa, y a que la rabia de su madre se atenúe.
Y, cuando ocurre, la señora Hogarth se queda dormida en la tumbona de mimbre y se le resbala la copa de ginebra de la mano.
Kate sale de allí a hurtadillas, con el sombrero bien calado, y se escabulle a la playa, a oscuras, sin que la vea nadie.
Se sienta en la pendiente de la orilla y oye el ligero rugido del mar.
Ha abandonado su casa para proteger a sus hijos, ha aceptado esta vida solitaria para mantenerlos a salvo; habría hecho lo que fuera por ellos, si alguien le hubiera dicho qué era lo correcto.
Pero, como siempre, se ha vuelto a equivocar, se ha equivocado por completo, y ya no hay remedio.
No es capaz de ver lo que tiene delante y siempre va un paso por detrás de los demás.
Se desploma hacia delante, con los ojos irritados por el viento.
—¡Mamá!
Una silueta caminando por las piedras con el frac al viento. Inconfundible.
—¡Charley! —Kate trata de ponerse en pie, abrumada por la sorpresa que le produce ver ese rostro conocido, por el repentino e inesperado torrente de amor—. ¡Ay, mi Charley! Pero ¿qué haces aquí?
—No deberías salir sola. La abuela está furiosa.
—Las dos nos pasamos el día sentadas —contesta, aún sin aliento por el asombro—.
Apenas nos atrevemos a salir. Y, además, estaba roncando, y era insoportable.
—Kate se ríe, suelta una carcajada abrupta mientras le caen las lágrimas, y Charley ríe también.
Los dos vuelven a sentarse sobre los guijarros, uno al lado del otro—. ¿Cómo me has encontrado?
—El hombre de la recepción te vio cruzar el vestíbulo como una fugitiva.
—Lo que soy, supongo.
—No digas esas cosas, mamá.
Se quedan allí sentados en silencio durante un rato.
Charley recoge una piedrecilla y la examina en la mano.
—He venido en el último tren —dice al fin con una voz indecisa.
—¿Por qué, Charley? Si trabajas mañana.
—Volveré temprano.
—¿Lo sabe papá?
—No.
—Tienes que andarte con cuidado, Charley.
Una pareja de enamorados pasa por delante de ellos, con los brazos entrelazados, resbalándose por los guijarros. Charley espera a que pasen, conteniendo las risitas, enfrascados el uno en el otro.
—He venido a decirte que voy a vivir contigo en Londres. Ya soy mayor de edad, por lo que puedo elegir. Ya no puede frenarme como frena a los demás.
A Kate se le parte el corazón.
—Lo he oído decir cosas de ti —prosigue su hijo—. Que estás… loca, que es imposible tratar contigo. Y no lo voy a tolerar. Es inaceptable.
Ha empezado a alzar un poco la voz. Suena demasiado joven, demasiado infantil para la seriedad de sus palabras.
—Se pondrá hecho una furia.
—No me importa. Él sí que me importa, claro, pero… pero quiere que todo el mundo se crea lo que dice de ti. Siempre va difundiendo rumores como si fueran verdades incuestionables. Y, así, la gente sabrá la verdad.
—Ay, mi Charley… —Le acerca la cabeza hacia ella y nota su peso en el hombro. Cuando siente su pelo revuelto y suave contra la mejilla, largo y oscuro como el de su padre, le entran ganas de llorar—. No puedo dejar que vivas conmigo.
—¿Por qué?
El cuerpo de Kate amortigua su voz.
—No tengo dinero propio ni recursos que puedan ayudarte a prosperar. No tengo nada en absoluto que ofrecerte. —Se aterra de solo pensarlo, como si un foso negro se abriera bajo ella—. Solo tengo su apellido, como tú, pero es un apellido que he… que he ensuciado.
Charley la mira.
—No te voy a abandonar. Todo eso me da igual. Voy a vivir contigo.
—Me ha abandonado todo el mundo, Charley; tienes que entenderlo.
No tengo a nadie, y me he ido de casa para protegeros.
Ni siquiera tengo a Anne. —Está llorando como una tonta, como una niña, y Charley le ofrece su pañuelo, con las iniciales «C.
D.» bordadas en una esquina de la rígida tela—.
Ha dicho unas cosas… Ha dicho que os he fallado.
¿Has leído la carta? La gente pensará… pensará que…
—Me da igual, mamá. Me da igual Anne y lo que pueda pensar la gente. Eres la mejor madre del mundo. Siempre lo has sido. Y ahora voy a apoyarte.
Kate piensa en la cantidad de lágrimas que ha derramado por su hijo.
Sus enfermedades, sus pesadillas, las veces que tenía que convencerlo para comer, la preocupación del principio por si no la quería por no poder alimentarlo.
Por que no estuviera a la altura de las expectativas de su padre, que fuera demasiado dócil, demasiado lento, demasiado parecido a ella.
Lo ha abandonado en incontables ocasiones a lo largo de los años, siempre anteponiendo su deber para con Charles.
Pero es él, precisamente él, quien se quiere quedar ahora a su lado.
—No hay nada que puedas decir, mamá. Ya lo he decidido. No te voy a dejar sola.
Kate lo estrecha contra sí y se queda ahí sentada, con el brazo de su hijo sobre el hombro, ante la oscuridad del mar.