La señora Dickens KATE #3
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KATE #3

Kate asiente, impotente, y recoge un broche de la mesa. Al ver su obediencia, Georgy parece ablandarse.

—Necesitamos a Anne aquí. Debes esperar a que los hombres decidan qué es lo mejor. ¿Acaso no te parecería egoísta separarla de su hija, Kate?

La ironía la abrasa. Y, aun así, tú piensas separarme de los míos, quiere gritarle.

Pero ya se ha pasado de la raya. Cualquier cosa que diga que pueda enfadar a Georgy tan solo empeorará aún más la situación, y es Georgy quien tiene influencia sobre su marido, quien criará a Plorn y quien se va a ganar la confianza de sus hijas.

Quien será, tal vez, el único puente hacia todos ellos, le dice una vocecita.

—Por favor, Georgy. —Kate se gira hacia su hermana de manera impulsiva y la toma de la mano—. Por favor, déjame ver a los niños siempre que sea posible. Pregúntale constantemente si pueden venir a verme.

—Por supuesto. ¿Es que no te ha dejado claro que los vas a poder ver cuando quieras? —Georgy sacude la cabeza y retira la mano—. De verdad, Kate, a veces hablas de él como si fuera un monstruo o algo así.

Kate se da la vuelta hacia el tocador y sigue recogiendo todo lo que guardaba ahí. El anillo con forma de serpiente. Los prismáticos de la ópera con joyas incrustadas, con las iniciales «C. D.» grabadas en el lateral.

—Yo me ocuparé de todo por ti —le asegura Georgy—. Lo he dado todo por esta familia, por tus hijos, y seguiré haciéndolo. No tienes de qué preocuparte. —Recoge un chal de la cama—. Esto es de Mamie, ¿no? Ya se lo devuelvo yo.

—Iba a ir a su cuarto antes de marcharme.

—No, no —le dice su hermana con ese tono obstinado de siempre—. No tienes que preocuparte por eso cuando hay tanto por hacer. Todo esto ya es bastante duro para los niños. No les va a venir bien tanta emoción.

Georgy dobla el chal de flores rojas con esmero hasta formar un cuadrado perfecto.

Kate la observa.

—¿Te acuerdas —le dice de pronto, como si se le hubieran escapado solas las palabras— de que, cuando éramos niñas, me quitabas cosas? Me las robabas y te las guardabas para ti.

Su hermana se detiene con el rostro arrugado por el desconcierto, aún agarrando el borde del chal con esas manitas tan pequeñas.

—No. —Sacude la cabeza—. No, eso no es cierto. Era al revés. Yo te daba cosas.

Las dos se miran; la verdad se halla en algún lugar del espacio que las separa, fuera del alcance de ambas. Kate piensa en lo aterrador que es el hecho de que una pueda decirse a sí misma algo y llegar a creérselo.

Georgy sigue con el ceño fruncido. Se detiene en el vano de la puerta.

—Esto va a ser lo mejor —le dice—. Para todos.

El día en que Kate se va de la casa, es verano y están volviendo a subir las temperaturas. El carruaje está aparcado en la amplia entrada, y las maletas de Kate están apiladas al sol.

Los niños no salen para despedirse de ella.

Kate ve las puertas de sus cuartos cerradas al pasar por delante, y en cierto modo se alegra.

La despedida sería demasiado desgarradora.

Tal vez Charles se lo haya prohibido. En cualquier caso, le ha prometido que irán a verla cuando quieran. Le ha dado su palabra.

Charles también permanece tras una puerta cerrada, en su despacho, escribiendo un nuevo libro. Por primera vez en su vida, Kate no sabe nada al respecto.

—¿Sabes ya cuándo vas a poder venir? —le preguntó a Anne la noche anterior mientras estaban en el vestidor, viendo cómo bajaban las maletas.

Vio la vacilación en su rostro.

—Ya sabe que debemos esperar a que los hombres decidan cómo serán las cosas.

—Estoy segura de que te dejarán venir a Brighton. Estoy convencida. Le he pedido al señor Lemon que sea muy claro al respecto. Que es imprescindible que estés conmigo.

Anne apagó la lámpara de gas y cerró la puerta con firmeza tras ellas.

—Bueno, bueno, le aseguro que estará bien durante estas semanas y en un abrir y cerrar de ojos se habrá adaptado. La brisa marina le sentará bien.

—Si tienes que quedarte en Londres, también me parece bien —dijo Kate—. Sé que no quieres estar lejos de tu pequeña Catherine. —Le tomó la mano a Anne y se la apretó—. Te esperaré. No me voy a sentir como en casa hasta que no estés allí conmigo.

—Seguro que pronto sí que se sentirá como en casa.

Ahora no ve a Anne por ninguna parte, mientras entra en el vestíbulo y baja la capa del perchero.

Debe de estar ocupada abajo. Pero no tendrá que esperar mucho.

Solo ha de aguardar a que los hombres terminen las gestiones y Anne irá a buscarla, y empezarán a planificar su vida.

Cómo será y cómo sobrellevará la soledad.

Gracias a Dios, piensa Kate. Gracias a Dios por esta mujer, por su amistad.

Tal vez, ahora que ha perdido todo lo demás, puedan empezar a llamarlo así.

Cruza la majestuosa puerta principal y sale a la luz del sol, y no mira atrás.

Ya ha dejado su hogar en numerosas ocasiones.

Se dice a sí misma que esta es solo una más.

Ha seguido a sus padres de una casa a otra, y luego a Charles de un hotel a otro, de un país a otro, de Broadstairs a Escocia, a París y a Lausana.

La suya ha sido una vida de cambios, de hacer y deshacer maletas.

De asentarse y mudarse y volver a asentarse de nuevo, y de construir un hogar donde le sea posible.

Tal vez, cuando le hayan encontrado una nueva casa, ya no tendrá que volver a mudarse, y al pensarlo se apodera de ella algo parecido a la esperanza.

Durante un tiempo no tendrá una dirección fija.

Primero se alojará en un hotel de Brighton, mientras se preparan los trámites, y luego irá a Londres, al inmueble que dispongan para ella los hombres.

El encargado de defender sus intereses es Mark Lemon.

A Kate siempre le ha caído bien, con su rostro jovial, su vientre cada vez más prominente y su debilidad por los postres de Kate, pero es amigo de Charles, no suyo.

Kate no tiene a ningún hombre que pueda defenderla a ella y solo a ella; no se puede permitir ese lujo.

Su madre está preocupada, pero ir en contra de Charles en cualquier asunto sería una locura.

Aún no sabe lo que dijo el médico. Solo le queda esperar.

Cuando los caballos se ponen en marcha con una sacudida, Kate retira la cortina para mirar el exterior y se pregunta si verá alguna cara allí fuera, la de uno de sus hijos, quizá, mirando por la ventana.

O a Anne, despidiéndose de ella con la mano para reconfortarla.

Pero no se ve ningún movimiento en la fachada principal de la casa, que da a la carretera; sus habitantes permanecen ocultos tras ella mientras el carruaje se aleja.

En el soleado paseo marítimo de Brighton, oye los rumores que la gente murmura al pasar.

Cuando cena en el elegante comedor del hotel, nota los ojos de los demás clavados en la nuca.

Su madre, paseándose por la habitación, furiosa, le cuenta que la gente está hablando de Ellen Ternan y de una aventura con Georgy.

El país entero lo comenta. Kate piensa en sus hijos. En que no ha podido protegerlos.

Apenas sale del hotel, y se pasa los días bordando o leyendo.

Esperando. De tanto en tanto llega una carta dirigida a la «señora de Charles Dickens».

El nombre la atraviesa, como los colores de un bastón de caramelo.

No puede deshacerse de él, no puede arrancárselo, no sabe dónde empieza ni dónde acaba cada uno.

No debe; Charles y ella están unidos por Dios, y ningún hombre puede separarlos.

Ni el señor Lemon ni su maletín lleno de papeles.

Su madre no deja de insistir en que ella no ha hecho nada malo, que no tiene culpa de nada.

Que la han tratado mal, la han humillado de una manera escandalosa, y su marido es un sinvergüenza.

Pero Kate quiere decirle que no es un sinvergüenza, que es un buen hombre, un hombre justo, un hombre que vela por los olvidados.

Un hombre que canta a sus hijos, un hombre que recorre las calles en busca de historias de aquellos que sufren, un hombre que hace reír al mundo. No consigue hacer que todo encaje.

Piensa en que necesita a Anne. Anne, tan callada y reservada. Anne, que nunca aparece en las historias de Charles, como todos los demás, que nunca lo venera como a un santo, sino que lo observa con mirada atenta. Pero sigue sin aparecer.

Empieza a preocuparse. Los días pasan, cada uno idéntico al anterior.

Y sigue sin recibir noticias del señor Lemon.

Por las mañanas, se sienta en el balcón a ver las olas alzarse a lo lejos.

A los jóvenes y los valientes que se meten en el agua fría.

Se ha quedado a la deriva, esperando a que decidan qué hacer con ella.

Una esposa sin marido. Una madre sin hijos.

Y entonces, poco después de que el conserje les lleve el correo a la puerta, Kate oye a su madre soltar un grito de indignación y se dirige aturdida hacia ella, que está agitando las finas páginas de una carta.

—Los periódicos se han hecho con ella.

—¿Con qué?

—Con una carta privada de Charles. —Su madre la mira con una mancha rosa en cada mejilla—. Es horrible, Kate.

Kate extiende una mano temblorosa para recoger las páginas y les da la vuelta para leer las frases escritas en la letra curvada de Charles. Un recorte cae al suelo revoloteando. Kate se agacha para recogerlo.

—Creo que no deberías leerla —le dice su madre, extendiendo la mano para detenerla—. Charles dice que no quería que la publicaran, que era un asunto privado, y te escribe para dejártelo claro. Pero se ha filtrado, Kate, y ahora el mundo entero la verá.

Kate baja la vista a las palabras escritas en la página y se obliga a mover los ojos de izquierda a derecha.

No se reconoce en el recorte.