KATE #2
—No es necesario —responde el médico—. Por favor, no se moleste.
Kate deja las piernas colgando por el borde de la cama y esboza una sonrisa mientras siente el dolor recorriéndole el cerebro por la velocidad del movimiento.
—Bueno, venga a sentarse al menos, y así podremos hablar bien sobre el motivo de su visita, sea cual sea, doctor…
—Doctor Tuke.
—Doctor Tuke —repite ella, y vuelve a sonreír mientras se sienta en el sillón que hay junto a la ventana. Adopta la misma prudencia con la que la trata él, intentando que sus palabras no dejen entrever el miedo que siente—. No tomaremos el té, pero hablemos al menos.
—Muy bien —responde él, con la misma lentitud extraña—. ¿De qué quiere usted hablar?
—Bueno —dice ella, y se ríe—. Me gustaría bastante saber qué está haciendo usted aquí.
—Bueno, señora Dickens. —La mira fijamente con cautela—. He venido desde Chiswick a petición de su marido para hablar con usted y ver cómo se encuentra.
Kate piensa, de manera un tanto absurda, en cuando Walter solía hablar en clave de niño, lanzando miradas cargadas de significado, desordenando las letras y las palabras y tratando de comprobar si eras capaz de descifrar los mensajes ocultos.
Mira al médico, con esa cabeza tan redonda, esas cejas tan pobladas y esos dedos gordos apoyados en la mesa, y se siente como si estuviera flotando.
Se dice a sí misma una vez más que no está loca.
Pero la cordura, cuando se pone en tela de juicio de este modo, es igual de frágil que una telaraña; cuando Kate la sostiene en alto y trata de mirarla, parece que no hay nada en absoluto.
Piensa que tal vez deba permitir que se la lleven sin más.
A Chiswick, sea lo que sea eso en realidad.
Al lugar en el que las mujeres desaparecen.
Charles solo puede ser feliz, feliz de verdad, sin ella.
Y los niños solo pueden ser felices cuando su padre lo es.
La casa se hunde como una piedra bajo el pesar de su padre. Siempre ha sido así.
Se pregunta qué pasaría en ese caso, si sería peor que esto.
Pero percibe un movimiento en algún rincón del pasillo, por detrás de la oreja del médico.
La forma redondeada de una cabeza rubia y una manita pequeña y sucia.
Plorn. Su hijo menor la está observando con sus ojitos grises, muy serio.
Si se va, si permite que se la lleven, si suelta el hilo que los une por el bien de los demás, para ser una de las heroínas de Charles, callada y sufriendo hasta el final, Plorn la perderá por completo.
No tendrá ninguna madre a la que llamar para que lo defienda de las paredes.
Baja la vista a sus propias manos, entrelazadas sobre el regazo. Cuando vuelve a levantarla, Plorn ya se ha marchado. Está a solas con el médico, que ahora está inclinado hacia delante en el sillón, con la papada asomando.
Kate toma aire y trata de reunir fuerzas.
—Doctor Tuke —le dice—, ¿está usted aquí para evaluar mi cordura?
Durante un breve y satisfactorio instante, el médico parece sobresaltado.
—Sí —responde al fin—. Su marido está… preocupado por su bienestar. Me ha contado que no es la primera vez que ha sufrido usted esta clase de emociones. Abatimiento. Desesperación. Cierta negatividad.
Cierta negatividad. Quiere decir montones de comentarios ingeniosos, arremeter contra Charles y su preocupación con un toque de ironía.
Pero tan solo dice:
—No estoy loca.
Y las palabras penden en el aire, aún vulnerables.
—Entiendo —dice el médico, observándola con atención—. Por supuesto.
—¡Lo dice como si no me creyera! De acuerdo, pues ¿cómo se lo puedo demostrar? —le pregunta, y vuelve a soltar una carcajada aguda.
El médico mantiene el semblante serio. Kate no soporta la mediana edad, no soporta que sus mejores armas a la hora de ganarse la confianza de alguien, su inocencia, su belleza y su encanto, se hayan desvanecido. Una risita juguetona. Un ligero rubor. Cosas que le salían con tanta naturalidad.
—Tengo que hacerle varias preguntas, si le parece bien —le explica el médico—. Y, después, una vez que esté satisfecho con su estado mental, podré dejarla tranquila por el momento.
—Claro —responde ella tan tranquila, como si le estuviera pidiendo prestada una pluma o preguntándole si puede quedarse a cenar.
El médico saca unos cuantos papeles del maletín y los reordena con torpeza.
—Tiene usted nueve hijos, ¿no es cierto?
Diez, quiere decirle. Dora también existió. No puede borrarse sin más, como parece que quiere hacer la gente, porque es demasiado incómodo hablar de ella.
—Así es, doctor Tuke.
—Muy bien.
Kate cambia de postura en el asiento, intentando mantener la compostura.
—De acuerdo, siguiente pregunta —dice él, mirando la hoja con el ceño fruncido—. ¿Ha sufrido usted largos periodos de desánimo antes o después del nacimiento de sus hijos?
Kate permanece en silencio durante un momento; tiene la cabeza hecha un lío de recuerdos, de instantes de tristeza que no es capaz de explicar.
Durante ese momento todo parece suspendido en el aire, la sinceridad, el engaño y la confianza, todo enmarañado, a la espera de encontrar su lugar en la versión correcta de los hechos.
Cuando el médico se marcha al fin, a Kate se le viene todo encima. Se apoya contra la pared, como si le costara mantener el equilibrio por el modo en que la duda ha afectado su cordura.
—¿Dónde está Anne? ¡Quiero que me traigan a los niños! ¡Quiero a mis niños aquí!
Está casi chillando, tambaleándose hacia el pasillo.
Una institutriz sale corriendo escaleras arriba, asustada, llamando a los niños, y Kate va de un lado a otro de la habitación mientras todos se adentran en la penumbra: primero Katey y después los niños; Alfred, parpadeando tras las gafas, con Sydney detrás; y luego llega Mamie, agarrando a Plorn de la mano, con una mirada recelosa.
—Mis niños. Mis niños. ¡Ay, venid! Está intentando volverme loca. Vuestro padre está intentando… —Se echa a llorar mientras c ruza el cuarto hacia ellos, aterrada—. No os lo podéis creer. ¡Por favor, no os lo creáis! Voy a luchar por vosotros. Pienso luchar. ¿Dónde está Anne?
Kate ve que Plorn agarra con más fuerza la mano de Mamie.
—¡Quiere que me encierren, quiere quitarme de en medio! —grita—. ¿Lo entendéis? ¡Quiere que me lleven! Desapareceré, pero debéis saber que no me lo merecía, que no estaba loca. ¡Y no me pienso ir, no pienso abandonaros!
Le agarra la mano a Mamie y se la retuerce, y en ese momento ve su reflejo en el espejo del armario, aún desaliñada tras la siesta, con el pelo revuelto y la cara pálida como el papel. Sí que parece una loca.
Los niños están todos apiñados, pálidos y preocupados. Ellos, moviéndose inquietos. Ellas, tratando de no mirarla. Kate se da cuenta de que le tienen miedo. Su hijos tienen miedo de ella, de lo que Charles y ella se están haciendo el uno al otro. De cómo se están destrozando mutuamente.
—Mamá —dice Katey con voz trémula—. Mamá, a lo mejor deberías descansar.
Kate se sienta en la cama. Y en ese momento llega Anne, sin aliento, como si hubiera estado corriendo.
—Marchaos, marchaos, que no pasa nada —dice—. Ahora se recuperará; ha sido solo un susto. Señorita Mamie, lleve al señorito Plorn de nuevo a su cuarto y prepáreles un té caliente a los demás.
Toma a Plorn del brazo mientras conduce a todo el mundo a la puerta y luego se sienta en la cama, al lado de Kate, para frotarle la espalda como solía hacer durante sus partos, durante el punto álgido de los dolores.
—Ha sido un susto —repite Anne conforme los niños salen del dormitorio—. Ha sido solo un susto.
Cuando el cuarto se queda vacío al fin, le lanza a Kate una mirada intensa con sus pequeños ojos y luego extiende una mano y le acaricia la mejilla.
—Debe irse.
Kate abraza el cuerpo de Anne, frágil como el de un pajarillo, hasta que ambos rostros quedan pegados, rozándose por la frente, y siente el peso de los años que han pasado juntas.
—Se ha ido todo a pique, Anne.
—Debe irse —repite Anne en voz baja, hablándole al oído—. Ya no sirve de nada luchar. No es usted quien tiene el poder.
—Pero mis niños… —Se le quiebra la voz al pronunciar la última palabra—. No me va a dejar llevármelos. Los perderé. Ya los he perdido. Pero tú vendrás conmigo, ¿no, Anne? ¿Vendrás?
Anne la rodea con los brazos en silencio y las dos se quedan sentadas en la cama durante un rato, como solían hacer, mientras las sombras prolongadas del atardecer se extienden por la habitación.
Primero irá a Brighton, con su madre. Ha pedido que Anne la acompañe, pero no se atreve a ir a rogarle a Charles, de modo que la respuesta le llega a través de Mark Lemon. Anne permanecerá en Londres por el momento.
Se aferra a ese detalle: «por el momento».
Georgy también va a quedarse con Charles, en la casa de Kate, con los hijos de Kate. Georgy, de quien Mamie no se separa. Georgy, que complace a su marido. Que mantiene la casa de Kate impecable.
—¿Por qué no vienes conmigo? —le pregunta Kate mientras Georgy está en el dormitorio, viéndola guardar sus últimas pertenencias—. La gente hablará. Ya lo está haciendo.
Pero ambas conocen la respuesta. Georgy no se irá jamás, no podría.
Ha convertido esta casa en su hogar; ya forma parte de ella, por lo que, aunque Kate ya no esté, nunca la abandonará.
Además, en cualquier caso, Kate se dice que Georgy querrá a sus hijos.
Y supone que es mejor eso que dejarlos sin nadie.
—Es mejor así —responde Georgy—. No te lleves los vestidos de invierno. Ya me encargaré yo de que te los envíen en cuanto tengas una dirección a la que mandarlos.
—Lo único que quería era que Anne viniera conmigo —dice Kate, desamparada—. Si al menos pudiera tenerla conmigo en Brighton…
—Por el amor de Dios, Kate, apenas te queda tiempo. ¿Puedes seguir haciendo las maletas en lugar de quedarte ahí protestando por la situación? No es más que algo temporal, mientras se toman las medidas necesarias para la felicidad de todos.